Ni Iván ni Abelardo: el problema somos nosotros

Foto: Mariano Vimos (El País)

Isabella Sánchez Bustos
Universidad Externado
Mientras algunos colombianos se preparan para librar una nueva batalla en redes sociales por Iván o por Abelardo, hay una pregunta que parece incomodar más que cualquier debate electoral: ¿y si el problema no fueran únicamente los políticos?
Durante años hemos construido una costumbre peligrosa. Convertimos la política en una competencia de hinchadas. Defendemos candidatos como quien defiende un equipo de fútbol. Aplaudimos todo lo que hace el nuestro y condenamos todo lo que hace el contrario. En medio de esa pelea constante, la discusión sobre ideas, propuestas y argumentos termina desapareciendo.
Nos hemos acostumbrado a consumir política en titulares, videos de pocos segundos y publicaciones diseñadas para provocar indignación. Compartimos información sin verificarla, repetimos frases que escuchamos de otros y asumimos posiciones sin dedicar tiempo a entender los problemas que afectan al país. Queremos participar en las discusiones, pero muchas veces sin la disposición de estudiar aquello que discutimos.
Por supuesto, Colombia ha tenido malos gobernantes. Ha sufrido la corrupción, el clientelismo, la violencia y la incapacidad de muchas de sus élites para responder a las necesidades de la ciudadanía. Pero culpar exclusivamente a quienes ocupan cargos públicos resulta demasiado fácil. Una democracia también es el reflejo de sus ciudadanos. Los políticos no aparecen de la nada: son producto de la sociedad que los elige, los aplaude, los justifica o les exige.
En estas elecciones hemos sido testigos de una paradoja preocupante. Miles de colombianos afirman anhelar seguridad, orden y tranquilidad, pero al mismo tiempo participan en dinámicas marcadas por la agresión, el insulto y la deshumanización del otro. Resulta contradictorio exigir un país más seguro mientras contribuimos a construir un ambiente cada vez más hostil.
Es redundante buscar seguridad generando inseguridad. No podemos pedir respeto mientras insultamos a quien piensa diferente. No podemos exigir convivencia mientras celebramos el odio político. No podemos reclamar una sociedad menos violenta cuando convertimos cada discusión en una batalla y cada diferencia en un motivo de confrontación.
Las redes sociales se han llenado de ciudadanos que dicen defender a Colombia mientras atacan a otros colombianos. Personas que hablan de unidad mientras profundizan la división. Ciudadanos que afirman querer paz, pero parecen alimentarse de la confrontación permanente. Como sociedad hemos llegado al punto de creer que destruir al contradictor es una forma legítima de defender nuestras ideas.
Y es precisamente ahí donde aparece uno de nuestros mayores problemas: la falta de educación autónoma. No hablo únicamente de títulos universitarios o de años de estudio. Hablo de la capacidad de cuestionar, investigar, contrastar fuentes y construir criterios propios. Hablo de la voluntad de leer más allá de un titular, de escuchar más allá de una consigna y de pensar más allá de lo que nos entrega el algoritmo.
No puede existir una política de calidad cuando una parte importante de la sociedad rechaza el pensamiento crítico. No puede existir un debate serio cuando cualquier desacuerdo se interpreta como una traición. No puede existir una ciudadanía fuerte cuando la identidad política se convierte en una religión y los candidatos en figuras incuestionables.
El problema aparece cuando dejamos de hacer preguntas. Cuando dejamos de exigir explicaciones. Cuando preferimos los eslóganes a los argumentos. Cuando compartimos información porque favorece a nuestro candidato y no porque sea cierta. Cuando la lealtad pesa más que la verdad.
Quizás por eso Colombia parece atrapada en un ciclo interminable de decepciones. Elegimos esperando salvadores y terminamos encontrando seres humanos. Depositamos en una sola persona la responsabilidad de resolver problemas que llevan décadas construyéndose. Después, cuando la realidad no coincide con nuestras expectativas, buscamos un nuevo líder al que entregarle la misma fe.
La democracia no necesita fanáticos. Necesita ciudadanos. Personas capaces de cuestionar incluso a quienes apoyan. Personas que entiendan que ningún político merece una defensa ciega y que ninguna ideología posee todas las respuestas. Personas que comprendan que la democracia no consiste en ganar discusiones, sino en construir soluciones colectivas.
Tal vez la próxima elección no debería comenzar preguntándonos quién tiene la razón. Tal vez debería comenzar preguntándonos qué tan dispuestos estamos a informarnos, a escuchar y a pensar por cuenta propia.
Porque si seguimos convirtiendo la política en una guerra de fanáticos, no importará si gana Iván, Abelardo o cualquier otro nombre. El resultado será el mismo.
Y entonces tendremos que admitir una verdad incómoda: el problema nunca estuvo solamente en ellos. También estaba en nosotros.
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