¿La Colombia profunda tiene futuro?

Foto: Centro Nacional de Memoria Histórica

Sebastián Guzmán Muñoz
Universidad del Rosario
Hay una Colombia que no aparece en las encuestas, que rara vez protagoniza los debates presidenciales y que solo ocupa titulares cuando ocurre una tragedia o cuando una promesa incumplida vuelve a recordar que existe. Esa es la Colombia profunda: la de los ríos que reemplazan las carreteras, la de las comunidades que esperan una pista de aterrizaje para conectarse con el resto del país, la de los campesinos que producen riqueza mientras viven rodeados de abandono. Es la Colombia que todos nombran en campaña, pero que casi siempre vuelve al olvido cuando termina la jornada electoral.
Esta semana, una investigación periodística de Caracol Radio sobre los aeropuertos proyectados para varias de estas regiones evidenció una realidad preocupante: obras con bajos niveles de ejecución y recursos públicos ya desembolsados. Los proyectos de modernización de cuatro terminales aéreas en Chocó, Nariño y Vichada, que se esperaba estuvieran terminados hace un año, hoy registran avances inferiores al 20 %, pese a que ya se ha girado más del 60 % de los recursos destinados para su construcción. Otra promesa del presidente Petro que, hace algunos meses, fue anunciada con bombos y platillos como un símbolo del cambio, pero que hoy parece sumarse a la larga lista de expectativas incumplidas.
Sin embargo, esta columna no pretende detenerse en los detalles de los contratos ni en la responsabilidad de sus involucrados. Para ello, la Unidad Investigativa de Caracol Radio ha realizado un trabajo serio y riguroso, cuya lectura recomiendo ampliamente. Lo verdaderamente importante, y lo que quiero abordar en estas líneas, es preguntarnos por qué, después de tantos años, seguimos discutiendo las consecuencias del abandono y no las causas de un modelo de país que ha decidido crecer dejando atrás buena parte de su territorio.
A pocos días de una nueva elección, me asalta una pregunta que considero mucho más trascendental que cualquier encuesta: ¿la Colombia profunda tiene futuro?
Para responderla podríamos recorrer muchos caminos y, seguramente, terminar atrapados en la polarización ideológica que hoy domina al país. Pero creo que esa discusión ya nos agotó. Para encontrar divisiones, descalificaciones y trincheras bastan las redes sociales y el clima político que vivimos a diario. Esta columna pretende algo distinto: abrir una conversación sobre la agenda de país que hemos postergado durante demasiado tiempo.
Hablar del futuro de la Colombia profunda implica mirar más allá de las ciudades donde se concentra el poder político y económico. Implica reconocer que el potencial de Colombia no está únicamente en Bogotá, Medellín o Cali, sino también en Buenaventura, en el Chocó, en los Llanos Orientales, en la Amazonía, en el Pacífico y en tantos municipios que aparecen en los mapas, pero rara vez en las prioridades del Estado.
Porque mientras seguimos enfrascados en debates ideológicos que cambian con cada gobierno, hay una Colombia que continúa esperando lo esencial: conectividad, infraestructura, inversión y oportunidades. Esa debería ser una conversación permanente y no un tema que resurja únicamente en época electoral. Solo cuando entendamos que el desarrollo de esas regiones no es una reivindicación territorial, sino una estrategia de crecimiento nacional, podremos empezar a construir un país más próspero, más competitivo y, sobre todo, más justo.
Este país tiene un problema de perspectiva. Con demasiada frecuencia discutimos soluciones propias del primer mundo, mientras millones de colombianos siguen enfrentando problemas propios del tercero. Hablamos de inteligencia artificial, de transición energética o de sofisticados modelos de desarrollo, cuando todavía hay familias cuya principal preocupación es acceder a agua potable, a una carretera transitable, llevar un plato de comida sobre la mesa, a una conexión estable a internet o a un centro de salud cercano. Esa es una realidad que no hemos querido aceptar y que explica buena parte de nuestras desigualdades.
Las cifras son contundentes. Según el DANE, más de 12 millones de colombianos vivieron en condiciones de inseguridad alimentaria durante 2025, es decir, tuvieron dificultades para acceder de manera regular a alimentos suficientes y de calidad, una situación que golpea con mayor fuerza a las zonas rurales y a los departamentos históricamente más rezagados, precisamente aquellos de los que tan poco hablamos cuando pensamos en el futuro del país.
A esta realidad se suma una brecha igualmente preocupante en el acceso a servicios básicos. De acuerdo con el DANE, en 2024 apenas el 41,9 % de los hogares ubicados en centros poblados y zonas rurales dispersas contaban con acceso a internet, una brecha enorme frente al 72,5 % registrado en las cabeceras municipales. A ello se suma que más de 1,5 millones de hogares colombianos aún cocinan con leña o carbón como combustible principal, una realidad que evidencia la persistencia de la pobreza energética en amplias zonas del país. Además, UNICEF ha advertido que en 95 municipios de Colombia más del 75 % de los hogares consume agua sin tratamiento, exponiendo diariamente a miles de niños y familias a riesgos para su salud.
Esa es la verdadera Colombia profunda. Con este panorama, resulta difícil pensar en un país que aspire a competir con las economías más desarrolladas sin haber resuelto primero las necesidades más básicas de millones de sus ciudadanos. Ninguna nación construye un futuro de prosperidad dejando a una parte de su población sin servicios esenciales. Antes de preguntarnos cómo llegar al primer mundo, deberíamos preguntarnos cómo garantizar que todos los colombianos tengan acceso a aquello que define una vida digna.
Con frecuencia hablamos de redistribuir la riqueza, pero muy pocas veces hablamos de crearla. Seguimos atrapados en una visión de corto plazo que administra las carencias en lugar de construir oportunidades. Mientras otros países transforman sus ventajas geográficas en motores de desarrollo, nosotros parecemos resignados a contemplar las nuestras sin aprovecharlas.
¿Por qué no pensar en Buenaventura como el gran puerto logístico del Pacífico? ¿Por qué no convertir los Llanos Orientales en una potencia agroindustrial capaz de abastecer mercados a nivel global? ¿Por qué seguimos viendo al Chocó únicamente a través de sus indicadores de pobreza y no desde la inmensa riqueza ambiental, cultural y turística que posee? ¿Por qué seguimos hablando de regiones periféricas cuando, en realidad, allí se encuentra buena parte del futuro económico del país?
La infraestructura nunca ha sido únicamente cemento. Una carretera conecta mercados, pero también conecta oportunidades. Un puerto impulsa el comercio, pero también transforma comunidades enteras. Un aeropuerto en un territorio aislado no es una obra más; es la posibilidad de acceder a salud, educación, empleo y dignidad. El desarrollo comienza cuando el lugar donde una persona nace deja de determinar el tamaño de sus oportunidades.
Quizá por eso resulta inevitable hacer un balance del gobierno que termina. Gustavo Petro llegó al poder con una promesa histórica: gobernar para quienes durante décadas habían permanecido al margen del desarrollo nacional. Muchos colombianos vieron en ese proyecto una oportunidad para que las regiones olvidadas dejaran de ser un discurso y se convirtieran en una prioridad del Estado.
La sensación, sin embargo, es que esa oportunidad histórica terminó sin traducirse en una transformación estructural para esos territorios. Persisten las brechas, continúan las dificultades de conectividad y muchas de las obras que debían simbolizar un cambio siguen siendo una promesa inconclusa. Más allá de las razones que expliquen ese resultado, queda la impresión de que una oportunidad histórica para demostrar que el desarrollo podía construirse desde las regiones terminó sin cumplir las enormes expectativas que había despertado.
Pero el futuro de la Colombia profunda no puede depender del éxito o del fracaso de un solo gobierno. Esa es una tarea que debería trascender las ideologías y convertirse en un propósito nacional. Colombia necesita dirigentes capaces de pensar en décadas y no en periodos presidenciales; de entender que el progreso de una región apartada no beneficia únicamente a quienes viven allí, sino que fortalece la competitividad y el bienestar del país entero.
Las grandes naciones no se construyen administrando el atraso. Se construyen apostándole a la grandeza. Se construyen cuando existe la valentía de invertir donde otros solo ven dificultades y cuando el Estado comprende que la periferia puede convertirse en el nuevo centro del desarrollo.
Gabriel García Márquez escribió en la última línea de Cien años de soledad que "las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra". Quizá esa frase explique buena parte de nuestra historia: un país que ha condenado durante décadas a millones de colombianos al abandono, al aislamiento y a la indiferencia. Pero yo quiero creer que Colombia todavía puede desafiar a García Márquez.
Quiero creer que la Colombia profunda sí merece una segunda oportunidad. Que los niños del Chocó, los pescadores del Pacífico, los campesinos de los Llanos, las comunidades de la Amazonía y quienes han vivido durante generaciones esperando que el Estado los recuerde no están destinados a heredar el olvido como si fuera una condena inevitable.
Sueño con un país que deje de mirar a sus regiones como una carga y empiece a verlas como su mayor fortaleza. Un país que entienda que invertir en infraestructura no es simplemente construir carreteras o puertos, sino abrir caminos hacia la dignidad y el desarrollo. Un país que comprenda, de una vez por todas, que si la Colombia profunda progresa, progresa Colombia entera.
Quizá sea una apuesta idealista. Pero prefiero creer en un país capaz de cambiar su historia antes que resignarme a repetirla. Porque el día en que las regiones olvidadas dejen de ser sinónimo de abandono y se conviertan en protagonistas del progreso nacional, habremos hecho mucho más que construir obras o ejecutar presupuestos. Habremos demostrado que este país sí era capaz de romper con su propia condena.
Y entonces, por primera vez, podremos controvertir a García Márquez y decir que las estirpes que parecían condenadas sí tuvieron una segunda oportunidad sobre la tierra. No porque la historia haya cambiado por sí sola, sino porque nosotros decidimos escribir una distinta. Porque la Colombia profunda la merece. Y porque Colombia también.
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