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En defensa de la inteligencia artesanal

Escultura de Alan Turing. Foto: M. Oldfield

Benjamín Mauricio Legarda

Universidad del Cauca

Cuando Christopher Morcom murió en febrero de 1930, Alan Turing tenía apenas diecisiete años. La pérdida del joven con quien había descubierto el amor no correspondido y quien había sido uno de sus primeros colaboradores científicos lo llevó a formular ciertas preguntas que superan los límites del análisis matemático (área que Turing revolucionaría durante su vida intelectual). En una carta dirigida a la madre de Morcom, el estudiante muestra sus ansias de creer que su compañero fallecido podía existir todavía en espíritu. En este texto escribe:


Si todo fuese conocido acerca del universo en un momento particular entonces podríamos predecir qué ocurriría a lo largo de todo el futuro, sin embargo una ciencia más moderna ha llegado a la conclusión de que cuando estamos tratando con átomos y electrones somos bastante incapaces de saber el estado exacto de ellos.


Dentro de estas líneas, Turing reflexiona sobre la posibilidad de una existencia extracorpórea más allá de la muerte, lo que le permite concebir que la voluntad humana no estaba completamente sometida a una cadena mecánica de causas.


Por estas inquietudes que lo acompañaron a lo largo de su existencia, reducir a Turing a un ingeniero sería una injusticia. Él, como es común en los grandes genios, fue una rara avis, más parecido a un filósofo natural que a un programador —profesión que, dicho sea de paso, no existía en su época—.


Considerando que él fue uno de los padres de la inteligencia artificial, el calificativo de «filósofo natural» puede sonar antiguo. En efecto, lo es. Antes de la construcción de departamentos universitarios y la creación de especialidades y subespecialidades infinitas, quienes observaban el mundo para extraer de él sus leyes eran filósofos naturales. Desde Aristóteles, pasando por Galileo, hasta llegar a Newton, los grandes científicos de la antigüedad recibieron este nombre.


Esto no fue casualidad y una prueba de ello la encontramos si rastreamos la genealogía de la palabra «naturaleza». Los griegos hablaban de la physis como aquel término que referencia al nacimiento de las cosas, es decir, aquel proceso por el cual algo llega a ser lo que es. Así, mientras un árbol crece por naturaleza, una mesa existe por obra de la tekhne, el arte humano.

Los estoicos notaron la identidad entre la razón humana y los procesos naturales. Varios siglos después, los humanistas del Renacimiento recuperaron este ideal estoico del naturam sequi: seguir a la naturaleza. Más tarde, con el advenimiento de la ciencia moderna, el mundo dejó de ser un organismo para parecerse más a un reloj, una inmensa máquina gobernada por regularidades matemáticas.


Fue contra esta idea determinista y mecánica del universo que reaccionaron los románticos alemanes, entre quienes estaba Friedrich Schelling. Este genio precoz debatió intensamente con Hegel, acontecimiento que lo puso en el radar del rey Federico Guillermo IV —conocido como el rey del Romanticismo— para que ocupara la cátedra que había pertenecido a su rival.


Si la vida académica de Schelling fue apasionada, aún más lo fue su vida sentimental —no espero menos de alguien que perteneció a un movimiento llamado Romanticismo—.


Nuestro filósofo ingresó al círculo intelectual Tormenta e Ímpetu —tome nota si tiene una banda de metal y no sabe cómo ponerle—, donde conoció a Carolina Michaelis, mujer brillante y esposa de un amigo suyo, August Schlegel. La amistad importaría poco, pues Schelling acabaría casándose con Carolina, para desesperación y también alivio de Schlegel, que mucho habrá descansado de la enorme cornamenta que le había colocado su esposa.


Sin embargo, la anécdota amorosa no es lo más interesante de Schelling. Este romántico, influido por el naturalismo de Goethe, empezó a observar la naturaleza como un poeta convertido en científico. Vio en lo orgánico una actividad creadora incesante. En este sentido, nosotros mismos —nuestra inteligencia, nuestra cultura y nuestra historia— seríamos una continuación de ese proceso. Yo, escribe en una carta, no soy más que la potencia más elevada de la naturaleza.


Es por este motivo que la vieja oposición entre lo natural y lo artificial se queda corta. Porque el arte, la técnica y la cultura no aparecen fuera de lo natural. De esta manera, el técnico o el artista imita en su oficio el despliegue de los fenómenos naturales. ¿No es acaso lo natural una de las principales fuentes de inspiración artística o tecnológica?


El arte representa el mundo (véase la obra de Blake o Monet) tanto como la ingeniería (de ahí que la potencia de los motores se mida en caballos de fuerza). En un sentido recíproco, «la vida imita el arte», como reza la célebre cita de Oscar Wilde —aquí, arte también debe entenderse como técnica—.


Curiosamente, Turing siguió un camino similar. Cuando se preguntó por la inteligencia de las máquinas, llegó a sugerir que sería mejor educar una máquina como se educa a un niño. La inteligencia, para él, fue un proceso de aprendizaje y transformación.


Siguiendo la estela de estas mentes lúcidas, considero que debemos defender las implicaciones de lo que la cultura del internet ha llamado de manera divertida «inteligencia artesanal». Esta expresión, utilizada para designar escenarios absurdos, inesperados y profundamente nuestros, guarda la intuición fundamental de que la creatividad humana es, sobre todas las cosas, naturaleza. Después de todo, nuestra especie es una de las formas en que la naturaleza llega a tener conciencia de sí. Somos el universo contemplándose a sí mismo.


En virtud de lo expuesto, debe entenderse que todo naturalismo es también un humanismo. Proteger los ecosistemas es una tarea humanística antes que ecológica. Todavía no sabemos fabricar árboles, por eso, no debemos olvidar que un árbol fue, mucho antes que cualquier algoritmo, una obra maestra de la gran inteligencia que es la naturaleza.

ISSN: 3028-385X

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