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Confesiones en la pista de baile

Foto: Fundación Gabo

María Camila Giraldo

Universidad de La Salle

Hay preguntas que se merecen hacerse en medio de esta segunda vuelta electoral, que por  cierto nos tiene a todos con mucha incertidumbre y miedo, y una de ellas es “¿Dónde está la  forma de resistencia política más honesta hoy?” Claramente, no son los jingles de campaña  ni las declaraciones a la prensa. Tal vez, como ha ocurrido antes en la historia, está en la  pista de baile.


La música electrónica mainstream de festivales y after parties tiene una deuda histórica con  sus orígenes basados en las disidencias de las que pocas veces hablan. Por ejemplo, el  house nació en Chicago a mediados de los ochentas en clubes clandestinos frecuentados por  hombres negros y personas queer en una época en donde ambas identidades estaban siendo  devastadas, una por el crack y la otra por el sida, mientras el gobierno miraba a otro lado.  El techno de Detroit fue una respuesta directa a la desindustrialización y al abandono de  una ciudad mayoritariamente negra. Los primeros raves en el Reino Unido de Thatcher eran  ilegales no por accidente sino porque reunir cuerpos entorno a diferentes BPMs se convirtió en un acto de desobediencia civil frente a un gobierno que había declarado la guerra a la  clase trabajadora, es por esto que la pista de baile no era únicamente entretenimiento de una  noche, también se convirtió en un territorio en disputa.


Pero eso no es solo anécdota de otros países. En Colombia esa lógica tiene apellido propio.  La champeta nació siendo estigmatizada como música de negros y pobres en Cartagena, y  tardó décadas en recibir algo parecido al reconocimiento, mientras las élites bailaban en  privado lo que condenaban en público. El vallenato fue folclor de campesinos antes de  volverse patrimonio oficial. La música del Pacífico, los cantos de boga, la chirimía, toda  esa tradición sonora, cargó durante siglos la memoria de comunidades a las que el Estado  les llegaba solo en forma de olvido o de bala.


Por eso no fue casualidad que en el paro nacional de 2021 el perreo y la guaracha se  mezclaran con el aguante de los bloqueos en Cali, en Bogotá, en Buenaventura. Ni que en  las marchas estudiantiles los sistema de sonido improvisados hayan funcionado como  pegante colectivo cuando el agotamiento amenazaba con disolver la protesta. Bailar juntos  en la calle cuando el Estado responde con escudos y gas es, históricamente, uno de los  gestos más tercos que existen.


Lo interesante de este momento electoral es que esa lógica ha empezado a filtrarse en la  campaña misma. Hay candidaturas que han entendido que convocar desde la pista no es  solo estrategia de imagen sino un reconocimiento genuino de que ciertos cuerpos, los de la  comunidad LGBTQ+, los jóvenes de los barrios populares, los migrantes, llevan años  construyendo política desde el baile porque otros espacios les estuvieron cerrados. Porque  la disputa electoral no se juega únicamente en los porcentajes y los respaldos partidistas.  Hay otra contienda más silenciosa, la que define qué cuerpos son legítimos en el espacio  público, qué culturas merecen reconocimiento, qué voces cuentan. En ese terreno, cada  parlante que suena en un barrio donde la gente tiene miedo, cada club que abre sus puertas  a quienes el poder preferiría invisibles, es un gesto que va mucho más allá del  entretenimiento.


No se trata de romantizar el baile ni de convertirlo en metáfora vacía. Se trata de reconocer  que gran parte de la música popular colombiana está construida sobre la resistencia de los  que no cabían en otros lugares. Cuando esa música suena hoy, en vísperas de una elección  que podría redefinir el trato que recibirán minorías y disidentes durante los próximos cuatro  años, lleva consigo ese peso histórico. Esos ritmos que se repiten, que no se rinden, que  convocan, dejan de ser solo una frecuencia y se convierten en una postura.

Colombia vota el 21 de junio. Y entre ahora y entonces, en algún sótano de Bogotá, en  alguna terraza de Medellín, en algún parque de Cali o en alguna calle de Barranquilla, va a  haber gente bailando. Ojalá sepamos leer que eso también es política.

ISSN: 3028-385X

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