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El día en que Colombia votó con las tripas

Foto: Sebastián Barrios (Universal Images)

Cristian David Martínez

Universidad Nacional

Hay una tristeza particular en ver cómo un país elige su destino mirando hacia atrás. No hacia el pasado para aprender de él, sino para seguir habitándolo, para alimentar sus rencores, para convertir el dolor en boleta electoral. Eso fue lo que ocurrió en la primera vuelta. No ganó un proyecto político. No ganó una visión de país. Ganó el miedo, ganó el resentimiento. Todavía no hay presidente electo, falta la segunda vuelta, pero lo que las urnas revelaron no puede ignorarse, porque los números no mienten sobre el estado de ánimo de un país.


No votaron por alguien. Votaron contra alguien.


Millones de colombianos se levantaron ese domingo convencidos de que estaban haciendo historia. Quizás sí la hicieron, aunque no como imaginaban. Porque cuando el voto se construye sobre el odio al contrario más que sobre la confianza en lo propio, lo que se elige no es un líder, sino un espejo roto de las propias frustraciones.


Se votó contra Iván Cepeda. Contra todo lo que olía a izquierda. Pero en esa carrera ciega hacia el contra, nadie se preguntó con seriedad por quién se estaba votando. Nadie se detuvo a revisar el expediente, a leer el programa, a exigir coherencia entre el discurso y la vida. Eso es una irresponsabilidad histórica. Una que todavía puede corregirse.


El candidato que llegó de la mano del espectáculo


Se ha puesto de moda en América Latina una figura: el outsider. El que habla duro, el que dice lo que nadie se atreve a decir, el que convierte cada escándalo en combustible electoral. El problema es que "outsider" se ha vuelto sinónimo de impunidad moral. Un sujeto que puede mentir, contradecirse, maltratar, y que lejos de pagar un costo político, acumula aplausos. Como si la indecencia fuera autenticidad. Como si la doble moral fuera coraje.


Votaron por alguien cuyo expediente, si alguien se hubiera tomado la molestia de leerlo, no inspira precisamente confianza. Un hombre que ha prestado sus servicios a personajes que la justicia colombiana e internacional conoce muy bien: parapolíticos, estafadores, testaferros. Alguien que presumió en televisión de maltratar animales como si fuera una gracia, que acumula denuncias de acoso contra periodistas que se atrevieron a incomodar, y cuyas posiciones frente al medio ambiente revelan no solo ignorancia, sino desprecio por las generaciones que vendrán. Y sin embargo, ahí está: encabezando en la primera vuelta, a las puertas de la presidencia. No a pesar de todo eso. Quizás, precisamente, por todo eso.


La responsabilidad que nadie quiere asumir


Me niego a creer que la culpa sea sólo de los que votaron. Sería demasiado fácil. La responsabilidad es también de unos medios que convirtieron la política en entretenimiento y el entretenimiento en política. De toda una clase dirigente que lleva décadas prometiendo y fallando, y que dejó un vacío tan grande que cualquiera con suficiente descaro pudo llenarlo.


Pero a su vez, la responsabilidad de cada ciudadano que tomó una decisión tan trascendental como elegir presidente con el mismo criterio con que le da like a un video, no es inocente. Elegir un presidente no es un acto de consumo. No es escoger entre marcas de un supermercado. Es un acto de responsabilidad con los que vienen después, con nuestros hijos, con nuestros nietos, con la historia, que tiene memoria larga y no perdona la ligereza.


Colombia, todavía hay tiempo


La segunda vuelta es una oportunidad. La de corregir, la de reconsiderar, la de votar no con el rencor del primer impulso sino con la conciencia más serena de lo que está en juego. No es una revancha. No debería serlo. Es la conversación más profunda que este país se debe a sí mismo.


Antes de entrar a ese cubículo, vale la pena preguntarse sin el ruido de las redes, sin el calor del momento: ¿a quién le estoy entregando mi país? ¿Qué Colombia quiero dejarle a los que vienen? El miedo es humano. Lo entiendo. Yo también lo tengo. Pero cuando el miedo se vuelve odio organizado y el resentimiento se convierte en estrategia de gobierno, algo esencial se rompe en el tejido de una sociedad.


Colombia merece esa conversación. Todavía puede darse el lujo de tenerla. Todavía puede elegir diferente.

ISSN: 3028-385X

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