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La genealogía del miedo

Foto: Martin Baron

Daniella Wehdeking

Universidad del Norte

11 de junio de 2026.


Hacía ya bastante tiempo que no escribía en formato de diario, diálogo interno exteriorizado en palabras repetidas sobre un papel con letra poco legible, pero quizá un poquito estilizada a los ojos de quien la intenta descifrar.


Con tantas cosas en mi cabeza, he intentado estudiar los orígenes de aquel pesar que cargo silenciosamente en el pecho desde la salida repentina de clases, en las que ya la mente no encuentra otra ocupación que no sea darle rienda suelta a cada pedazo de concepto sin desarrollar, por aquella cotidianidad tan caprichosa. Hacía ya tanto tiempo que, no sentía mis manos acalambradas por el trazo fuerte, por intentar sostener el bolígrafo como me fue enseñado aunque aún mis dedos sean torpes; quizá el régimen católico de colegio femenino no se me caló en los huesos, tal vez por eso escribo al revés, quién sabe si es por eso que mi voz ya se ha vuelto tan solo un susurro o siquiera leve murmullo que le canta al abismo, pidiendo ayuda, implorándole que no me consuma.


El mundo entero se encuentra a la espera de un mandato de hierro; espera una represión vuelta norma general y que esta explote sobre todos los que se atrevan a cuestionarla. Pero yo la vi venir desde hace tanto tiempo.


La vi cerca en el seno de quien me parió, la sentí en las entrañas del árbol más grande y frondoso de mi jardín trasero.


Me respira silenciosamente en la nuca mientras escribo, mientras les cuento cómo el mal más grande vive conmigo, cómo lo cargo en la sangre y en el cabello con filamentos claros. Muchas personas admiten nunca haber visto al tigre mostrar sus afilados dientes, con su color anaranjado que, a lo lejos parece suntuoso y brillante, pero solo quienes tienen la valentía de enfrentarlo cara a cara pueden notar sus grietas en el pelaje manchado de sangre envuelta en mugre, sus terribles garras que juran destripar a cada ratón y sus orejas paradas escuchando el cuchicheo de los animales salvajes a las afueras de su panorama visual. Muches apenas y lo están conociendo, muches apenas se están dando cuenta para correr despavoridos en dirección contraria sin saber que, en círculos caminamos todos a su boca ya.


Yo vi su fantasma en el grito que me hacía esconderme detrás de la ventana bañada en oro, en las palabras amenazantes que juraron desfigurar mi rostro pálido por el terror; lo vi esconderse en la espalda de las figuras torneadas y gigantes que con látigos de verbo me pegaron hasta que la voz me temblase, lo sentí en cada lágrima cual sereno que recorrió mi mejilla después del aguacero.


Lo vi gruñirme, lo vi destripar, tal cómo prometió, a aquellos ratones indefensos que, con todas sus fuerzas intentaron dialogar su existencia, ponerle tesis a su respiración pero solo escuché en la garganta del animal, el rugido de alguien que sólo sabía matar.


Con los tigres no hablamos, con los tigres no negociamos, contra el tigre solo peleamos.


13 de junio de 2026.


He llorado ya lo suficiente y en esta historia de horror silencioso no parezco ganar aún, solo escribir me da la salida temporal de aquel sentimiento forrado en miedo, una intimidación que ví en los ojos de aquellos líderes de manada pero también vi en las urnas, borrando con tinta débil los deseos viscerales del pueblo, de mi pueblo. Ya no queda espacio para la duda que no actúa, que no milita desde los márgenes o los frentes, es momento de actuar aún si nos tiemblan los huesos y nos duelen las mollejas, nos hartamos hoy o no lo haremos nunca.


Desde mi habitación cómo refugio contaré hoy de mi barbarie personal, del despavorido trote que emprendí durante la primera vuelta solo para poder ejercer mi derecho a una voz; los líderes de manada pusieron sus manos tranquilamente sobre mi boca, pero yo logré escabullirme en silencio para gritar junto a les demás en la batalla contra los poderosos, a bailar sin zapatos para que mis pasos no retumbaran en la tierra, a portar mi amor extraño con orgullo en el mes que más me debe abrazar, a reír sonoramente y besar miles de labios prohibidos por el régimen más fuerte de mi vida hallado en las cuatro paredes de cemento.


Escribo desde una torre frágil a los ojos ajenos, pero dura y oscura para quien la habita desde la carne. Aprendí con el tiempo que solo yo puedo derribar sus muros y escapar ilesa. Solo nosotros podemos demoler la opresión que nos camina por la piel intentando oscurecer el alma compartida, acallar nuestros cantares y optimizar nuestros ya gigantes pesares, solo nosotros podemos bajar de ella en gozo, celebrando la valentía vuelta victoria. O es que, ¿dejaremos que los tigres custodien nuestra humanidad para siempre?

ISSN: 3028-385X

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