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La dignidad no debería depender del gobierno de turno

Foto: Nathalia Angarita / El País

Valentina Cervantes Torreglosa

Universidad del Sinú

Hay algo profundamente agotador en crecer y descubrir que, para algunas personas, la propia existencia parece estar siempre sujeta a discusión.


Basta una elección, una reforma, una crisis social o la llegada de un nuevo líder político para que, una vez más, se abra el debate sobre si las mujeres debemos seguir teniendo derechos plenos, sobre si las personas que sa merecen reconocimiento y dignidad, o sobre si nuestros pueblos indígenas son tan humanos y valiosos como cualquiera de nosotros. Es cansado. Es profundamente cansado.


Porque mientras algunos viven con la tranquilidad de que su humanidad nunca será puesta en duda, otros crecen entendiendo que sus derechos parecen venir con una cláusula invisible: la de ser defendidos una y otra vez.


¿De verdad el amor necesita justificación? ¿De verdad la autonomía de las mujeres sigue siendo negociable? ¿De verdad hay vidas cuya dignidad depende del resultado de unas elecciones o del discurso de quienes ocupan temporalmente el poder?


La historia de Colombia está llena de personas que se negaron a aceptar esa lógica. Mujeres que exigieron ciudadanía en un país que las quería silenciosas. Líderes sociales que defendieron comunidades condenadas al abandono. Personas que, aun sabiendo que podían ser perseguidas o asesinadas, decidieron apostar por un país más justo.


No lo hicieron porque Colombia les hubiera dado siempre motivos para creer. Lo hicieron porque entendieron que la democracia no consiste únicamente en elegir gobernantes, sino también en construir una sociedad donde la dignidad humana no sea una concesión ni un privilegio, sino un punto de partida.


Y, sin embargo, aquí estamos. En un país donde todavía es posible sentir miedo de que los avances alcanzados por las mujeres, las diversidades sexuales y los pueblos históricamente excluidos puedan convertirse nuevamente en objeto de debate.


Quizá amar un país sea precisamente esto: sentirse profundamente decepcionada por él y, aun así, negarse a abandonarlo. Sentir rabia cuando la dignidad humana se relativiza, pero seguir creyendo que podemos construir algo mejor.


Porque los derechos humanos no son una ideología. No son una moda. Y, sobre todo, no son favores que el poder concede y retira a su antojo.


Son el mínimo ético que una sociedad se debe a sí misma.


Y ninguna persona debería tener que despertar cada cierto tiempo preguntándose si mañana su derecho a existir volverá a sentarse en el banquillo de los acusados.

ISSN: 3028-385X

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