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El amor homínido y (mucho después) el nuestro

Foto: Getty Images

Raquel Sofía Tíjaro

Universidad Libre

Seguramente, me imagino yo, hubo un tiempo en el que el humano experimentaba una fiebre intensa al ver a otro, de esas que no son causadas por la enfermedad, sino por el sentimiento (aunque diferencia no hay mucha). Las pupilas se dilataban y la necesidad innegable (casi sobrenatural) de proteger al otro ser le llenaba los días de incertidumbre, pero ante todo de felicidad.


Sí, estoy casi segura de que así fue, porque así como fue es ahora y, no me lo van a negar, las cuevas se han convertido en grandes edificios, las armas primitivas en cuchillos metálicos decorados a detalle, pero los sentimientos son y serán los mismos, porque no los construimos, no los manejamos, no está en nuestra disposición hacerlos más grandes, más delgados, pintar el amor de amarillo y sentirlo en invierno, para dejarlo de usar en verano... No (ojalá fuese tan fácil).


En fin, existió ese tiempo en el que el cuerpo sufría (al mismo tiempo que disfrutaba) de ese sentimiento que no tenía nombre (ese al que ahora llamamos amor). ¡Qué duro, por Dios! qué duro debió haber sido para nuestros antepasados sentir tan majestuoso e incontrolable afecto sin poder expresar en palabras un "¡Te amo!" o un "quédate un rato más". Pero de la ironía no se salva nadie, porque ¡qué duro, por Dios! qué duro es ahora que entre millones de palabras no existan suficientes términos para comunicar la magnitud del amor que hoy por ti siento. Esa es, querido lector, la encrucijada que perdura a pesar de los siglos que recorra (la encrucijada del Homínido enamorado).

ISSN: 3028-385X

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