El sentido de la universidad en el Siglo XXI

Foto: Universidad Javeriana

Pontificia Universidad Javeriana
Ciencias Jurídicas
Posgrados
En una época marcada por la aceleración tecnológica, la inmediatez y la creciente presión por medir la vida en términos de productividad y eficiencia, resulta necesario volver a formular la vieja pregunta por el sentido de la universidad. La respuesta no puede agotarse en la formación para el empleo, ni en la generación de conocimiento útil para el mercado, ni siquiera en la producción de innovación (todas importantes, pertinentes y, en sí mismas, fundamentales). La universidad cumple una función más profunda y decisiva al guiar a las personas a preguntarse quiénes son, qué sentido tiene su existencia y cómo desean habitar el mundo.
Durante siglos, la universidad ha sido uno de los espacios donde el ser humano ha podido detenerse para pensar y dar forma a las ideas de sí mismo y de otros. Allí se aprende una profesión, pero también se aprende a mirar la realidad con asombro y extrañeza, a dialogar con quienes piensan diferente, a descubrir nuevas formas de comprender la sociedad y a construir un proyecto de vida. La experiencia universitaria es, ante todo, una experiencia humana; consiste en adquirir competencias y en experimentar, sentir, equivocarse, crear vínculos, confrontar ideas y descubrir una vocación.
Esta dimensión adquiere una relevancia especial en el contexto contemporáneo. La inteligencia artificial, los algoritmos y las plataformas digitales han multiplicado las capacidades humanas, pero también han introducido el riesgo de reducir a las personas a datos y patrones de comportamiento. Con el propósito de la rapidez, han tratado de convencernos (a veces con mucho éxito) de que cada experiencia puede ser una simulación rápida y satisfactoria, sin comprender plenamente las complejidades del ser humano. En este contexto, la universidad está llamada a recordar que la existencia humana no puede ser comprendida únicamente desde la lógica de la información ni de la utilidad. Hay aspectos fundamentales de la vida (como el amor, la amistad, el sufrimiento, la esperanza, la belleza y la búsqueda de significado) que solo pueden ser conocidos a través de la experiencia vivida.
Para las personas que estamos vinculadas al mundo universitario resulta particularmente sugerente la reflexión propuesta por el papa León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas, dedicada a la protección de la persona humana en la era de la inteligencia artificial. El documento insiste en la necesidad de “permanecer siendo humanos” y advierte sobre aquellas visiones que consideran los límites, la fragilidad o incluso el cuerpo humano como simples obstáculos que deben ser superados mediante la técnica. La encíclica es una invitación a reafirmar la dignidad de la persona humana en una era tecnológica (aunque todo tiempo trae sus tecnologías e innovaciones), recordando que ningún avance técnico puede sustituir la riqueza de la experiencia humana integral; nos recuerda que la defensa de la dignidad humana es un asunto que no es extraño a estas transformaciones y que la simulación no equivale a la experiencia. Lo que leemos, las conversaciones que tenemos y las ideas a las que estamos expuestos en la universidad nos dan forma cuando las experimentamos plenamente y sentimos que algo dentro de nosotros cambia. Lo demás es estar en piloto automático.
Estas reflexiones que nos propone la encíclica tienen profundas implicaciones para la educación superior. La universidad debe seguir siendo un lugar donde se valore la experiencia humana en toda su complejidad. Un lugar donde el cuerpo, las emociones, las relaciones personales y la reflexión sobre el sentido de la vida ocupen un lugar tan importante como la adquisición de conocimientos especializados. La verdadera formación universitaria ocurre cuando una persona descubre qué puede hacer y quién quiere llegar a ser; ocurre cuando sus estudiantes, profesores, directivos y administrativos comprenden que el conocimiento es tanto un fin en sí mismo como una herramienta para construir una existencia con significado que contribuye al bien común. Nuestra experiencia en la universidad tiene sentido cuando las preguntas sobre la justicia, la verdad, la dignidad humana o la búsqueda de la felicidad encuentran un espacio de diálogo y reflexión dentro de la vida académica.
Constantemente la universidad debe analizar su lugar en la sociedad y reafirmar su misión de formar seres humanos capaces de pensar, sentir y actuar con libertad y responsabilidad. Porque el desafío de nuestro tiempo no consiste únicamente en desarrollar o ser consumidores de tecnologías más poderosas, sino en preservar aquello que nos hace profundamente humanos. Y pocas instituciones están tan llamadas a custodiar esa misión como la universidad.
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