Inversión


Cristian Fernando Guevara
Universidad Cooperativa
Francisco llevaba trabajando desde la veintena en una importante empresa colombiana. Le faltaba exactamente la mitad de sus años laborales para jubilarse y, como en cualquier país latinoamericano, sabía que cuando lograra hacerlo ya estaría demasiado viejo y cansado para siquiera disfrutarlo. Consideraba firmemente que el sistema no premiaba el sacrificio; todo lo contrario: lo consumía.
Pensó en invertir. Descartó la volatilidad del mercado accionario y buscó algo lento pero estable: un depósito a plazo fijo, el verdadero efecto multiplicador. Haciendo cálculos en una libreta, descubrió que, si lograba disciplinarse para inyectar diez millones de pesos colombianos cada año con una tasa del 10% de interés anual, la magia del interés compuesto haría lo suyo. Al cabo de una década, no solo tendría los cien millones de sus aportes, sino que los intereses acumulados sobre intereses harían estallar la cuenta hasta rozar los ciento sesenta millones. Generando una renta que le compraría tranquilidad financiera.
Para arrancar el plan, sacrificó sus primeros seis meses de salario y se ajustó el cinturón. Fiel a su estrategia, automatizó el depósito anual y se olvidó del asunto. Siguió trabajando, día a día, soportando la rutina.
Una década después, la primera mitad del camino hacia la jubilación había pasado entre madrugones y transporte público. Fue al banco a revisar: la matemática no fallaba. El sistema mostraba en pantalla poco más de ciento setenta millones de pesos. Su propio dinero invertido ya producía, solo en intereses anuales, más de lo que él aportaba con su sudor. Sintió el destello de la codicia o del miedo. ¿Y si mantenía el ritmo un ciclo más?
Nuevamente siguió trabajando, envejeciendo a fuego lento en la oficina. Olvidó a propósito el capital acumulado mientras el cabello se le teñía de gris y las articulaciones le cobraban la factura, pero nunca falló a su depósito anual. Cuando cumplió su segundo ciclo y la jubilación golpeó la puerta, fue a comprobar. El capital acumulado se había vuelto una masa incontenible: veinte años de privaciones constantes transformados en una fortuna. Sumando la renta de ese capital con la jubilación del gobierno, por fin podría vivir con holgura, no solo sobrevivir. El retiro oficial ya era un hecho.
El día previo a su jubilación formal, Francisco acudió al banco. Tras décadas de ver el dinero como un fantasma abstracto en una pantalla, liquidó los fondos y firmó los papeles de retiro. Salió a la calle pensando en el mañana: los viajes postergados, el tiempo libre, la vida que había mantenido congelada a cambio de una cifra.
Con los ojos fijos en ese mar de posibilidades, pisó el asfalto.
Fue su última pisada. Un camión de carga —el único factor que sus gráficos financieros no pudieron predecir— lo levantó por los aires.
Mientras la conciencia se le iba y el chillido de una ambulancia lejana se mezclaba con los gritos de la calle, Francisco exhaló por última vez, dándose cuenta de que había calculado perfectamente el interés de su dinero, pero había ignorado por completo el valor del tiempo en su vida.
.png)
