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La incoherencia de los "firmes"

Foto: Diego Cuevas / El País

Carlos Hernán López

Universidad Externado

La categoría de la "banalidad del mal" continúa siendo una herramienta conceptual de enorme utilidad para examinar fenómenos contemporáneos de adhesión política, movilización ideológica y construcción de identidades colectivas. No porque permita equiparar realidades actuales con los crímenes del nazismo —comparación que sería históricamente improcedente—, sino porque ilumina los mecanismos mediante los cuales individuos ordinarios pueden abdicar de su capacidad de juicio crítico en favor de narrativas, liderazgos o comunidades de pertenencia.


Resulta pertinente interrogar ciertos comportamientos observables en sectores de seguidores del abogado y candidato presidencial Abelardo de la Espriella, no por la legitimidad de las posiciones ideológicas que representa, sino por la forma en que algunos de sus simpatizantes procesan, reproducen y defienden determinados discursos dentro del ecosistema digital contemporáneo.


La banalidad no describe una maldad demoníaca, sino una forma de vaciamiento del juicio moral. Bajo esta clave interpretativa, puede observarse cómo ciertos seguidores de figuras altamente polarizantes desarrollan patrones de comportamiento caracterizados por la reproducción automática de consignas, la descalificación sistemática del contradictor y la sustitución de la deliberación racional por la lealtad identitaria. En tales circunstancias, la adhesión política deja de ser una convicción argumentada para convertirse en una forma de pertenencia emocional.


Cuando algunos simpatizantes defienden una afirmación exclusivamente porque proviene de una figura admirada, sin someterla a contrastación empírica ni examen racional, emerge precisamente aquello que Arendt identificó como una renuncia al pensamiento. El problema no radica en compartir una posición ideológica determinada, sino en la incapacidad de cuestionarla y en el riesgo de caer en una peligrosa obediencia intelectual que sustituye entonces a la deliberación.


Esta claudicación del intelecto adquiere un matiz alarmante cuando se analiza la ligereza con la que la base militante abraza y defiende un catálogo de propuestas que transitan entre la fantasía jurídica y el delirio macroeconómico. Un examen elemental de la plataforma del candidato devela propuestas que colisionan frontalmente con la viabilidad institucional y constitucional del país. El dogma de construir megacárceles entregadas a la concesión privada y ubicadas en parajes donde "no entre ni la señal de la Santa Cruz" es aplaudido como un bálsamo de autoridad, ignorando no solo los mínimos presupuestales básicos, sino la jurisprudencia reiterada en materia carcelaria y los límites infranqueables del derecho internacional humanitario.


De igual manera, la retórica orientada a desmantelar la arquitectura económica del Estado —coqueteando con la flexibilización o subordinación de la autonomía del Banco de la República bajo el pretexto de un "milagro" libertario, o la promesa insostenible de fijar tasas de interés hipotecario artificiales por decreto— se recibe con un fervor casi místico. La base digital reproduce estas fórmulas sin reparar en el riesgo sistémico de una inflación desbocada o en la destrucción de la estabilidad macroeconómica. Lo propio ocurre con la bandera de la fracturación hidráulica (fracking), la cual deja de ser un debate técnico y científico sobre la preservación de los acuíferos y la seguridad geológica, para convertirse en una verdad de fe indiscutible, donde la advertencia ambiental es despachada bajo el rótulo de sabotaje ideológico.


Esta desconexión crítica opera también en el plano de la estrategia política y la coherencia ética. Resulta paradójico cómo una base que exalta la figura de un líder fuerte, caracterizado por un personalismo histriónico y una retórica hiperbólica, asume con normalidad tácticas de repliegue estratégico, tales como la delegación de debates complejos en fórmulas vicepresidenciales o la moderación selectiva de posturas frente a instituciones que antes fustigaba. Lo que en cualquier otro escenario sería catalogado como oportunismo o inconsistencia ideológica, en el seguidor dogmático se traduce como astucia política superior.


El candidato, otrora feroz detractor del establecimiento político tradicional, adopta hoy las dinámicas de la misma estructura que prometía combatir, evidenciando una mutación donde el antiguo antagonista se mimetiza con el objeto de su desprecio. La militancia no percibe la contradicción; la devoción anula la memoria.


Más aún, la banalidad del mal puede manifestarse en procesos de deshumanización simbólica del adversario político. Cuando el contradictor deja de ser considerado un ciudadano con igual dignidad y pasa a ser presentado como enemigo, traidor, corrupto por definición o sujeto moralmente inferior. Cuando promete textualmente "destripar a la izquierda" o extirparla del mapa político erosiona los presupuestos fundamentales de la convivencia democrática. La agresión verbal, el hostigamiento digital o la estigmatización colectiva pueden llegar a ser percibidos como prácticas normales y justificadas, precisamente porque quienes participan en ellas han dejado de examinar críticamente su significado ético. La eliminación retórica del rival político es el preámbulo de la justificación ética de su anulación civil y física.


La pregunta relevante no es si los seguidores de Abelardo de la Espriella son moralmente reprochables por apoyar su candidatura, la cuestión verdaderamente arendtiana es otra: ¿hasta qué punto conservan la disposición a disentir de él cuando las circunstancias lo exijan? Allí donde desaparece la capacidad de cuestionar al propio referente político, comienza el terreno fértil para la banalización de las decisiones políticas y ese riesgo, lejos de pertenecer exclusivamente a un sector ideológico, constituye una posibilidad latente en toda comunidad humana organizada alrededor de liderazgos “carismáticos”.


Estoy seguro que el pensamiento, entendido no como acumulación de conocimientos sino como ejercicio permanente de autocrítica, constituye el principal antídoto frente a cualquier forma de subordinación intelectual.

ISSN: 3028-385X

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