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La identidad y las promesas vacías

Foto: Carlos Ortega (EFE)

David Ospina Morales

Universidad Nacional

El centro político en nuestro país, se vende como la fórmula más racional cada cuatro años, pero su tibieza realmente pone en riesgo la estabilidad de la supuesta democracia más antigua de América Latina. La superioridad moral de las candidaturas y electores del centro, hace que el querer desligarse de los extremos políticos, permita tener una visión de estos como dos puntas de una herradura que se pueden tocar, sin embargo la diferencia entre estos “extremos” es abismal, pues mientras un extremo busca apostar por un diálogo entre distintos, el otro busca destripar al diferente.


La posición del centro de hacerle ver a sus electores que la segunda vuelta se disputará entre dos extremos equiparables es simplemente jugar sucio en el ajedrez político, y en esos términos, el 21 de junio Colombia no elegirá entre fichas blancas y negras, sino más bien entre quien buscaría que las fichas lleguen a un acuerdo y quien le interesaría más ver a las fichas guardadas en el cajón.


El que los ex candidatos del centro político no quieran mostrar apoyo a un candidato o promuevan la abstención o el voto en blanco, denota más su necesidad por construir un proyecto político personalista, más allá de un proyecto de país. Esto termina dando cabida a la pretensión de una imagen de neutralidad, que nunca llega a ser tomada en cuenta como tal pues prácticamente se lavan las manos cual Poncio Pilatos, logrando proyectar en el imaginario de los electores el facto de que pesa muchísimo mantener la defensa de los intereses de clase por encima de los valores éticos y políticos.


Desde mi perspectiva, el centro político colombiano es producto del arribismo que a su vez es consecuencia de la incesante necesidad de diferenciarse del pobre y parecerse al rico, característico de la clase media. El centro es oportunista, se recuesta debajo del árbol que le prometa más sombra y es, incluso, capaz de vender sus ideales con tal de perpetuar su posición en el tablero político, es a su vez la catapulta para que la gente buena aspire a ser gente de bien, pues se vuelve imperante recordar que se muestran como el faro moral de la política nacional, aunque se tornan camaleónicos y negocian con sus valores con tal de no apostar por un proyecto que pueda afectar sus intereses económicos, ni mucho menos, perder capital político.


Dicho esto, quisiera hablar, a propósito de las declaraciones de Juan Daniel Oviedo, acerca de creerle al candidato de la extrema derecha si éste prometía proteger los derechos de las minorías. Recordemos que el ex candidato vicepresidencial, quien se reconoce de centro, ha hecho carrera política desde la tecnocracia institucional que lo dio a conocer, así como desde la apelación a la identidad diversa que orgullosamente visibiliza ante el mundo. Sin embargo, al ex candidato se le olvida que resulta poco probable separar lo personal de lo político, y que sus principios y valores no deberían ser maleables como una hoja de periódico.


En este sentido, el buscar creer en una promesa vacía que provenga de un hombre machista y homófobo, así cómo él lo describe, que además, está dispuesto a eliminar incluso el único ministerio cuyo pilar fundamental es el enfoque diferencial, lo deja parado como una persona que pese a su orientación sexual no normativa, quiere serlo. La imagen neutral que aspira mostrar al afirmar que aún no define su voto, refleja tácitamente que opta por escudar más sus ideales de clase económica y política, que aquellos de la comunidad que le permitió tener de alguna forma una base política.


De todas maneras, no hay que desconocer que hay personas que pertenecen a la comunidad y aún así le apoyan. Por ende vuelvo a traer a colación el tema de la clase, las minorías con privilegios suelen pensar en mantenerlos a toda costa, es entendible en el sentido de que son cosas que históricamente han costado demasiado por una condición que uno no elige, pero es peligroso cuando se apela al reduccionismo individualista de que lo gay no debería definir el pensamiento político, y por tal razón, busca alejarse de lo crítico, de lo antisistema y de lo comunitario.


Este tipo de gays, cuyos privilegios les ha nublado la conciencia social, y que en otros tiempos no tendrían si no fuera por las luchas de la comunidad que ellos mismos atrevidamente desprecian, son una ficha dorada para que se legitimen discursos anti derechos y pro neoliberales. Sacrifican derechos que han costado mucho obtener, con tal de conseguir la aprobación de un grupo social que jamás en la vida pensaría en verles como a un igual.


Si bien es verdad que hay normas constitucionales que protegen los derechos de las minorías, el que cierto candidato pronuncie una promesa vacía, no significa que implícitamente se vaya a trabajar para la protección de estos. Los derechos pueden protegerse en el papel, pero si no se promueven políticas públicas y programas sociales que permitan reducir la desigualdad y garantizar la inclusión, da cabida a que se llegue al retroceso, e incluso, la pérdida pragmática de estos.


Finalmente, hago un llamado a las minorías, especialmente a la comunidad LGBT, a que en pleno mes del orgullo, no demos el pie a torcer, ni dejemos avanzar hacia al poder a personas que claramente nos desprecian. No debemos pecar de ingenuos, como quizá lo hace Oviedo, pues creer en la promesa de la protección de nuestros derechos, proveniente de un político homofóbico, es como pedirle a un tigre hambriento que no devore a su presa.

ISSN: 3028-385X

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