La futilidad técnico-jurídica de la reducción estatal

Foto: Casa de Nariño

Melany Sofía Ramos
Universidad Externado
En la plaza pública, el discurso es sonoro y contundente: el candidato presidencial Abelardo de la Espriella promete, ante la euforia de sus seguidores, una reducción drástica del 40 % del aparato estatal. Sin embargo, cuando este fervor político se traslada a los micrófonos periodísticos y a los debates académicos, la narrativa se vuelve cauta, se llena de matices y se condiciona a un paso previo: auditorías de viabilidad financiera. El corazón de su propuesta descansa sobre una premisa ambiciosa: desmantelar ministerios a nivel central y trasladar sus funciones a los departamentos y municipios mediante una reforma profunda al Sistema General de Participaciones (SGP). El diagnóstico que justifica este plan es que el Estado central es financieramente inviable debido a una supuesta hipertrofia burocrática, señalando específicamente un superávit de casi 700.000 contratistas por prestación de servicios que, según su visión, deberían ser eliminados.
La primera de estas barreras es la extrema rigidez de las finanzas colombianas, donde el margen de maniobra de cualquier presidente sobre el Presupuesto General de la Nación (PGN) es, en realidad, marginal. Datos consolidados por la Contraloría General de la República revelan que aproximadamente el 92 % del PGN corresponde a gastos absolutamente inflexibles [CGR_Colombia]. Este dinero no es una chequera abierta para el capricho del gobernante de turno; está atado por mandatos constitucionales inamovibles para pagar el servicio de la deuda, el pasivo pensional de millones de jubilados, las transferencias del sistema de salud y los giros obligatorios a las regiones.
Bajo esta luz, la idea de reducir el gabinete de 19 a 10 ministerios resulta ser una reforma puramente cosmética. El gasto estrictamente burocrático de una cartera —los salarios del ministro, sus viceministros y el personal de libre nombramiento— apenas representa menos del 1.5 % de su presupuesto total. Borrar el nombre de un ministerio en un papel no borra las obligaciones sociales que la Constitución le impone a ese sector; el Estado está obligado a seguir girando e invirtiendo esos recursos, lo que desinfla de inmediato el mito del ahorro fiscal masivo.
A este laberinto presupuestal se suma un factor humano y jurídico determinante: el Estado no funciona como una empresa privada que puede despedir trabajadores de la noche a la mañana para equilibrar sus balances. El verdadero motor del servicio público en el territorio —los médicos, los jueces, la fuerza pública y los más de 300.000 docentes oficiales— está blindado por el principio constitucional de estabilidad laboral en la carrera administrativa.
La jurisprudencia unificada de la Corte Constitucional ha sido categórica al advertir que la liquidación, fusión o supresión de una entidad pública jamás puede ser utilizada como una carta blanca para despidos masivos. Por el contrario, la ley obliga al Ejecutivo a reubicar a estos funcionarios en otras dependencias o a asumir el costo de millonarias indemnizaciones civiles que terminarían desangrando el erario. Al disolver un ministerio, la nómina fija no desaparece por arte de magia; simplemente se traslada de un escritorio a otro, neutralizando cualquier intento de reducir el gasto salarial real del país.
El tercer error de diagnóstico técnico de la propuesta radica en su cruzada contra los 700.000 contratistas de Órdenes de Prestación de Servicios (OPS), catalogados a la ligera como "burocracia innecesaria". Si bien las cifras del Departamento Administrativo de la Función Pública (DAFP) confirman la existencia de este volumen de contratos, la realidad del día a día institucional es que este contingente laboral no es un exceso estético, sino una nómina paralela estructural que sostiene al Estado [cambiocolombia].
Debido a las trabas e imposibilidades legales para ampliar las plantas de personal fijo, las entidades públicas han volcado toda su operación misional en los hombros de los contratistas. Son ellos quienes configuran y cuidan las plataformas tecnológicas, quienes caminan las veredas ejecutando los programas de asistencia social y quienes atienden directamente las ventanillas ciudadanas. Prescindir de 700.000 trabajadores de golpe no generará un Estado ágil; provocará un apagón administrativo inmediato en sectores críticos como la salud y la infraestructura, vulnerando el principio fundamental de continuidad de la función pública que exige la ley.
Más allá de este cerco legal y operativo, la propuesta encierra una contradicción técnica aún más peligrosa, una verdadera "bomba de tiempo" para el desarrollo regional. El plan pretende resolver el recorte del nivel central traspasando las competencias de vivienda, educación e infraestructura directamente a las regiones a través del SGP, ignorando de manera deliberada la profunda asimetría institucional que fractura a Colombia. Mientras que capitales robustas como Bogotá o Medellín cuentan con la capacidad técnica para asumir nuevos retos, la inmensa mayoría de los más de 1.100 municipios del país pertenecen a las categorías 4, 5 y 6. Estas localidades rurales, muchas veces golpeadas por el conflicto y la escasez, carecen por completo de la capacidad fiscal, administrativa y de ingeniería para estructurar, licitar y supervisar macroproyectos de infraestructura.
Entregarles responsabilidades de tal calibre sin un proceso previo y riguroso de fortalecimiento territorial no es un acto de descentralización genuina; es, en el fondo, un abandono estatal camuflado de autonomía local. El desenlace previsible de una medida tan apresurada sería un colapso generalizado en la entrega de los servicios básicos, la profundización de las brechas de desigualdad regional y la apertura de peligrosos boquetes de opacidad que facilitarían la captura de las rentas públicas por parte de las mafias de la corrupción local.
Al final, la elocuente retórica del "Estado eficiente" corre el riesgo de traducirse en la peor de las realidades: un Estado completamente ausente para los ciudadanos más vulnerables de la periferia colombiana.
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