Ganar o perder, pero siempre con democracia

Foto: Alejandro Ruesga / El País

Camilo Carmona Salas
Universidad de Antioquia
En medio del actual hervidero geopolítico, me atreveré a abordar un asunto que podría levantar ampolla entre los parroquianos de excelsa cultura y los defensores de las buenas costumbres: hablaré de fútbol y política. ¡Cómo no hacerlo, si el mundial está a la vuelta de la esquina!
De antemano presento mis (no tan) sinceras disculpas a quienes, apelando a la racionalidad, sentencian que el fútbol —parafraseando a Marx— es el “opio del pueblo”. Comprendo y respeto esta opinión, pero no la comparto, pues están pasando por alto algo muy importante: tratándose de prácticas culturales que movilizan las masas de forma visceral, tanto el fútbol como la política evidencian la idea de que la razón —como pensaba David Hume— es esclava de las pasiones, y en la tensión entre éstas gravita la naturaleza humana. Si acudimos a nuestra historia reciente, veremos cómo la política ha instrumentalizado, como plataforma ideológica, la pasión que genera el fútbol.
Casos como el de la Alemania nazi, donde los estadios fueron vitrinas de propaganda para exaltar la idea de la “raza superior”. O el del fascismo italiano que capitalizó ideológicamente el furor nacionalista del título obtenido en 1934. Asimismo, el mundial del 78 fue la cortina de humo que usó la dictadura militar para ocultar la represión y las desapariciones en Argentina. Igualmente, el mundial del 86 sirvió para que el gobierno mexicano encubriera la masacre de Tlatelolco. Estos y otros casos evidencian cómo el fútbol, lejos de ser neutral, puede convertirse en un escenario mediante el cual las élites dominantes instauran sus narrativas hegemónicas, encubren sus pecados, o legitiman sus proyectos autoritarios poniendo en juego la identidad nacional, apelando no a la racionalidad de los pueblos sino a sus más hondas pasiones.
Del reverso de esta moneda encontramos ejemplos —aunque pocos, pero significativos— en los que el fútbol ha sido una plataforma de denuncia y de resistencia política. Tenemos el caso paradigmático del Pelusa quien —haciendo justicia por mano propia, valga decir, por mano divina— tomó revancha simbólica por las Malvinas ante Inglaterra en México 86. Otro tanto podríamos decir de la célebre patada voladora de Éric Cantoná a un hooligan en 1995, que hoy es un símbolo de la lucha antifascista. Estos personajes —saliéndose del libreto impuesto por el poder—, al reconocer que su papel dentro y fuera de las canchas no sólo era deportivo sino social, lograron visibilizar lo que la maquinaria del espectáculo pretendía silenciar.
En septiembre de 1995, Maradona y Cantoná —junto a jugadores de la talla de Ciro Ferrara, Gianfranco Zola, Gianluca Vialli, Hristo Stoichov, Laurent Blanc, Michael Preud’Homme, Rai, Thomas Brolin, entre otros— fundaron la Asociación Internacional de Futbolistas Profesionales (AIFP), sindicato que confrontó directamente al monopolio de la FIFA, buscando dignificar el deporte rey. Aunque estos jugadores merecen el más alto reconocimiento como sujetos políticos, sin embargo, no creo que exista un caso a nivel colectivo que pueda equipararse, en cuanto al contexto o trascendencia política, al ocurrido en Brasil a finales del siglo pasado.
“En el despótico señorío de la pelota, los jugadores son los últimos monos del circo. No tienen derecho a decir ni pío. Pero no siempre ha sido así.” E. Galeano.
A principios de los 80’s, Brasil llevaba más de una década de dictadura, pero en todas partes crecían los movimientos sociales que exigían elecciones directas. En este contexto de agitación social, crisis económica, represión y censura estatal, el Sport Club Corinthians Paulista —fundado en 1910 por obreros de São Paulo— fue el laboratorio donde se llevó a cabo el experimento utópico más inusitado de la historia del fútbol, que impulsó significativamente la transición hacia la democracia en Brasil. Tras un remesón en las directivas del Timão, Waldemar Pires asumió la presidencia y, con el sociólogo Adilson Monteiro Alves en la dirección deportiva, permitieron que los jugadores participaran en la gestión interna del club.
La influencia de jugadores como Wladimir, Casagrande y Zenón en la configuración de aquel proceso fue crucial, pero la clave estuvo en la figura de Sócrates —y no precisamente el filósofo ateniense. Hablamos de Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira —Magrão para los amigos—, cuyo talento en el campo y liderazgo político fueron decisivos para la estructuración y consolidación de la Democracia corinthiana. Bajo la premisa: “un hombre, un voto”, todas las decisiones —por anodinas que parecieran— debían ser sometidas a votación en las que participaban desde el presidente del club hasta el utilero, pasando por jugadores y cuerpo técnico.
Esto generó repelús entre los simpatizantes del régimen que auguraban el fracaso del proyecto, mientras que, en los estadios, se fueron ganando el respeto y el apoyo del pueblo. Pero esta revolución interna del club no hubiera tenido el mismo impacto político sin la impronta que dejaban dentro del campo: el juego vistoso y alegre, sumado a los mensajes en su indumentaria como “Diretas ja” o “Dia 15 Vote”, calaron profundamente en el imaginario colectivo. Aunque la Democracia corinthiana apenas duró dos temporadas—1982 y 1983—, fue tiempo suficiente para conjugar la pasión del fútbol y la conciencia política de todo un país de cara al mismo objetivo: la caída de la dictadura. Un par de años después, en 1985, triunfó la democracia.
En estos tiempos que los totalitarismos se extienden peligrosamente sobre el mundo, la defensa de las democracias resulta imperiosa. Para ello necesitamos arrebatarle el fútbol al monopolio del poder capitalista para devolvérselo al pueblo. Esta es una lucha que debe darse dentro y fuera de las canchas. Por eso celebro que en el fútbol contemporáneo aparezcan figuras como Jennifer Hermoso, Lamine Yamal, Kylian Mbapé, Marcelo Bielsa o Pep Guardiola que, asumiendo una postura crítica, abanderan hoy las luchas sociales. Pero hace falta que todos articulemos la pasión del fútbol con la conciencia política, y que la cancha sea el lugar para reconocernos en nuestras diferencias, enarbolando de nuevo aquella emblemática bandera del Timão: “Ganar o perder, pero siempre con democracia”.
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