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El odio a lo diferente: la homofobia y la transfobia como excusa a la violencia en Bello

Foto: Departamento Nacional de Planeación

Manuela Pulgarin Agudelo

Universidad de Antioquia

La quebrada La García corría de manera turbulenta y fuerte aquella tarde de abril de 2025. Llovía, las aguas golpeaban las orillas de la quebrada. A pocos metros de sus aguas, varias personas observaban una escena que terminaría por conmocionar a Bello y a buena parte del país. Sara Millerey González Borja, una mujer trans de 32 años, pedía ayuda después de haber sido brutalmente agredida. Su cuerpo, golpeado por el agua brusca, yacía cerca de la orilla. Temblando y adolorida, por las múltiples fracturas que sufrió. Horas más tarde moriría en un centro asistencial.


Las imágenes del caso se difundieron rápidamente por redes sociales. La indignación fue inmediata. Muchos se preguntaron cómo era posible que nadie hubiera intervenido para ayudarla. Sin embargo, para un joven habitante de Bello que conoció de cerca lo ocurrido, la explicación es más compleja que la simple indiferencia ciudadana.


Según relata, quienes estaban en el lugar no podían acercarse libremente a auxiliarla. Los responsables de la agresión habrían impedido cualquier intervención hasta que llegaron la madre y una tía de Sara. El mismo testigo sostiene que los agresores justificaban el ataque con el supuesto robo de un pan, una explicación que resulta insuficiente para comprender la brutalidad del crimen.


El asesinato de Sara no fue un hecho aislado. Un año después, la muerte de Mariana Ballesteros, una mujer trans de 19 años, volvió a poner a Bello en el centro de la discusión sobre la violencia hacia la población LGBTIQ+.


Los dos casos generaron pronunciamientos institucionales, expresiones de rechazo y exigencias de justicia. Pero también dejaron una pregunta que sigue abierta: ¿por qué continúan ocurriendo hechos de homofobia y transfobia en Bello?


Las entrevistas realizadas para este informe, junto con antecedentes recientes del municipio y datos sobre violencia contra la población diversa en Colombia, sugieren que la respuesta no se encuentra únicamente en quienes cometen los crímenes. También está en las dinámicas familiares, escolares y culturales que permiten que la discriminación persista mucho antes de que aparezca en los titulares.


Una historia que va más allá de dos nombres


Cuando los casos de Sara Millerey y Mariana Ballesteros ocuparon espacios en medios nacionales, muchas personas los perciben como hechos excepcionales. Sin embargo, organizaciones defensoras de derechos humanos llevan años advirtiendo sobre la vulnerabilidad de las personas trans en Colombia.


Según cifras recopiladas por organizaciones como Caribe Afirmativo, las personas trans continúan siendo una de las poblaciones más afectadas por homicidios relacionados con prejuicios por identidad de género. Durante los primeros meses de 2025, una parte significativa de los asesinatos registrados contra personas LGBTIQ+ correspondía a personas trans.


Detrás de estas cifras existe una realidad preocupante: las mujeres trans suelen enfrentar niveles particularmente altos de violencia. Mientras muchas personas homosexuales experimentan discriminación, burlas o exclusión social, las mujeres trans suelen convertirse en blanco de agresiones más severas. Para algunos expertos, esto ocurre porque desafían de forma visible las expectativas tradicionales sobre la masculinidad.


En otras palabras, la violencia no se dirige únicamente contra la orientación sexual o la identidad de género. También se dirige contra quienes rompen las normas culturales sobre cómo debe comportarse un hombre o una mujer. En municipios donde todavía persisten modelos tradicionales de género, esta situación puede hacerse aún más evidente.


Bello: entre la modernización y el conservadurismo


Bello es el segundo municipio más poblado de Antioquia. Durante décadas pasó de ser una población con fuerte tradición industrial a convertirse en una de las ciudades más importantes del Valle de Aburrá.


Su crecimiento urbano estuvo acompañado por profundas transformaciones sociales. Miles de familias llegaron desde diferentes regiones del departamento. Nuevos barrios surgieron en las laderas y el municipio se integró cada vez más a la dinámica metropolitana de Medellín. Sin embargo, el desarrollo económico y urbano no eliminó algunas características culturales profundamente arraigadas.


La influencia del machismo, la presencia histórica de estructuras criminales y ciertos modelos tradicionales de familia continúan siendo parte de la realidad local. Para un habitante del municipio consultado para este informe, estas dinámicas ayudan a comprender por qué la violencia contra las mujeres trans sigue apareciendo de manera recurrente.


“Venimos de una narcocultura, donde los hombres son machos intocables y las mujeres son chiquitas y necesitan ser rescatadas. Una ruptura a ese estándar y hay violencia, tanto que se asesinan mujeres trans”.


La afirmación no pretende explicar por sí sola todos los casos de violencia. Sin embargo, coincide con la percepción de las demás fuentes entrevistadas: existe una cultura que continúa castigando la diferencia. La primera agresión suele ocurrir en casa, la discriminación rara vez comienza en la calle.


Una psicóloga del municipio, que pidió mantener en reserva su identidad, asegura que muchas de las primeras experiencias de rechazo ocurren dentro del hogar. Desde su experiencia profesional, es común atender adolescentes que intentan expresar quiénes son y encuentran una respuesta negativa por parte de sus familias.


“Puede llegar un adolescente identificándose de un género determinado y sus padres lo invalidan por completo”, explica.


La especialista señala que algunos padres consideran estas expresiones como una etapa pasajera, una rebeldía o incluso una enfermedad. Otros simplemente se niegan a reconocer la identidad de sus hijos. Aunque estas conductas no siempre implican violencia física, pueden tener consecuencias profundas.


La invalidación constante genera sentimientos de aislamiento y vulnerabilidad. Cuando el espacio que debería brindar protección se convierte en una fuente de rechazo, muchas personas terminan buscando refugio en otros lugares o rompiendo sus vínculos familiares.


Según la psicóloga, este fenómeno no es excepcional. Forma parte de una realidad que se repite con frecuencia en el municipio. La homofobia y la transfobia no aparecen de un día para otro. Se aprenden, se transmiten y se reproducen en espacios cotidianos. Por esa razón, la familia ocupa un lugar central en cualquier estrategia de prevención.


Cuando el colegio guarda silencio


La escuela suele presentarse como un escenario de formación, convivencia y protección. Sin embargo, también puede convertirse en un espacio donde los prejuicios encuentran nuevas formas de manifestarse.


Una docente de una reconocida institución educativa de Bello sostiene que ha conocido varios episodios de homofobia dentro del entorno escolar. No se trata necesariamente de agresiones físicas o casos extremos. De hecho, explica que los estudiantes suelen convivir relativamente bien con la diversidad. En uno de los grupos que orienta existen varios estudiantes homosexuales y, según ella, la mayoría de sus compañeros los acepta sin mayores conflictos.


Los comentarios ofensivos, cuando aparecen, suelen limitarse a expresiones como “marica” o “marimacho”, utilizadas como insultos. Aunque estas palabras pueden parecer menores para algunos, contribuyen a reforzar estereotipos negativos.


Sin embargo, la preocupación principal de la docente no está en los estudiantes. Está en los adultos. Según relata, algunos comportamientos discriminatorios provienen de profesores.


Entre los casos que recuerda se encuentra la invalidación de la candidatura a personería de un estudiante homosexual y la realización de comentarios o gestos burlones dirigidos a hombres gay.


Sería un error reducir a Bello a una ciudad homogéneamente homofóbica. Aunque persisten expresiones de rechazo hacia la diversidad sexual y de género, también existen señales de cambio que muestran una realidad más compleja. Por ejemplo, la presencia de estudiantes homosexuales ya no genera el mismo nivel de rechazo que décadas atrás.


La contradicción aparece cuando se observa el papel de los adultos. Mientras parte de las nuevas generaciones parece relacionarse con mayor naturalidad frente a la diversidad, algunos docentes continúan reproduciendo prejuicios y estereotipos que limitan la participación de estudiantes homosexuales en espacios de liderazgo y representación. El conflicto, entonces, no siempre surge entre pares. En ocasiones proviene de estructuras de autoridad que conservan visiones más rígidas sobre el género y la sexualidad.


La situación se agrava porque los afectados rara vez denuncian. “No llegan a rectoría”, explica. Los casos suelen quedarse en conversaciones informales, rumores o comentarios entre estudiantes. El miedo aparece como una constante. Miedo a ser señalados. Miedo a convertirse en objeto de nuevas burlas. Miedo a enfrentarse a figuras de autoridad.


Percepción vs la realidad


Una de las ideas que apareció con frecuencia durante la mayoría de entrevistas realizadas en las calles de Bello fue la percepción de que las personas trans son peligrosas o están vinculadas a actividades delictivas. Algunos ciudadanos afirmaron que “no son ningunos angelitos” y que los medios de comunicación suelen presentar únicamente su condición de víctimas. Sin embargo, una revisión de los registros públicos de la Fiscalía General de la Nación permite matizar esa percepción y observar un panorama más complejo.


En una búsqueda de procesos relacionados con mujeres trans, se encontraron trece casos relevantes. De ellos, cuatro correspondían a investigaciones en las que mujeres trans figuraban como presuntas responsables de delitos. Entre estos aparecen tres procesos por presuntos homicidios contra parejas sentimentales u hombres y una judicialización a dos mujeres vinculadas a un caso de extorsión ocurrido en el departamento del Meta. Sin embargo, los nueve casos restantes estaban relacionados con hechos de violencia ejercida contra mujeres trans, incluyendo homicidios, agresiones y otras vulneraciones de derechos.


La diferencia resulta llamativa. Aunque existen casos en los que mujeres trans han sido investigadas por la comisión de delitos, la mayoría de los expedientes encontrados están asociados a situaciones en las que ellas aparecen como víctimas. Entre estos se encuentra el caso de dos hombres judicializados por atacar con aceite caliente a varias mujeres trans dentro de una estación de Policía de Medellín, un hecho que generó rechazo por la gravedad de la agresión y por haberse producido en un espacio que, en teoría, debía garantizar la protección de las personas bajo custodia.


Los registros también dejan otra pregunta abierta. En la búsqueda realizada no aparecieron procesos relacionados con hombres trans. La ausencia no permite concluir que esta población no experimente violencia o discriminación; sin embargo, sí plantea interrogantes sobre las diferencias que existen entre las experiencias de hombres y mujeres trans en Colombia. Las mismas fuentes consultadas sugieren que las mujeres trans suelen enfrentar formas de violencia más visibles debido a que desafían de manera directa los modelos tradicionales de masculinidad presentes en contextos marcados por el machismo.


Esta hipótesis coincide con la percepción de varios entrevistados y con los testimonios recogidos. En una cultura donde todavía persiste la idea de que los hombres deben ser fuertes, dominantes y alejados de cualquier rasgo asociado a la feminidad, las mujeres trans suelen convertirse en blanco de una reacción particularmente agresiva. No se trata de una explicación definitiva ni exclusiva, pero sí de una línea de análisis que ayuda a comprender por qué muchos de los casos más mediáticos de violencia contra personas trans tienen como víctimas a mujeres trans y no a hombres trans.


El caso Sara Millerey: más allá del crimen


La muerte de Sara Millerey se convirtió en un símbolo nacional, no solo por la brutalidad del hecho, sino también porque puso en evidencia múltiples formas de vulnerabilidad. Sara era una mujer trans, la cual vivía en condiciones precarias y frecuentaba espacios atravesados por dinámicas de exclusión social, por lo que terminó convirtiéndose en víctima de una violencia que excede cualquier explicación simplista.


Las investigaciones sobre el caso han señalado la posible participación de integrantes de estructuras criminales con presencia en el municipio, esto introduce un elemento fundamental para comprender la situación de Bello. La violencia contra las personas diversas no ocurre únicamente en un contexto de prejuicio cultural sino que también ocurre en territorios donde grupos armados ilegales ejercen control social y capacidad de intimidación.


Cuando estas dos realidades se cruzan, la vulnerabilidad aumenta considerablemente.


Mariana Ballesteros y la persistencia del problema


La muerte de Mariana Ballesteros volvió a demostrar que el caso de Sara no había sido un episodio aislado. La joven tenía apenas 19 años. Su asesinato generó nuevas expresiones de rechazo y reabrió las preguntas sobre las condiciones de seguridad para las personas trans en el municipio.


La muerte de Sara Millerey trascendió las fronteras de Bello porque condensó múltiples formas de exclusión en una sola historia. Su caso no puso únicamente sobre la mesa la violencia contra las mujeres trans. También expuso las vulnerabilidades asociadas a la pobreza, la situación de calle y la presencia de estructuras criminales capaces de imponer miedo incluso entre quienes quisieran intervenir.


Por eso su asesinato generó una reacción distinta. Sara dejó de ser solamente una víctima para convertirse en un símbolo de una discusión más amplia. Su nombre comenzó a representar preguntas que siguen sin respuesta definitiva: ¿por qué algunas personas son consideradas menos dignas de protección que otras?, ¿qué condiciones permiten que una agresión de esa magnitud ocurra en pleno espacio público?, ¿cuántas formas de discriminación deben acumularse antes de desembocar en la violencia extrema?


Quizás por eso la conversación que abrió su muerte sigue vigente. No se trata únicamente de encontrar responsables ni de contabilizar estadísticas. Se trata de comprender los mecanismos cotidianos que permiten que ciertas vidas sean empujadas hacia los márgenes. Porque cuando una sociedad normaliza el rechazo en la familia, minimiza la discriminación en la escuela o guarda silencio frente a los prejuicios, la violencia deja de ser un hecho excepcional y comienza a formar parte de una cadena mucho más larga.


Sara Millerey y Mariana Ballesteros ya forman parte de la memoria reciente de Bello. Sus historias recuerdan que los transfeminicidios no aparecen de la nada. Son el último eslabón de una serie de exclusiones que empiezan mucho antes, en aquellos lugares donde todavía se cuestiona el derecho de una persona a existir tal y como es.


¿Qué se puede hacer?


Tras los casos que conmocionaron al municipio, la alcaldesa Lorena González expresó públicamente su rechazo y solidaridad con las víctimas. También reconoció la necesidad de fortalecer los mecanismos institucionales de prevención.


Para un abogado, ese es precisamente uno de los grandes desafíos. Desde su perspectiva, los municipios deberían contar con rutas específicas para atender situaciones de riesgo que involucren a la población LGBTIQ+. No se trata únicamente de reaccionar después de un asesinato. Se trata de intervenir antes, identificar casos de discriminación, acompañar a jóvenes en situación de vulnerabilidad, fortalecer los canales de denuncia, capacitar a funcionarios públicos y docentes, construir redes de apoyo comunitario, entre otras cosas.


Sin embargo, el mismo abogado advierte que la tarea no es sencilla. Cuando los crímenes involucran estructuras criminales organizadas, la capacidad de prevención institucional encuentra límites importantes. La protección de las poblaciones vulnerables requiere entonces una combinación de acciones sociales, educativas y de seguridad. Una conversación pendiente.


¿Por qué siguen ocurriendo estos hechos?


Las respuestas recogidas durante esta investigación apuntan en distintas direcciones: Familias que rechazan, escuelas que no siempre saben cómo actuar, instituciones con dificultades para detectar señales tempranas, estructuras criminales que continúan ejerciendo influencia en algunos territorios, ninguno de estos factores explica por sí solo la violencia. Pero juntos ayudan a comprender por qué sigue reproduciéndose.


Esa es quizás la principal lección que dejan los casos recientes de Bello. La homofobia y la transfobia no comienzan cuando ocurre un crimen. Comienzan mucho antes.


Empiezan en las palabras que se repiten sin cuestionamiento, en los prejuicios heredados, en los silencios institucionales y en la idea de que algunas vidas merecen menos respeto que otras.


Los transfeminicidios de Sara Millerey y Mariana Ballesteros obligaron al municipio a mirar de frente una realidad que durante años permaneció en segundo plano.


La pregunta que queda abierta es si esa mirada se traducirá en cambios concretos o si será necesaria una nueva tragedia para volver a hablar del mismo problema.


Porque mientras la discriminación siga encontrando espacio en los hogares, las escuelas y las calles, la violencia continuará siendo una posibilidad latente.

Y entonces los nombres cambiarán, pero la historia seguirá siendo la misma.

ISSN: 3028-385X

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