La casa de Margot


María José Rico
Universidad de La Sabana
La casa de Margot olía a aromatizante de canela, huevos crudos y a la parte de atrás de las neveras.
Tenía dos hijos, la parejita. El marido, ese es un tema tabú. Por favor no pregunte nada más del marido. Gracias. Y la hija, sobre la hija dejemos que Margot lo explique con sus propias palabras, o más bien, que lo luzca como un prendedor gigante, de los que usan las profesoras de los jardines infantiles.
- Se fue para Canadá y a los seis meses ya estaba casada con un gringo ¡a los seis meses!
Ninguno de sus vecinos la pensaba como la adorable abuelita del primero, cada vez que salía les hacía la cara de fastidio más contraída aceptable en sociedad.
- Una casa grande, bien grande, Manuel, para que ni se sienta la gente, eso es lo que uno debería tener a estas alturas de la vida, no estar escuchando al perro de los del tercero subiendo cada rato- le decía a su hijo cada vez que hablaban de algo relacionado con vivienda, a lo que Manuel apenas asentía, como una decoración de taxi.
Ese día, uno de los días perdidos del mes de julio, de los que no se sabe si clasificar como rojo amarillento por el inicio del año, o azul grisáceo por su cercanía con el final, Margot estaba peleando con la máquina de coser.
- ¡Ésta desventurada!
En ese momento subía el perro de los del tercero, el rayo de sol de esa tarde caliente y desesperante le mordía la nuca, y el televisor de cola que sonaba como si tuviera arena adentro, reproducía la telenovela de la cantante arrabalera esa, como le decía.
La desventurada máquina estaba borrosa, Margot ya no podía controlar las manos ¡chispas, chispas, chispas! Salían del pedal de la máquina, y la señora exhalaba con una fuerza violenta todo lo amargo que pudiera existir en la casa, en el barrio ¡debajo de la tierra!
- ¡Hijueperra! – gritó e intentó seguir cosiendo, pero la máquina ya no tenía aguja, y después de un momento en blanco titanio, se dio cuenta de que se le había enterrado en el dedo corazón.
Y la desgraciada aguja ¡la desgraciada aguja! Se le metía más y más en la carne sin haberla tocado, la intentó sacar, pero ya estaba demasiado adentro, y la punta desapareció dejándole un recuerdo como una fotografía. Pensaba para sí misma, balbuceaba dentro de su cabeza:
- ¿Si ve Margot, ahora que vamos a hacer? Esas agujas son las que buscan el corazón, sabe Dios cómo, ya ¿ahora qué? ¿ahora qué? ¿ahora qué? ¡Ay, de mi tía Graciela, cómo le empezaron a palpitar las muelas!
Sintió que su pecho dormía y era devorado por hormigas de tierra caliente, como si se tratase de los primeros de amor, los que la llevaron a machacarse los dedos de los pies; miró con
preocupación la sala, pensando en el teléfono, y corrió por todos los cuartos, no teniendo en cuenta que el aparato había estado tanto tiempo en la mesa de la cocina que ya no se despegaba.
Marcó el número de su hijo como el temblor de la vejez y de la ansiedad le permitieron y le contó lo ocurrido:
- Ay mamá, no sea tan exagerada, está viendo mucha novela. Se la saca con un cortaúñas y ya, sale.
- ¿No le digo que ya se me metió del todo? ¡Ya no le veo la punta ni siquiera! ¡Me voy a morir, Manuel! ¡Me voy a morir, a mi tía Graciela, alma bendita, le pasó!
- Bueno, señora. Igual ya voy por Pontevedra, solo espere y miramos qué.
Manuel ya no le creía, con tanto chisme y tanta fantasía, era más probable que se encontrara de camino a la casa una mariposa que tuviera el número de la lotería en las alas, pensó el hijo mientras estaba en el trancón.
La casa se puso rara, las telarañas tenían una boca enorme y acusaban a Margot:
- ¡Tema, lengua de serpiente! Ahora sí tenga miedo, después de picar y envenenar a todo el mundo. Ahora vaya a llorar por su muerte, ahora sí que la consuma su saliva envenenada.
Y el sofá le susurraba con voz de borracho:
- Pero, yo sé porque lo hiciste, mujer. Porque todo el mundo tuvo una mejor vida que tú, porque con las otras si se casaron, porque tú le valiste un carajo y fuiste la vergüenza de tu madre y tu padre. Entonces dices tú, dices tú ¡que todo el mundo sea una porquería! Intentas deshacerte de ti, remiendas con esa máquina tu alma rota, haces sangrar a tus clientes con tus garras en su cintura. Pero no, cucha, ni él volvió, ni tú has vuelto. Y yo lo sé porque podía sentirlo cada vez que te sentabas en mí a quemarte la lengua con el tinto y con el odio.
En ese momento, la aguja ya había llegado a un punto más abajo de la clavícula, y Margot vio como todas las luces y los anuncios de la ciudad se encendían en sus pupilas, justo antes de caerse frente a las llaves de la casa.
Manuel abrió la puerta suavemente, y al sentir que no abría, la empujó y vio a su madre inconsciente en el piso.
Y en la clínica las enfermeras lo miraban mal y no le creían, mientras comían frunas:
- Sí, ya en un momento, espere el triage.
- Pero ¡mírela, por lo menos mírela, señorita!
- Ya le dije que se espere allá en las sillas- les decía la enfermera a las frunas, perdón, a Manuel.
- Claro, como no es usted la desesperada que tiene a la mamá muriéndose.
Y obedeció sentándose finalmente. Le temblaba la pierna derecha, igualito a su madre cuando pisaba el pedal para coser, una hora exacta antes del momento presente.
Después de un interminable tiempo de espera, la clasificaron y entró a cirugía durante toda la noche. La sala de cirugía de Margot olía a aromatizante de canela, huevos crudos y a la parte de atrás de las neveras.
En la luz tímida de los pasillos estériles, el día siguiente, Margot vio a una niña que había tenido una cirugía de corazón abierto, con una familia llena de respiración de gulupa, y no criticó a su madre.
El médico encargado le habló a la señora:
- Mire mi señora, mejor que le pasó eso. La aguja llegó a su corazón, lo reventó, pero sólo así pudimos drenar todas las cucarachas que tenía. Ya no había casi carne, solo veneno. Por eso se lo llenamos con aguadepanela caliente.
Imagínese usted.
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