Las voces ausentes de la injusticia

Foto: Oliver Schmieg / Time

Sofía Cardona Pérez
Universidad EAFIT
La noche del 15 de noviembre de 1992, el barrio Villatina, en Medellín, se envolvía en la quietud típica de un domingo. Había terminado la misa vespertina en la parroquia de Nuestra Señora de Torcoroma, y los feligreses regresaban a casa luego de la eucaristía. En una esquina cercana a la iglesia, un grupo de ocho niños y adolescentes y, un joven de veintidós años, se encontraban departiendo entre risas. Entre ellos estaba Johanna Mazo, una niña de apenas 8 años, que caminaba con dificultad apoyada en sus muletas por una pierna enyesada debido a un accidente reciente.
De repente, las luces de tres vehículos relampagueantes perturbaron la tranquilidad que se respiraba en Villatina. Una docena de hombres armados, vestidos de civil, descendieron de los carros ágilmente, se acercaron a los jóvenes y les dieron la orden: “¡Al suelo!”. Los ocho adolescentes y el joven no tuvieron más remedio y obedecieron tendiéndose boca abajo sobre la calle empinada. Entonces, sonó una ráfaga de disparos contra aquellos niños inocentes. Johanna aún abrazaba sus muletas; a su lado, Johnny Alexander Cardona Ramírez, Ricardo Alexander Hernández, Giovanny Alberto Vallejo Restrepo, Oscar Andrés Ortiz Toro, Ángel Alberto Barón Miranda, Marlon Alberto Álvarez y Nelson Dubán Flórez Villa, todos ellos entre los 15 y los 17 años. Así mismo, el joven Mauricio Higuita Ramírez, de 22 años, también habría perdido la vida. La balacera solo paró cuando una patrulla del Ejército llegó, los agresores huyeron y no hubo capturas. Nueve vidas masacradas, nueve jóvenes con el tiempo paralizado, para siempre.
Esta masacre no fue un acto aislado. Medellín atravesaba en aquellos años una de las etapas más violentas de su historia, en medio de la guerra contra el narcotráfico liderado por Pablo Escobar. Entre 1989 y 1993, Escobar ordenó recompensas por cada policía asesinado, una estrategia de debilitamiento a la fuerza pública. En respuesta, se creó el F-2, un grupo secreto de la policía acusado por desaparición forzada y limpias sociales. Ser un muchacho pobre en Medellín, equivalía a vivir bajo sospecha, muchos fueron marcados como posibles sicarios que trabajaban para Pablo Escobar y por ello hubo decenas de inocentes asesinados en la ciudad en aquella época del terror. Es justamente en este panorama de violencia en el que ocurre la masacre de Villatina y fue aquella creencia, la que cobró la vida de estos 9 inocentes, que tiempo después se descubrió que hacían parte de un grupo juvenil llamado Forjadores de Futuro de la parroquia de aquel barrio apartado de la ciudad. Varios años después de la masacre, Alberto Mazo, padre de Johanna, contó con profundo dolor aquella pesadilla en la que perdió a su hija: “Mataron a los niños dizque porque eran sicarios, y los niños eran de la iglesia. Mi niña tenía quebrado un pie y, con las muleticas y todo, la mataron”.
En medio de la oscuridad en la que había quedado sumergido el barrio, la verdad dio un destello de esperanza. Uno de los adolescentes, Nelson Dubán Flórez, sobrevivió al ataque, y de camino al hospital mencionó quienes habían sido los protagonistas de aquella pesadilla. Antes de morir, Nelson alcanzó a decir que entre los que dispararon había policías y lo supo porque eran compañeros de uno de sus familiares. Para las madres y padres de Villatina, el mismo Estado llamado a protegerlos se había convertido en asesino de sus hijos.
Tras la masacre, el dolor de las familias de Villatina vino acompañado de una tortuosa búsqueda de justicia. Entre finales de 1992 e inicios de 1993, las familias buscaron que se hicieran las investigaciones pertinentes. Pidieron que analizaran los casquillos resultantes de la trágica escena, pero la Fiscalía estuvo negada durante mucho tiempo a hacer el debido proceso. Durante años, el expediente de la Masacre de Villatina permaneció estancado en etapa preliminar, sin un solo arresto.
“No hubo castigo”, es lo que con amargura pronuncian las madres de Villatina al evocar la impunidad del caso, porque ninguno de los asesinos de sus hijos pisó una cárcel jamás. Luego de años de ardua búsqueda de justicia por sus hijos, finalmente, el 2 de enero de 1998, en un acuerdo con la Comisión Internacional de los Derechos Humanos, el gobierno aceptó oficialmente que agentes estatales habrían participado en la Masacre. Pocas semanas después, el presidente de la República de entonces, Ernesto Samper, realizó un acto público de perdón el 29 de julio, se reunió con los familiares de las víctimas, reconoció la culpabilidad del Estado en el crimen y le entregó a cada uno un documento con el reconocimiento de responsabilidad. Samper admitió que ni todas las medidas de reparación alcanzarían a sanar el inmenso dolor: “Este acto de reparación moral y desagravio no será suficiente para calmar el dolor que produce tal hecho, pero es una obligación del Estado; que se convierte en un paso fundamental para hacer justicia y para que hechos de esta naturaleza no vuelvan a repetirse”.
Como parte de los acuerdos con las víctimas, el Estado realizó acciones concretas de reparación simbólica y material. Se acordó la construcción de algunas obras para la comunidad de Villatina, entre ellas un centro de salud y una sede educativa. Quizá el símbolo más visible de dicho compromiso fue la elevación de un monumento conmemorativo en honor a los niños masacrados, en el parque del Periodista, en pleno centro de Medellín, dado que las familias desearon que no estuviera escondido en el barrio sino a la vista de muchos y así fue como lo contó don Alberto Mazo: “Todos los padres quisimos el monumento en el centro de la ciudad, en lugar de que fuera en el barrio, para que la gente se diera cuenta de lo que había hecho el Estado, porque fueron policías los que mataron a los niños, no quedamos contentos con el lugar por tanto vicio, pero no había más espacio.” El objetivo era claro, mantener la memoria y exhibir la verdad en un espacio público donde nadie pudiera alegar olvido.
Desde 2004, la escultura “Los niños de Villatina” se puede observar en el parque del Periodista, como un recordatorio inmarcesible de aquella tragedia. La obra, creada por el maestro Édgar Gamboa, representa a un grupo de niños montados en un carrusel con forma de globo terráqueo, jugando por la eternidad. Cada figura de bronce evoca a uno de los menores asesinados, congelados en la inocencia de la niñez. Alrededor de la base del monumento están grabados los nombres de las nueve víctimas y el inolvidable año 1992 quedó tatuado para siempre en el corazón de los padres de aquellos niños. Este monumento es el resultado de la lucha incesante de las madres y padres que quedaron con el amor en las manos.
A lo largo de estas décadas, los familiares de las víctimas han convertido la memoria de Villatina en una insignia de paz. Cada año, el 15 de noviembre, se reúnen frente al monumento en el parque del Periodista para conmemorar, hacer memoria y no borrar la atroz historia, para que no vuelva a repetirse. En estos actos conmemorativos encienden velas, ofrecen flores y elevan al cielo los nombres de sus seres queridos, negándose a que el tiempo sepulte la verdad. Han logrado que instituciones como el Museo Casa de la Memoria de Medellín y la Personería acompañen estas ceremonias, para que las nuevas generaciones conozcan lo ocurrido.
Treinta y dos años después, la Masacre de Villatina sigue siendo una herida abierta, pero, también se ha convertido en la memoria, la historia de Medellín. Aquella noche trágica de 1992 arrebató nueve vidas de inocentes, pero sus ecos han motivado transformaciones gracias a la persistencia de sus familiares, hoy existe un precedente de reconocimiento de responsabilidad por parte del Estado y un compromiso de no repetición. “Asumimos como un compromiso ético, político y social la preservación de la memoria sobre estos hechos”, estas palabras de Carolina Saldarriaga, que en la conmemoración de los 30 años de la masacre fue subsecretaria de construcción de paz territorial, demuestran que aquella lucha incesante de las familias sí ha resonado, incluso en el corazón de las grandes organizaciones que poco a poco se han ido sumando a la reconstrucción de las víctimas. Las madres y padres de Villatina, envejecidos pero firmes, continúan esperando que algún día se identifique y sancione penalmente a todos los culpables, para que el crimen no permanezca impune para siempre.
Al caer la tarde en el parque del Periodista, las siluetas de bronce de “Los niños de Villatina” parecen cobrar vida entre las sombras alargadas. Un balón de fútbol metálico queda suspendido bajo el pie de uno de los chicos esculpidos, como a punto de rodar de nuevo. Quienes conocen la historia dejan allí flores amarillas y blancas, símbolo de la esperanza y la pureza, y acarician con respeto las frías figuras. En cada flor depositada se renueva una promesa de memoria. En cada mirada al carrusel detenido se formula un ruego de justicia. Villatina no olvida a sus hijos; Medellín tampoco debería olvidar. Que su recuerdo sirva de advertencia y de guía, para que nunca más una masacre de niños manche la historia de nuestra ciudad. La historia de Villatina es dolorosa, pero necesaria, es a la vez conmemoración de las vidas segadas y denuncia de una pesadilla que no debe repetirse. La última palabra la tienen, quizá, las voces de esos ausentes que resuenan en la brisa nocturna del barrio un llamado silencioso a la verdad, a la justicia y a la paz.
.png)
