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La hipocresía sexual de una sociedad que consume cuerpos y vende moral

Foto: Beyoncé

Tatiana Vega

Fundación U. Iberoamericana

Vivimos en una sociedad capaz de convertir el deseo en mercancía, pero incapaz de sostener una conversación honesta sobre él.

Mientras fingimos moralidad, vivimos consumiendo sexualidad constantemente.


Se critica a quienes monetizan su imagen, pero se consumen cuerpos todos los días disfrazados de entretenimiento. Se juzga a quien obtiene beneficios de esa exposición, pero no a la industria que lleva décadas utilizando cuerpos para vender desde gaseosas hasta autoestima. La moral moderna parece extraña: no le molesta el consumo; le molesta la sinceridad.


Y las redes sociales empeoraron algo que ya existía: convirtieron la sexualidad en una competencia silenciosa. Ya no basta con existir; también hay que parecer deseable. Los likes validan cuerpos, los filtros corrigen inseguridades y la atención dura segundos. Todos critican esa lógica, pero casi todos participamos de ella.


Lo más incómodo no es aceptar que vivimos rodeados de sexualidad.

Lo incómodo es admitir que aprendimos a consumirla antes de entenderla.

Y quizá la verdad más polémica de todas es esta: muchas personas nunca estuvieron en contra de la sexualización. Solo estaban molestas porque otros dejaron de sentir vergüenza por ella.


Porque esta sociedad no castiga el deseo.

Castiga a quien lo admite públicamente.


Esa contradicción no apareció de la nada.


La sociedad es profundamente contradictoria con el sexo. Nos enseñó a sentir vergüenza de hablarlo, pero nunca dejó de ponerlo frente a nuestros ojos.

Nos dijeron que era un tema “íntimo”, “delicado” o incluso “impropio”.

En muchas familias todavía se baja la voz cuando alguien menciona la sexualidad; en los colegios se enseña con miedo, superficialidad o silencio, y crecer haciendo preguntas suele parecer más pecado que necesidad.


Pero, al mismo tiempo, crecimos rodeados de mensajes sexuales imposibles de ignorar. El sexo nunca desapareció.

Solo se volvió un consumo silencioso.


Está en la publicidad, en la música, en el cine, en los algoritmos, en las redes sociales y en la forma en que aprendimos a mirarnos entre nosotros. Se venden perfumes con deseo, ropa con erotización y autoestima con cuerpos irreales. Se normaliza convertir el cuerpo en estrategia de mercado, pero sigue incomodando una conversación honesta sobre placer, consentimiento, límites o deseo.


La sociedad nunca prohibió el sexo.

Solo prohibió hablar con honestidad.

Y esa contradicción tiene consecuencias.

Crecimos aprendiendo más sobre sexualidad en internet que en conversaciones reales.


Aprendimos a mirar cuerpos antes que emociones, deseo antes que responsabilidad, atracción antes que intimidad. Nos enseñaron cómo ver, pero no cómo comprender. Cómo desear, pero no cómo comunicar.


Por eso hay adultos que todavía sienten culpa por disfrutar. Personas incapaces de hablar de lo que quieren, de poner límites o de entender el consentimiento sin vergüenza. Gente que confunde amor con posesión, deseo con validación y sexo con afecto.


Tal vez el problema nunca fue el sexo.

Tal vez fue el silencio.

ISSN: 3028-385X

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