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¿Son los kurdos una versión palestina sin mucha prensa?

Foto: Delil Souleiman (AFP)

Bryan Torrado González

UNAD

En el debate internacional sobre Medio Oriente, la causa palestina ocupa actualmente un lugar central en la opinión pública. La tragedia de Gaza, la ocupación prolongada y la expansión de los asentamientos israelíes en Cisjordania han despertado una reacción global que se expresa mediante protestas, pronunciamientos diplomáticos y una cobertura mediática constante alrededor del mundo. Sin embargo, existe otro pueblo sin Estado cuya historia de despojo, promesas rotas e instrumentalización política y militar suele recibir mucha menos atención: el pueblo kurdo.


Tras la caída del Imperio otomano, el futuro de los kurdos pareció abrirse momentáneamente con el Tratado de Sèvres de 1920, que contemplaba la posibilidad de crear una entidad kurda autónoma. Esa esperanza, sin embargo, se desvaneció con el Tratado de Lausana de 1923, que sepultó los sueños de independencia, redefinió las fronteras de la región y repartió el territorio kurdo entre Turquía, Siria, Irak e Irán. Desde entonces, los kurdos quedaron dispersos entre varios Estados que, en distintos momentos de la historia, los han reprimido, negado y usado como pieza estratégica en disputas regionales.


A lo largo del siglo XX, los kurdos fueron aliados útiles pero desechables para Occidente. En Irak, por ejemplo, recibieron apoyo externo en determinados periodos para debilitar al gobierno de Bagdad, pero ese respaldo desapareció cuando cambiaron los intereses geopolíticos. El resultado fue casi siempre el mismo: abandono, represión, tragedia y éxodo. El caso más brutal fue el de Saddam Hussein, cuya campaña de Anfal en los años ochenta incluyó ataques químicos contra la población kurda, especialmente en Halabja.


La guerra contra el autodenominado Estado Islámico volvió a poner a los kurdos en el centro del tablero geopolítico. En Irak y Siria, las fuerzas kurdas fueron decisivas para frenar el avance de ISIS y recibieron apoyo de Estados Unidos y otros aliados occidentales. Sin embargo, una vez más, su papel estratégico no se tradujo en garantías políticas duraderas. Combatieron en primera línea, pero su futuro siguió dependiendo de decisiones tomadas lejos de su territorio.


En Siria, el proceso fue especialmente significativo. Cuando estalló la guerra civil en 2011, los kurdos no se alinearon plenamente ni con el régimen de Bashar al-Assad ni con gran parte de la oposición armada, a la que veían con desconfianza por su creciente extremismo islamista y por su cercanía con Turquía. En 2012, la retirada parcial del ejército sirio del norte del país les permitió soñar nuevamente con la autonomía y organizar una administración propia en la región de Rojava, una experiencia política singular en medio del caos de la guerra.


La situación volvió a tensarse en 2024, cuando la debilidad del régimen sirio y el desgaste de Rusia e Irán reconfiguraron el mapa militar regional, dejando a las fuerzas kurdas en una posición vulnerable. Turquía, que considera a buena parte del movimiento kurdo como una amenaza para su seguridad nacional, intensificó sus operaciones militares y respaldó a milicias aliadas en el norte de Siria. Como tantas veces antes, los kurdos volvieron a quedar expuestos a las decisiones de actores más poderosos.


En ese contexto, la cuestión kurda reapareció como una herida abierta. Mientras el régimen iraní enfrentaba el descontento social, la crisis económica y las tensiones derivadas de los bombardeos de Estados Unidos e Israel, creció el temor entre los ayatolas de que la causa kurda fuera instrumentalizada por potencias extranjeras. La escalada militar ha devuelto a los kurdos al foco mediático como un pueblo que, una vez más, queda atrapado entre la esperanza de la autodeterminación y la fría lógica de los intereses geopolíticos.


La comparación con Palestina no es perfecta, pero sí reveladora. Ambos pueblos comparten una historia de despojo territorial, fragmentación política e identidades nacionales negadas. Ambos han vivido desplazamientos, cambios forzados en la composición demográfica de sus territorios y una larga lucha por el reconocimiento. La Nakba palestina encuentra ecos en los procesos de arabización forzada en Irak, en la represión de Turquía y en los desplazamientos sufridos por comunidades kurdas en Siria.


También comparten otra dolorosa coincidencia: han sido instrumentalizados por potencias regionales y globales. Los kurdos han sido utilizados como aliados tácticos y luego abandonados; los palestinos han sido incorporados con frecuencia a discursos de legitimidad política en el mundo árabe e islámico sin que eso se traduzca siempre en mejoras reales para su pueblo. En ambos casos, la solidaridad internacional ha coexistido con cálculos estratégicos que terminan dejando a las víctimas en una posición de vulnerabilidad permanente.


La gran paradoja es que la causa palestina se ha convertido en un símbolo global de resistencia y justicia, mientras que la causa kurda sigue siendo, para muchos, una tragedia periférica. El mundo mira al Kurdistán solo cuando necesita combatientes contra un enemigo común, pero vuelve a apartar la vista cuando llega el momento de reconocer sus derechos políticos. Tal vez por eso la pregunta no sea si los kurdos son una versión palestina sin mucha prensa, sino por qué algunas tragedias logran conmover la conciencia global mientras otras son convenientemente ignoradas por la geopolítica del silencio.

ISSN: 3028-385X

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