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El deseo inmutable del futuro

Foto: El pensador (Auguste Rodin)

Sofia Acero Valero

Universidad Javeriana

Constantemente me he cuestionado qué es la felicidad. No recuerdo la primera vez que me lo pregunté; probablemente fue en una de esas noches largas en las que no podía dormir, arrullada por el ruido de la oscuridad: el crujir de los árboles que se alzaban a unos metros de mi ventana, las gotas golpeando el vidrio con una precisión casi musical. Para una niña con una imaginación desbordante, era la receta perfecta para ver en la oscuridad lo que la cabeza no alcanzaba a imaginar, pero sí a sentir en las yemas de los dedos, entumecidas por el frío de las noches de Bogotá.


Podría describir casi a la perfección las tantas veces que las velas de cumpleaños, las pestañas caídas, los números repetidos, los dientes de león y tantos otros ritos han sido testigos de un mismo deseo: ser feliz. Ha sido un eco constante en mi mente. Me pregunto si mis amigos pedirán lo mismo una y otra vez, desde que entienden que un deseo es precisamente eso, un deseo. Nunca he tenido afán de sentir la felicidad; creo que debe ser algo que surge con una calidez que recorre desde las falanges de los dedos de las manos hasta las de los pies. No debe doler, no debe parecerse a ese desasosiego que tensa el cuello y entumece las mejillas, como si un aire helado recorriera el rostro, secando los ojos y los labios, con ese deseo desesperado de llorar para que las lágrimas lubriquen y no duela pestañear.


¿Qué es la felicidad? Si me remonto a mis recuerdos más distantes, podría definirla desde lo espiritual. Vengo de una familia católica en la que nunca ha faltado una biblia en la biblioteca, y podría decir sin dudar que ahí encontraba la respuesta a todas mis preguntas inocentes, las que empecé a formular desde que aprendí a dudar y a agradecer al aire: gracias a Dios, si Dios quiere, por Dios. Crecí pensando que mis pesadillas desaparecían si rezaba cada vez que un mal pensamiento cruzaba por mi mente. Recuerdo haber creído que mi problema era no saberme el Padre Nuestro completo, y casi dos décadas después de que me lo enseñaron, todavía no lo he memorizado. Pero al crecer dejé de culpar a esa parte rebelde mía que cuestionaba repetidamente a la institución. Hoy, mi cercanía con lo espiritual se sostiene en vivir mi deseo en silencio, en pensamientos, en lo que algunos llamarían meditación. Ya no busco repetir palabras, sino interiorizarlas.


Al empezar a crecer y a tomar decisiones propias, me di cuenta de que podía encontrar ese hilo que uniría mis ideas y llenaría ese vacío que sentía en medio del pecho. Empecé por el canto. En la primera clase entendí que, en vez de darme paz, les generaba un zumbido a mis compañeros; desafinaba tanto que me dolían mis propios oídos. Pero fue gracias a esa mala decisión que descubrí que uno puede cambiar, que todo tiene solución y que todo se puede hablar con los argumentos necesarios. La prueba era la tranquilidad en los rostros de quienes soportaban mis nulos dotes de cantante.


Me adentré entonces al mundo de las cuerdas, ese que me enseñaría que dependiendo de la fuerza con la que las frotes suenan más fuerte, y que entre más las tenses, pueden explotar o sonar con más precisión. La viola fue el lugar que encontré como propio. Creo que fue la fuente de felicidad más cercana que he tenido. No estoy tan segura de que haya sido la felicidad de mi hermana, a quien despertaba por años con el sonido de la práctica, pero sí fue mi refugio cuando no quería estar en clase, en esos espacios donde no congeniaba con nadie. Era la excusa perfecta para vivir mi vida apartada pero dentro del espacio físico del aprendizaje. Fueron mis mejores años. No dejaba de soñar con estar algún día en un escenario como los que mi familia y yo íbamos a ver cada vez que podíamos. Recuerdo la primera edición del Festival Internacional de Música Clásica de Bogotá, donde nació mi sueño de ser parte de la Filarmónica de Bogotá. Pero poco después esa burbuja, que me acercaba tanto a una felicidad que sentía inminente, se destruyó.


Durante años no pude escuchar música de ningún tipo. Desde el momento en que reconocí que no volvería a tocar, dejé de entender a la gente que siente la música en todo el cuerpo, que disfruta los festivales o que alinea su ánimo con lo que escucha. Todavía me cuesta acordarme de mi canción favorita, del artista más escuchado, y de recordar cómo leer una partitura, pero no olvido cómo sostener una viola.


Luego llegaron los colores, las formas y los planos técnicos. Ese primer reconocimiento frente a toda una clase, por mi habilidad para reconocer formas e imaginar soluciones, me abrió un mundo que no sabía que existía: el de crear cosas, el de dejar que las pinceladas tomaran forma o despertaran un sentimiento en quien las viera. Tuve una maestra que estuvo desde ese primer momento en que aprendí a soñar entre texturas e ideas, donde no había límites a la creación y donde los sentimientos importaban. Pero fue poco el tiempo que pudo estar a mi lado. Una enfermedad se la llevó justo cuando estábamos construyendo mi camino profesional. Constantemente me imagino qué habría sido de mí si hubiésemos hablado un poco más.


¿Puede el dolor destruir un sueño entero? En mi caso, lo sepultó. No volví a colorear. No podía levantar un carboncillo sin recordarla, no podía estar tranquila con la nueva profesora que llegó a ocupar su lugar, y esa alegría que había empezado a crecer desde adentro volvió a cerrarse, como un hoyo negro que se traga todo lo que toca. Estaba tan cerca de sentirla. Si pudiese describirla en un color sería el amarillo, en una forma sería un círculo y en un objeto, el sol. Creo que eso era la felicidad que estuve a punto de tocar.


Llegó el momento de decidir qué haría los próximos años, a qué dedicaría el resto de mi vida. Una decisión bastante difícil para alguien a quien le habían arrebatado sus sueños por un sentimiento interno, inexplicable y, para muchos, excesivo. La duda empezó a rondar en mi cabeza, en la boca del estómago y en los labios de quienes me preguntaban cada vez que me veían. Mi mente no paraba de maquinar entre carreras a las que podría ser buena, las que valen la pena o las del futuro. Entré a tantas charlas sobre opciones tan distintas que terminé dándome cuenta de que nunca me sentiría completa, que tal vez no existía mi carrera, que quizás era una excepción a la regla. Me daba miedo equivocarme, como cuando elegí el canto y no podía ni hablar en público.


Fueron tantas las dudas que lo dejé al azar del destino. Bueno, no tanto. Fue un recorrer mi cama y hablarlo con mi gata, Missifú, durante noches enteras. Sabía que necesitaba un lugar donde pudiera investigar, leer y escribir, donde pudiera entenderlo todo sin ser demasiado específica, donde me enseñaran a comprender muchos puntos de vista y, tal vez, a sentir que hacía un cambio en alguien o en algo. Sorprendentemente, como muchos otros, elegí el derecho. Dudé hasta en la entrevista. Me preguntaron por qué no arte, si tenía toda la habitación llena de mis cuadros y esculturas. Fue ahí cuando comprendí que nunca me sentiría tan cerca del arte como cuando estuviera más alejada de él, cuando mi corazón realmente encontrara paz en medio de colores, ruido y luces.


A una semana de terminar mi último semestre, decir sin dudar que fue la mejor decisión es un gran alivio. Quiero recordar mis últimos momentos en la carrera que me ayudó a entenderme un poco más, en la que nunca imaginé encajar y que, sin embargo, me abrió camino hacia mi propia cabeza. La que le critico lo mínimo. La que me imagino acompañándome hasta el último día. Pero la que me da todas las herramientas que nunca imaginé necesitar.


La felicidad aún no la identifico, pero ya no es mi búsqueda constante. Sigue siendo mi deseo predilecto, aquello a lo que me aferro cuando hago algo desde el fondo de mi cabeza. ¿Cómo se sentirá? ¿Será amarilla y cálida como mi gata? ¿Será como el reflejo del sol en un espejo? ¿Serán los abrazos de quienes quiero? ¿Será esa tutela que hice? Tal vez ya la he sentido y no lo recuerdo, y tal vez eso también es una forma de ella. La seguiré buscando en cada acto de aprendizaje, en aquello que me ha llenado, hecho dudar y generado incertidumbre. Porque aprender e intentar algo nuevo es el acto más cercano a la alegría que he encontrado; te acerca a las respuestas y a los deseos que se repiten como primer impulso del pensamiento.

ISSN: 3028-385X

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