Conectados pero divididos

Foto: Mónica Torres / El País

Danna Sofía Argote
Universidad del Cauca
Ya no hace falta volver al bipartidismo que vivimos en Colombia para dividir a una sociedad, está de moda aplicar la falacia ad hominen para generar odio.
Las nuevas fronteras caben en la pantalla de un teléfono, se dibujan en comentarios, en publicaciones compartidas, en imágenes acompañadas de consignas y en algoritmos que aprenden a decirnos exactamente lo que queremos escuchar. No tienen alambre de púas ni soldados vigilándolas, pero separan con una eficacia que generaciones pasadas difícilmente habrían imaginado.
Vivimos en una época extraña; nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos e informarnos, sin embargo, nos hacemos menos tolerantes debido a que todos creemos ser poseedores de la verdad.
La política, que debería ser el espacio donde una sociedad discute su futuro, se ha transformado en un escenario donde muchos solo buscan confirmar sus certezas. Las ideas han dejado de competir entre sí; ahora son las identidades las que entran en combate. Ya no se debate para comprender, se debate para vencer. Se responde antes de escuchar y se condena antes de entender.
Esta reflexión no apunta hacia una ideología específica; no es una crítica contra ningún partido o candidato político.
Si algo resulta inquietante del momento que atravesamos, especialmente en épocas electorales, es que el problema parece haberse independizado de los colores, de las banderas y de los discursos particulares. Cambian los nombres, cambian los líderes y cambian las consignas, pero la hostilidad prevalece, como si el odio hubiera encontrado una forma de sobrevivir a cualquier causa, quizás el fenómeno más inquietante no sea el odio en sí mismo ya que el odio ha existido siempre, lo verdaderamente novedoso es su velocidad gracias a la tecnología.
Antes los prejuicios viajaban a caballo, luego en periódicos y más tarde en la radio. Hoy recorren el mundo en segundos. Una mentira puede alcanzar millones de personas antes de que la verdad termine de levantarse de la cama, una frase cuidadosamente diseñada para indignar, tiene más posibilidades de triunfar que un argumento cuidadosamente construido para explicar.
Sin embargo, hay algo todavía más novedoso. Por primera vez en la historia, la indignación no solo circula: se comercializa.
Vivimos en una época donde la atención se ha convertido en uno de los bienes más valiosos del mundo y pocas cosas captan más atención que el odio. Cada discusión interminable, cada titular diseñado para provocar indignación y cada publicación destinada a humillar al adversario generan clics, reacciones, permanencia y tráfico; es entonces cuando ocurre algo peligroso: comenzamos a consumir indignación como entretenimiento y la mentira se convierte en una verdad creando controversia y a sí mismo odio.
La rabia se ha convertido en uno de los productos más exitosos de la economía digital. Cada clic, cada reacción y cada discusión interminable alimentan un sistema que parece haber descubierto que los seres humanos permanecen más tiempo conectados a la virtualidad que a la realidad.
Poco a poco dejamos de buscar información y comenzamos a buscar confirmación. Ya no queremos comprender, queremos tener razón, y cuando la tenemos se vuelve más importante que comprender, es aquí donde se ve al otro como un rival, donde no pensamos en dialogar si no en derrotar.
Tal vez por eso las redes sociales no sean únicamente un espejo de la sociedad. Tal vez también sean una fábrica de emociones. Una máquina que amplifica nuestras frustraciones y las devuelve convertidas en certezas absolutas.
Lo más paradójico es que quienes participan en esta guerra cotidiana suelen creer que están defendiendo la democracia, pero ninguna democracia se fortalece cuando la pluralidad de ideas deja de entenderse como una riqueza y comienza a percibirse como un problema, llegando al irrespeto. Hay algo profundamente agotador en todo esto y no porque la política carezca de importancia, todo lo contrario, la política importa porque define aspectos fundamentales de nuestra convivencia. Lo agotador es que cada conversación parezca obligada a convertirse en una batalla, que toda diferencia de opinión deba terminar en una descalificación, que cada discusión produzca más entretenimiento que entendimiento; como si hubiéramos olvidado que las sociedades avanzan gracias al desacuerdo razonado y no gracias al desprecio mutuo.
La historia suele enseñarse a través de grandes batallas, revoluciones y guerras. Sin embargo, pocas veces se habla de aquello que las precedió: la incapacidad de escuchar al otro. Antes de que una sociedad se fracture en las calles, primero se fractura en el lenguaje. Antes de la violencia física aparece la violencia de las palabras, antes del conflicto visible surge la convicción silenciosa de que quien piensa diferente merece menos respeto. Quizás por eso el problema de nuestro tiempo no sea exclusivamente político, sino social; cultural e incluso emocional, esto debido a que hemos aprendido a reaccionar más rápido de lo que pensamos, a juzgar más rápido de lo que comprendemos y a etiquetar más rápido de lo que escuchamos y en medio de ese proceso hemos comenzado a perder algo fundamental: los matices.
Todo parece reducirse a dos bandos, a dos versiones simplificadas de una realidad infinitamente más compleja. Como si millones de personas pudieran ser explicadas por una etiqueta, como si una posición política bastara para resumir una vida entera.
Pero ninguna sociedad puede sostenerse indefinidamente sobre esa simplificación. Ninguna democracia puede sobrevivir únicamente de la confrontación y ninguna comunidad puede construir un futuro compartido cuando cada diferencia es interpretada como una amenaza.
Quizás el mayor desafío de nuestro tiempo no sea el tecnológico ni económico, quizás sea el social que consiste en recuperar algo que parece estar desapareciendo: la capacidad de reconocer humanidad en quien sostiene una idea distinta a la nuestra, tenemos un reto muy importante y es el entender el contexto de cada persona y su pensar. Cuando una sociedad pierde la capacidad de entender al otro, el problema deja de ser político y comienza a ser profundamente humano. No reconocemos la alteridad, esto ocurre debido a que estamos ensimismados y no damos oportunidad a ideas externas, que, aunque sean contrarias se podrían recibir y entender para lograr un mayor acople social.
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