Entre la tarima y la casa de Nariño: cuando la política se vuelve espectáculo

Foto: Diego Cuevas / El País

José Sebastián Giraldo
Universidad Francisco José de Caldas
Por años, la política colombiana ha oscilado entre la esperanza de las transformaciones colectivas y la tentación de los liderazgos personalistas. En ese escenario, la figura de Abelardo de la Espriella ha ganado notoriedad a través de un discurso confrontacional que promete orden, autoridad y soluciones contundentes a problemas complejos. Sin embargo, detrás de esa narrativa surge una pregunta necesaria para el debate democrático: ¿necesita Colombia un nuevo caudillo o una ciudadanía más fuerte y organizada?
La historia electoral colombiana demuestra que los grandes desafíos nacionales rara vez han sido resueltos por figuras individuales. Desde la construcción de procesos de paz hasta la ampliación de derechos sociales y la descentralización administrativa, los avances más significativos han surgido de acuerdos institucionales, movimientos sociales y estudiantiles, organizaciones comunitarias y procesos participativos. La idea de que una sola persona puede corregir décadas de desigualdad, violencia y exclusión no solo simplifica la realidad, sino que también desconoce el papel de miles de líderes y procesos comunitarios que diariamente construyen país desde los territorios.
El discurso político asociado a De la Espriella suele apoyarse en una narrativa de confrontación entre “los ciudadanos de bien” y quienes son presentados como responsables de la crisis nacional en el actual gobierno. Aunque este lenguaje puede resultar atractivo en contextos de incertidumbre y descontento, se apega a una cultura del espectáculo y también corre el riesgo de profundizar la polarización que ha marcado la vida política colombiana durante décadas. La democracia necesita deliberación, argumentos y pluralismo; no una permanente lógica de amigos y enemigos.
Además, resulta pertinente preguntarse qué experiencia concreta existe en la gestión de políticas públicas complejas. Gobernar un país implica mucho más que emitir opiniones contundentes o protagonizar espectáculos mediáticos de los medios aliados. Requiere conocimiento de la administración pública, capacidad de concertación y debate, comprensión de las dinámicas territoriales y disposición para trabajar con sectores que piensan diferente. La política convertida en espectáculo puede generar titulares, pero difícilmente construye soluciones sostenibles.
Más allá de sus intervenciones mediáticas, Abelardo de la Espriella parece representar una tendencia preocupante de la política contemporánea: la sustitución de los programas de gobierno por la construcción de una marca personal. En un país donde millones de ciudadanos esperan propuestas concretas sobre empleo, educación, seguridad y desarrollo regional, gran parte de su visibilidad pública ha estado asociada a la confrontación permanente y a la generación de controversias. La política convertida en espectáculo puede generar seguidores, pero difícilmente fortalece las instituciones democráticas o contribuye a la solución de los problemas estructurales que afectan a Colombia.
Resulta inquietante que su discurso proyecte una visión de país basada más en la imposición que en la deliberación democrática. Las sociedades complejas no se gobiernan mediante consignas, ni los conflictos sociales se resuelven identificando enemigos a quienes responsabilizar de todos los males nacionales. Colombia necesita liderazgos capaces de escuchar, dialogar y construir acuerdos entre sectores diversos. Cuando la retórica política privilegia la confrontación sobre el consenso, el riesgo no es solamente la polarización electoral, sino el debilitamiento de la confianza ciudadana en la democracia como espacio de encuentro y transformación colectiva.
Otro aspecto preocupante es la tendencia creciente a privilegiar figuras mediáticas por encima de proyectos colectivos. Mientras las comunidades luchan por fortalecer espacios de participación ciudadana, juntas de acción comunal, organizaciones juveniles y procesos sociales, el debate público parece concentrarse cada vez más en personalidades capaces de llamar la atención en una tarima llena de luces, dominar las redes sociales y contar con el apoyo de periodistas con medios aliados. Esto puede terminar debilitando la cultura
democrática al sustituir la discusión programática por la identificación emocional con un “líder”.
Colombia enfrenta desafíos enormes: desigualdad territorial, inseguridad, crisis ambiental, baja confianza institucional y dificultades económicas. Ninguno de ellos encontrará una respuesta real en soluciones simplistas o en discursos de tres hojas sobre “la mano dura” desvinculados de las realidades locales. Los cambios profundos requieren fortalecer instituciones, escuchar a las comunidades y construir consensos democráticos que sobrevivan más allá de un periodo presidencial.
Más que preguntarnos si Abelardo de la Espriella representa una alternativa electoral, quizás la cuestión de fondo sea otra: ¿queremos seguir depositando nuestras expectativas en figuras individuales o apostaremos por una democracia donde los verdaderos protagonistas sean los ciudadanos organizados? La respuesta a esa pregunta definirá no solo una elección presidencial, sino el rumbo de la democracia colombiana en los próximos años.
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