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La costumbre de estar cansados

Foto: Magnific

Alejandro Russi Zuleta

Universidad Militar Nueva Granada

Cuando el final del semestre se acerca, ciertas frases comienzan a repetirse con una frecuencia inquietante: “ya no puedo más”, “necesito que ya se acabe el semestre”. Las escuchamos en los pasillos, en las salas de estudio, en las cafeterías e incluso en los grupos de WhatsApp. Y la forma en que las afirmamos lo es todo: entre risas, con una mezcla entre queja y orgullo, como si enumerar el agotamiento fuera nuestra carta de presentación. Nadie pregunta si el otro está bien; lo natural es compararnos, quien se siente igual, quien está peor o quien lleva más tiempo en esa situación.


En el fondo tiene algo de sentido. Estamos realizando múltiples actividades al mismo tiempo —trabajos, parciales, intentando encontrar un equilibrio entre la universidad y nuestras vidas— y el cansancio es la consecuencia más inmediata de todo esto. Por eso, en algunas ocasiones lo manifestamos con orgullo y no como señal de alarma. Por eso nadie se sorprende, porque siempre le encontramos una explicación, y con el tiempo, se convierte automáticamente en el clima del semestre. Algo que está ahí, que todos sienten, y que aun así nadie cuestiona porque ni siquiera hay tiempo para eso.


Todos conocemos a alguien que comenzó el semestre con toda la actitud y terminó desconectándose de la universidad. No hubo un día exacto, sino que se dio de manera gradual: una entrega tarde, una reunión a la que no asistió, mensajes en visto por días y luego durante semanas. Al principio los cambios son pequeños, simplemente momentáneos. Pero con las semanas la situación se vuelve permanente, y el compañero que era un referente se convierte en alguien de quien ya nadie espera demasiado.


La explicación más fácil es que perdió el interés, o que no era tan dedicado como parecía. Sin embargo, hay algo que esa explicación no alcanza a cubrir, porque ese compañero probablemente no perdió el interés de un día para otro. Quizás hubo un momento, alguna noche en la que abrió el computador para ponerse al día con todo lo atrasado y simplemente no pudo. No porque no quisiera sino porque su energía se agotó mucho antes de que él siquiera lo notara. Y lo que siguió no fue una decisión sino una consecuencia, dejar de responder y desaparecer poco a poco de un semestre que siguió sin él como si nada.


Desde afuera eso puede llegar a traducirse como irresponsabilidad; desde adentro, probablemente se puede sentir como tener una soga en el cuello. Lo más revelador no es que esto ocurra; es que cuando pasa lo aceptamos sin interrogarnos.


Ese cansancio interno se siente cuando te levantas después de ocho horas y descubres que en realidad no dormiste nada. Es querer comenzar a escribir y quedarte una hora mirando la pantalla con la hoja en blanco porque tu cerebro simplemente se desconectó. Es no poder disfrutar de una tarde libre porque hay una angustia sorda en tu cabeza que no desaparece. Es llegar a casa después de un día relativamente calmado y no tener energía para algo más que agarrar el celular y sumergirte en redes sociales sin procesar nada de lo que realmente estás viendo. Eso que durante mucho tiempo la mayoría hemos interpretado como exageración propia o como falta de carácter, cuando en realidad no lo es.


Sin embargo, cuesta reconocerlo. Yo tardé un buen tiempo sin comprender que no se trataba de una exageración. Que existe una gran diferencia entre estar fatigado debido a una semana pesada y la fatiga que uno viene acarreando desde meses atrás.


Después, llegan las vacaciones y ocurre lo mismo de siempre. Los primeros días se pasan durmiendo más horas, en un intento de compensar el descanso que sacrificamos durante el semestre. Más adelante surge algo parecido a un descanso real. Y justo cuando estamos comenzando a sentirnos mejor, nos encontramos inscribiendo materias y las vacaciones están llegando a su fin. Semanas después, surgen frases como “no descansé nada” o “estas semanas no bastaron”, y tienen razón, porque el agotamiento acumulado durante meses no desaparece cuando finaliza el semestre; permanece ahí, esperando. Y cada semestre empieza con la convicción de ser diferente, de organizarte mejor, de dormir más. Hasta que de repente, te encuentras en el mismo punto, con las mismas frases, la misma fatiga y las mismas conversaciones en los pasillos en las que, aunque no conozcas a quien las dice, igual te reconoces.


Prestamos atención a las notas, a los promedios, a las fechas de entrega. Sabemos perfectamente cuándo estamos en riesgo de perder una materia. Pero casi nunca sabemos cuándo estamos en riesgo nosotros mismos. No porque le restemos importancia, sino porque aprendimos a aceptar el cansancio como evidencia de que permanecemos activos, y eso lo vuelve casi invisible como problema. Se normaliza solo, sin que nadie lo decida, y no se queda únicamente en la universidad.


Vale la pena preguntarse si las semanas de vacaciones se sienten como un verdadero descanso o como una simple pausa antes de que todo vuelva a comenzar. Si nuestros cuerpos realmente se están recuperando o solo se encuentran en reposo. Porque existe una distinción entre ambas, y muchas veces no nos detenemos a notarla porque estamos demasiado preocupados contando los días que nos quedan hasta el regreso a clases.


El próximo semestre va a llegar con sus propias entregas, sus propios parciales, sus propias semanas imposibles. Y después de esta etapa, vienen muchas otras con sus propias exigencias. El estrés no desaparece, cambia de forma. Lo que sí podría cambiar es nuestra capacidad para reconocer el momento en que el cansancio habitual deja de ser parte de la rutina y se convierte en una barrera que interfiere con todo lo demás. No únicamente con las notas, sino con nuestros hobbies, con las personas que amamos, con la versión de nosotros mismos que existe por fuera de la universidad.


Y lo más silencioso de todo esto es que nadie va a detenerse para preguntarte cómo estás. Ni el próximo semestre, ni en el trabajo, ni después. Vas a tener que seguir respondiendo por tus deberes, algunas veces sin energía, otras veces sin ganas, o a veces sin recordar cuándo fue la última vez que todo se sintió realmente bien. Y así, sin que ninguno lo decida, es posible pasar años enteros funcionando sin vivir de verdad, a la espera de un momento de calma que seguramente tampoco va a llegar.

ISSN: 3028-385X

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