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En un país de ciegos, el tuerto es rey

Foto: Archivo Semana

Nicolás Roberto Zarama

Universidad ICESI

El problema de nosotros los colombianos, es que no tenemos una conciencia colectiva. Tenemos una posición cómoda e individual ante la vida, cómoda. El problema soy yo, me salvo yo, y el resto friéguese.” - Jaime Garzón


En una reunión social, viernes antes de la primera vuelta presidencial, bajo los efectos de unos cuantos mojitos y en medio de una conversación sobre el panorama electoral del país, se me vino a la mente este fragmento de una conferencia de Jaime Garzón en la Universidad Autónoma de Occidente. En ese momento lo tomé como una simple pero interesante coincidencia. Hoy, una vez confirmada la veracidad de los resultados en las urnas, no puedo evitar pensar que aquel recuerdo describió con exactitud lo sucedido en las votaciones del domingo.


Los colombianos salieron a votar y, una vez más, el país quedó dividido entre quienes ven en la política una oportunidad de transformación y quienes prefieren la “estabilidad” de lo conocido, incluso cuando lo conocido ha sido incapaz de resolver los problemas que arrastramos desde hace años. La desigualdad, la violencia, la precarización laboral, el acceso limitado a la educación y la concentración del poder siguen siendo asuntos pendientes. Sin embargo, buena parte del debate político continúa girando alrededor del miedo a cambiar las estructuras que han permitido la persistencia de esos problemas.


Quizá la explicación no se encuentre únicamente en las propuestas de los candidatos o en la eficacia de sus campañas. De pronto, el problema es más profundo de lo que pensamos. Jaime Garzón hablaba de la ausencia de una conciencia colectiva, y esa idea sigue teniendo vigencia. En Colombia nos cuesta reconocernos como parte de una sociedad política con intereses comunes. Nos preocupa más nuestros problemas inmediatos, nuestras necesidades particulares y nuestras certezas individuales, pero rara vez pensamos en el bienestar de quienes viven una realidad distinta a la nuestra.


Marx llamaba a esto una falta de conciencia de los intereses colectivos. No porque todos deban pensar igual, sino porque una sociedad difícilmente puede transformarse cuando sus integrantes son incapaces de identificar aquello que comparten. En lugar de comprender que muchos de nuestros problemas tienen causas estructurales, terminamos interpretándolos como situaciones aisladas, responsabilidades exclusivamente individuales o simples consecuencias del esfuerzo personal de cada uno.


Esta lógica tiene unos efectos políticos evidentes. Cuando una parte importante de la ciudadanía considera que las dificultades sociales son problemas ajenos, las soluciones colectivas empiezan a verse como amenazas. La redistribución se convierte en castigo. La inversión social se interpreta como un gasto innecesario. La solidaridad es reemplazada por la competencia. Y cualquier propuesta de cambio termina siendo recibida con sospecha antes que con discusión.


Uno de los mayores problemas de nuestra sociedad es que hemos normalizado la indiferencia. Resulta paradójico que en un país donde una gran mayoría profesa valores cristianos, el sufrimiento del otro ocupe un lugar cada vez más marginal en la conversación pública. Nos conmueve la tragedia cuando ocurre cerca de nosotros, pero rara vez cuando afecta a quienes viven al otro lado de la ciudad, del departamento o del país. La idea de comunidad se debilita y con ella desaparece la posibilidad de construir proyectos colectivos duraderos.


Por eso el problema no es simplemente electoral. Las elecciones son apenas el reflejo de algo más profundo. Son el espejo de una sociedad que aún no logra reconocerse como un nosotros. Mientras sigamos viendo el destino nacional como la suma de intereses individuales y no como una responsabilidad compartida, seguiremos atrapados en el mismo ciclo de frustraciones, promesas incumplidas y divisiones permanentes.


Quizá Jaime Garzón tenía razón. Tal vez el principal obstáculo para transformar Colombia no sea un candidato, un partido o una ideología específica. Tal vez el verdadero problema sea que todavía no hemos aprendido a pensar como sociedad. Y mientras eso no ocurra, en un país de ciegos, seguirá bastando un solo tuerto para convertirse en rey.

ISSN: 3028-385X

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