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Espera

Miguel Magín De La Cruz

Universidad Javeriana de Cali

Esta mañana, esperando el transporte, me percaté del gélido clima que estaba haciendo. Raro, pues el clima normalmente es cálido, incluso trópico. Sea como sea, ya era muy tarde para devolverme; ya había decidido salir; ya estaba en la estación.


Pasó un bus que no era el mío, no me subí. Entre tanto vi a una adorable pareja, tanto que me generaba náuseas. Ciertamente es un martirio cuando tú no recibes otra cosa más allá de llamadas de cobro. Una casa sola. Una que permanece inhabitada a lo largo del día, nadie prende una luz, nadie aguarda a recibirte al final de una jornada.


Hay una demora con el transporte: la gente se amontona impaciente, ruidosa. Es cómico detallar la variedad de pasajeros que deambulan por la estación. Hay ancianos, jóvenes, empresarios y subordinados. Todos molestos. Llegó otro camión a la parada, no era el que necesitaba. La gente, ya fastidiada por la insoportable demora del bus anterior, pasaba bruscamente; gritaba, empujaba e insultaba. Yo, por mi parte, seguía en mi sitio: inmutable e inamovible. Por unos momentos, incluso, inexistente.


Cayó la lluvia y el frío aumentó. Me encontraba solo. Todos, me hago la idea, ya habrán encontrado el medio para continuar con su jornada. Da lo mismo, no es un estado en el que no haya estado antes. Al detallar un poco la cercanía, observé que la dichosa pareja se encontraba ausente.


Extrañamente, los buses volvieron a demorar. Continué esperando el transporte. Ya no había personas, por lo menos no muchas; ya era tarde. Silencioso. Pasaba el tiempo y el camión todavía no llegaba.


Una anciana llegó y se propuso hacerme conversa: hablaba sola mientras yo fingía escucharla, una mera cordialidad. En eso la anciana, con todo el descaro que tiene una persona de su clase —pues todos saben que así son los viejos— me preguntó: «¿Usted sabe, joven, lo que es ser ayudado?». Llegó un autobús. Ella, tan campante como hizo la pregunta, con su bolsito negro y pañuelo rojo, se subió. Mientras tanto quedé estupefacto por la magnitud de semejante pregunta sobre la cual no podía ni siquiera imaginarme respuesta.


La lluvia cayó más fuerte. Reflexionaba el por qué no podía responder la pregunta; eso era claro: en ningún momento de mi vida he sido ayudado. Cayó la noche y yo seguía esperando. De forma inadvertida un pensamiento llegó a mi cabeza: «Mi bus era el primero». Con eso en mente, me devolví a casa.

ISSN: 3028-385X

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