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La puerta

Pablo José Rivas

Universidad Pontificia Bolivariana

Anoche vinieron por Juancho, fue igual que cuando vinieron por José, por Miguel y por Esteban, sólo que antes estábamos todos sentados en la sala y anoche cada uno estaba por su lado. Ni siquiera fue Juancho el que atendió la puerta, fui yo.


— ¡Juancho! — le grité cuando, del otro lado, me avisaron que venían por él — ven pa acá que ya te están buscando.


Él no respondió, apenas se oía desde su pieza como veía el noticiero de las 7. Yo lo volví a llamar:


— ¡Juancho! — afuera se oía un ruido, como si se estuvieran enojando — vente pues que esta gente anda de afán.


Tampoco respondió. Sólo se escuchaba el televisor, que sin él uno creería que vivimos en la nada, porque afuera no cantan los grillos, ni ladran los perros de por allá abajo, ni afuera se ven las luces del pueblo y es pura oscuridad. Parecía que en toda esta tierra tan grande solo viviéramos Juancho, Camilo y yo, junto con ellos, los que están afuera.


— Mejor ve y dile que lo buscan — Camilo estaba sentado en el comedor, haciendo algo que ya no me acuerdo en unas hojas amarillas —, no vaya a ser que por él no venir se nos metan a la casa.


Yo le dije a los de afuera que me esperasen, que ya lo traía, y me fui a su pieza. Estaba sentado con la cabeza sobre el pecho y tenía un tinto sin terminar en la mesita de noche. Lo llamé duro y brincó en la silla.


— ¿Qué fue? ¿qué pasó?


— Que ahí afuera te buscan y dicen que ya te toca ir con ellos.


— ¿Y son los mismos?


— El que preguntó por ti habla distinto al que preguntó por Esteban, pero dicen lo mismo: que vienen por ti y, si no sales, nos llevan a los tres.


No dijo nada, solo se levantó, se bogó el tinto frío y apagó el televisor.


— ¿Tengo que salir ya o me puedo empacar una ropita? 


— preguntó mientras se calzaba las botas.


— El que pregunta por ti dice que vienen de afán; entonces mejor no te demores.


Juancho se colocó un saco y se guardó en el bolsillo derecho esa radio chiquita que le regaló mi papá. Cuando salimos de la pieza, como las otras veces, yo la cerré con llave.


— Preguntan por acá que si te demoras mucho — Camilo ahora estaba parado frente a la puerta.


— Venga yo salgo, que creo que ya estoy listo.


Él se puso en frente y, antes de abrirla, nos volteó a ver.


— Díganle a Pacho que cuando vuelva le pago el fiado — dijo eso con un tono de resignación.


Tal como lo hicieron los otros, Juancho abrió la puerta y salió antes de que pudiéramos ver algo o a alguien; solo entró la neblina, como siempre.


— ¿Quieres una arepa? — fue lo primero que dijo Camilo cuando los pasos se oyeron lejos. Yo se la acepté.


— Ese Juancho... yo sabía que un día de estos se iba a meter en líos — fue Camilo el que rompió el silencio y, como cuando vinieron por los otros, decía esas cosas como para decir cualquier cosa—. Yo le vivía diciendo “Juancho, deja de estar jodiendo que un día de estos te la van a cobrar” y vea, dicho y hecho, se la cobraron.


— Claro — yo también decía las cosas por decirlas — se la cobraron...


— Lo mismo con todos. Yo les decía que no se fueran por esos lados que iban a terminar mal y ninguno era capaz de hacerme caso ¡y ahora véalos! ¿dónde están? Por allá lejos, sepa Dios dónde, con esa gente.


— ¿Y dónde estarán?


— ¿Yo que voy a saber? Yo lo único que sé es que de ninguno hemos vuelto a saber nada y con Juancho va a ser igual.


Nos quedamos en silencio, porque ya había pasado el tiempo prudente de fingir que nos importaba.


— En fin, que no vaya a saber yo que tú andas igual que ellos, porque de seguro que también vienen por ti y esta casa es muy grande pa sostenerla yo sólo.


Dejó la arepa en la mesa, cogió sus papeles amarillos y se fue a acostar. Yo me quedé solo en la sala y me acosté cuando volvió el canto de los grillos y volví a escuchar a los perros de por allá abajo.


Vinimos los seis a esta casa porque el tío Bruno dijo que por acá la tierra era buena para trabajar. Primero vinieron Miguel y José, los de en medio, y yo llegué cuando ellos me llamaron diciendo que la casa y la tierra era como nos la habían pintado; ahí fue dónde me traje a Esteban, a Juancho y a Efráin, que apenas le estaba saliendo el bozo cuando llegó.


Yo le decía en esa época a Consuelo que todo eso era solo por un mes. “Yo voy, me quedo por allá dos meses y me devuelvo, ni tú ni la niña se darán cuenta de que me fui” era lo que yo le decía entonces y de ahí para acá han pasado dos años. Ahorita, de los seis que llegamos, nada más quedamos Efraín y yo, los dos muy cansados como para hacer con este tierrero más de lo necesario; a los otros se los llevaron ellos. Nosotros les tratamos de “ellos” porque nunca los hemos visto y porque tampoco tenemos muchas ganas de verlos, solo sabemos que llegan, tocan la puerta, preguntan por uno de nosotros y a ese nunca lo volvemos a ver. “Mejor que se lleven a uno y que no se metan acá pa llevarnos a todos” me acuerdo que dijo Esteban cuando se llevaron a José y desde entonces eso ha sido suficiente para que ni se nos asome la curiosidad de saber quiénes son.


Otro diría que por qué uno no se va de por acá, por qué no deja uno el moridero que se volvió esta casa y se va para donde a uno lo quieren y lo esperan. Yo siempre, cuando me imagino que me preguntan eso, me respondo: “pero ¿cómo nos vamos a ir de aquí si apenas uno se aleja del pueblo lo devuelven con una advertencia? ¿cómo se va uno si, bajando al pueblo, ya se oye a la gente preguntando dizque “¿y don Camilo por qué no está en la casa?” y uno se tiene que subir volado porque sino ya le empiezan a inventar cuentos? Uno de acá no se puede ir, no señor, porque tenga por seguro que si ellos no lo ven dónde tiene que estar, así sea en esta mugre de casa, van, lo buscan y lo hacen devolver, sino es que se lo llevan como a los otros cuatro”. Por eso se los llevaron, porque han hecho algo que no debían, porque han hablado con quien no tenían que hablar o se han metido donde no los estaban llamando y vea, les llegó la cuenta. En esos casos yo digo que lo mejor es abrir cuando les toquen la puerta, porque quien nada debe nada teme y si ellos ya saben que hicieron, mejor es que salgan para dar la cara.


Yo estoy tranquilo y más allá del bien y el mal, tengo la conciencia limpia. Si bajo al pueblo no es para hacer apuestas en lo de Pacho, ni para meterme en camas ajenas; yo sólo me asomo por allá para mandarle las carticas a Consuelo y a la niña, aunque nunca he podido saber si de verdad les llegan, porque en todas las veces que he ido a mandárselas nunca llegan respuestas... Igual a estas alturas podrían estar en cualquier lado y yo estoy mandando mensajes a una casa vacía o a una dirección que a lo mejor ya ni existe ¿quién sabe? Igualmente, no seré yo quien las salga a buscar; no he ido a buscar a ninguno de los cuatro después de que se los llevaran, no he preguntado por ellos y sé que, si lo hiciera, no me darían razón de ellos y solo me metería en líos.


Antes de que tocaran la puerta con su señal, los tres golpes duros, yo ya sabía que estaban afuera. Porque siempre que vienen es como si el mundo se repitiera: de nuevo todo se pone en silencio, el aire se pone pesado y aunque la casa esté con todas las luces prendidas, todo parece borroso, lleno de humo.


Cuando tocaron la puerta, Camilo estaba sentado, con el cuerpo encorvado sobre sus papeles amarillos, y yo no me acuerdo que estaba haciendo, pero creo que estaba en la cocina, viendo por la ventana de rejilla como afuera todo se hacía negro y oyendo, muy lejos, como los perros de allá abajo dejaban de ladrar. Ahí fue cuando tocaron.


— Yo voy — dijo Camilo. Se colocó sobre la puerta y, como cada vez que venían, preguntó: —. ¿Quién es?


— Buenas noches — pude escucharlo, este si era el mismo que había venido por Juancho hace meses — ¿Don Camilo se encuentra?


— Claro, ya mismo se los llamo — creo que él no los escuchó — ¡Efraín!


Dejó de llamarme cuando del otro lado, con un tono calmado pero enérgico, el tipo le dijo:


— Señor, nosotros estamos buscando es a don Camilo, hágame el favor de llamarlo.


Camilo se quedó quieto frente a la puerta, y yo, viéndolo por encima del hombro, empecé a mover un trapo sobre el poyo de la cocina.


— ¿Buscan a don Camilo? —creo que algo parecido dijo José cuando vinieron por él. — Si señor, háganos el favor de llamarlo.


— ¿Y pa qué lo buscan? ¿qué les debe él?


Afuera hubo un silencio, creo que ninguno de nosotros había preguntado antes las razones y allá afuera tampoco es como que quisieran darlas.


— ¿Pa qué lo necesitan? — Camilo seguía ahí parado y yo seguía moviendo el trapo. — Eso a usted no le importa, llámelo.


— No señor, yo no lo voy a llamar, eso no lo voy a hacer... ¿y por qué iría yo a hacerlo? ¿por qué ustedes se lo van a llevar? Él no le ha hecho nada a nadie, no le debe nada a nadie, no se mete dónde no lo llaman... es más, él ni mantiene en el pueblo ¿qué les debe ese tipo si él sólo baja allá a mandar cartas? Venga hablemos, hombre, yo creo que esto debe ser un error, un malentendido...


— Don Camilo — el otro no gritó, pero su voz sonó como una advertencia final —, hágase el favor de salir.

Él no respondió, sólo se quedó parado ahí, como un idiota.


— Si no sale en cinco minutos, entramos y nos lo llevamos a usted y a quién esté en la casa.


Eso fue todo lo que él necesitó escuchar. A diferencia de Miguel, que se fue con una maletica, o de Esteban, que le dejaron meter sus cosas en una bolsa antes de irse, Camilo solo se fue con el vistazo que le echó a la casa, apretando un puño, como si fuera a agarrar a golpes a la puerta. Creo que a mí ni siquiera me volteó a ver.


— Efraín — lo dijo como una orden — mándale las cartas del comedor a Consuelo y no le vaya a decir nada.


Abrió la puerta, de nuevo no se alcanzaron a ver las caras y solo entró la neblina. Se fue dando un portazo y afuera, entre las pisadas de botas, se escucharon de a poquitos las pisadas de sus tenis viejos sobre el camino de tierra.


Cuando los sentí lejos, yo hice lo que él mismo dijo que hiciéramos cada vez que vinieran por uno de nosotros, por lo menos desde que se llevaron a Miguel: cogí esos papeles amarillos, los puse sobre su mesa de noche y cerré la puerta de su pieza con llave.

ISSN: 3028-385X

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