top of page

Las terapias de conversión no curan: enseñan a odiarse

Foto: Foro Jurídico

Juan Ángel Mora

Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca

Hay cosas que en Colombia todavía se hacen en silencio porque, si se dijeran en voz alta, sonarían demasiado crueles para ser reales.


Las llamadas “terapias” o prácticas de conversión son una de ellas.


Durante años, cientos de personas LGBT han sido sometidas a procesos religiosos, psicológicos y espirituales que prometen “corregir” su orientación sexual o identidad de género. Quienes las defienden las presentan como ayuda, acompañamiento o salvación. Pero detrás de ese lenguaje aparentemente compasivo suele esconderse algo mucho más violento: culpa, humillación, miedo y destrucción emocional.


Yo sobreviví a una de esas prácticas.


Entré durante la pandemia. Y aunque decir que “tuve suerte” puede sonar absurdo dentro de un contexto así, la verdad es que la virtualidad evitó que tuviera que asistir presencialmente a espacios que probablemente habrían sido todavía más agresivos y traumáticos. Aun así, las secuelas quedaron.


Porque las prácticas de conversión no empiezan con gritos ni castigos físicos. Empiezan haciéndote creer que hay algo mal contigo. Que tu forma de amar decepciona a Dios, a tu familia y al mundo. Empiezan enseñándote a sentir vergüenza por existir.


En muchos de esos espacios ni siquiera hay profesionales de la salud mental. Muchas veces son líderes religiosos, personas cercanas a iglesias o individuos que, por considerarse “espiritualmente correctos”, asumen que tienen autoridad para intervenir la vida de otros. Entre oraciones, reuniones, “acompañamientos” y discursos sobre pecado, uno termina reducido a un problema que necesita solución.


Y eso destruye.


A través del proyecto de ley “Nada que Curar”, impulsado en el Congreso por la representante Carolina Giraldo, conocí historias de personas de todo el país que también sobrevivieron a estas prácticas. Escuché relatos de aislamiento, violencia psicológica, expulsiones familiares, ataques a la autoestima y daños emocionales profundos. También conocí personas que no lograron salir vivas de ese proceso.


Yo mismo perdí a alguien que hacía parte de estas prácticas de conversión.


Por eso resulta tan doloroso ver cómo el debate público alrededor de este proyecto terminó convertido en una guerra de desinformación. Nunca se trató de “convertir niños en trans”, ni de imponer una supuesta “ideología de género”, como insistieron sectores políticos y religiosos que se opusieron a la iniciativa. El proyecto buscaba algo mucho más básico:


impedir que personas fueran sometidas a tratamientos degradantes por su orientación sexual o identidad de género.


Nada más.


Sin embargo, el miedo sigue siendo una herramienta política muy rentable. Y mientras algunos congresistas usan discursos sobre familia y moral para bloquear este tipo de leyes, hay jóvenes que continúan entrando a iglesias, consultas y espacios clandestinos creyendo que odiarse a sí mismos es el precio para ser aceptados.


Eso es lo más cruel de las prácticas de conversión: no solo intentan cambiarte, intentan convencerte de que no mereces existir tal como eres.


Por eso este debate no puede desaparecer.


Porque si cuando yo entré a ese proceso hubiera visto personas luchando públicamente contra estas prácticas, tal vez habría entendido antes que el problema nunca fui yo. Y estoy seguro de que muchos otros jóvenes necesitan escuchar exactamente lo mismo hoy.


Necesitan saber que sí existe vida después de la culpa. Que sí existe libertad después del miedo. Y que nadie debería crecer creyendo que amar o existir de una manera distinta es una enfermedad que necesita cura.

Porque no hay nada que curar.

ISSN: 3028-385X

Copyright© 2026 VÍA PÚBLICA

  • Instagram
  • Facebook
  • X
bottom of page