¿Es necesario sacrificar la naturaleza por un poco de progreso?

Foto: Matt Zimmerman

Santiago José Trespalacios
Universidad del Atlántico
Durante décadas nos han vendido una idea de progreso que casi siempre luce igual: más concreto, más carreteras, más puertos, más edificios, más extracción de recursos. Y aunque muchas de esas obras pueden ser necesarias, rara vez nos detenemos a preguntarnos qué estamos perdiendo a cambio.
La verdadera pregunta no es si necesitamos progreso. La pregunta es qué tipo de progreso queremos.
En Colombia, y especialmente en la región Caribe, abundan los ejemplos de decisiones tomadas en nombre del desarrollo que terminaron dejando profundas heridas ambientales. En Barranquilla, la construcción de infraestructura portuaria y obras asociadas transformó ecosistemas costeros y acabó con áreas como Isla Verde y numerosos complejos de ciénagas que alguna vez hicieron parte del paisaje natural de la ciudad. Hoy es imposible no preguntarse qué habría pasado si se hubiera optado por un modelo de desarrollo que integrara esos ecosistemas en lugar de eliminarlos. Quizás Barranquilla sería una ciudad más atractiva para el turismo, más resiliente frente al cambio climático y con una mejor relación con su entorno natural.
El caso de la Ciénaga Grande de Santa Marta es aún más doloroso. Una carretera construida sin las suficientes consideraciones ambientales interrumpió el flujo natural del agua entre el mar y la ciénaga. El resultado fue la muerte masiva de manglares y uno de los mayores desastres ecológicos de la historia reciente de Colombia. Décadas después, seguimos pagando las consecuencias de una decisión que se tomó en nombre del progreso.
Lo paradójico es que la naturaleza también genera desarrollo. Los bosques producen agua. Los manglares protegen las costas. Los humedales reducen inundaciones. Los ecosistemas saludables atraen turismo, sostienen la pesca y mejoran la calidad de vida de las comunidades.
Sin embargo, seguimos actuando como si la naturaleza fuera un obstáculo que hay que remover para construir el futuro, cuando en realidad podría ser la base de ese futuro.
Países alrededor del mundo han demostrado que conservar también puede ser una estrategia económica. La biodiversidad, el ecoturismo, la investigación científica y la bioeconomía generan empleo y riqueza sin destruir el patrimonio natural que las hace posibles.
Por eso, cuando escucho que debemos sacrificar ecosistemas para alcanzar el desarrollo, no puedo evitar preguntarme si hemos aprendido algo de nuestra propia historia. Porque una vez destruimos un manglar, una ciénaga o un bosque, no siempre existe la posibilidad de recuperarlos.
Como decía Juan Carlos Bodoque en 31 Minutos: “¿Es necesario sacrificar la naturaleza por un poco de progreso?”. Yo creo que no.
Creo que el verdadero progreso consiste en encontrar la manera de prosperar sin destruir aquello que nos hace únicos. Y en un país como Colombia, donde la biodiversidad es uno de nuestros mayores tesoros, proteger la naturaleza no debería verse como un obstáculo para el desarrollo, sino como la mejor inversión que podemos hacer para el futuro.
Me gusta más este enfoque porque no cae en el "todo desarrollo es malo". Más bien cuestiona la idea de que destruir ecosistemas sea la única forma de desarrollarnos, y usas ejemplos muy cercanos del Caribe colombiano para aterrizar el argumento.
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