"Ignore lo que existe detrás de las vallas”

Foto: Luis Antonio Rojas / The New York Times

Sara Velandia Benito
Universidad Libre
México ha sido uno de los países elegidos para celebrar y acoger a los aficionados del fútbol en este Mundial, un evento que algunos catalogan como "el Mundial de Latinoamérica". Sin embargo, surge una pregunta inevitable: ¿Qué nos hace creer que, como latinoamericanos, somos parte de la celebración y no simples espectadores en nuestro propio territorio, apartados a un lado para estorbarles lo menos posible a quienes vienen de afuera?
En un país profundamente marcado por la violencia durante los últimos años, celebrar una fiesta de esta magnitud resulta incluso irrespetuoso, mientras se destinan recursos a embellecer una única línea del metro que será utilizada por miles de turistas, las desapariciones y los homicidios continúan formando parte de la cotidianidad nacional. La prioridad parece ser la estética de un recorrido temporal antes que la realidad permanente de millones de ciudadanos.
Ignorar los más de 132.000 desaparecidos registrados en el país y los 10 a 11 feminicidios diarios que se presentan para centrar la atención en arreglos estéticos destinados a una línea del metro para los extranjeros resulta, sencillamente, un chiste de mal gusto. Pareciera que es más importante construir una buena postal para el visitante que garantizar una realidad digna para quienes habitan el país todos los días.
Y es que este Mundial no solo se ve marcado por las dificultades de México para maquillar estéticamente su propio territorio, sino también por una sociedad que parece gritar más por un gol que por los hombres e incluso niños que son reclutados a diario por bandas del crimen organizado como el Cártel de Sinaloa, o que desaparecen sin dejar rastro. La emoción colectiva parece despertar con mayor facilidad por un marcador deportivo que por una tragedia humana.
Resulta paradójico que un país gobernado incluso por una mujer continúe enfrentando altos niveles de violencia contra las mujeres y que, aun así, la atención pública y política parezca concentrarse en un evento deportivo que volverá a celebrarse dentro de cuatro años mientras se cuentan los goles del equipo favorito, miles de familias cuentan los días desde la desaparición de un ser querido, esperando una respuesta que muchas veces nunca llega.
Quizás el problema no sea el fútbol, el deporte tiene la capacidad de unir sociedades, despertar emociones y generar identidad colectiva. El verdadero problema es que esa misma fuerza no logra movilizar a la ciudadanía cuando se trata de exigir justicia, proteger a las víctimas o reclamar políticas públicas eficaces. Porque vivimos en una sociedad que grita más por un gol que por la búsqueda de una persona desaparecida.
Ojalá las luchas por la dignidad humana y la protección de quienes viven en condición de vulnerabilidad lograran convocarnos con la misma intensidad con la que lo hace un estadio lleno. Pero, por ahora, esa parece ser una aspiración más cercana a una utopía que a una realidad.
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