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Que lo occidental no nos vuelva inconscientes

Foto: Ebrahim Noroozi (AP)

Laura Sofía Borbón

Universidad de La Sabana

No es raro escuchar otro caso de injusticia, violencia y miedo en las noticias mañaneras; noticias cuyas palabras que, al empezar este texto, puede que no resulten tan impactantes como la historia que llevan a sus espaldas o, mejor dicho, historias que llevan justo en la frente y que usted y yo hemos normalizado.


Últimamente, el boom de las redes sociales revivió la coyuntura de las mujeres en Afganistán. Se ha vuelto a circular en plataformas como Instagram o TikTok, divulgando diferentes puntos de vista, cosa que no debe ser un sentimentalismo en tendencia. Si bien es favorable difundir el tema lo más posible, es fundamental percatarse de que se lleva años luchando con una ley moral (sharía) que pasa por encima de los derechos de las mujeres, siendo hoy brutalmente restringidas tras el regreso al poder del grupo talibán desde 2021. Más que una noticia pasajera, es una demostración abierta de cómo el poder se impone sobre las libertades individuales.


Me parece pertinente relacionar estos hechos con el recuerdo que nos trae la reciente noticia del fallecimiento de Marjane Satrapi, a sus 56 años, autora de Persépolis (2000), quien relató a la perfección los elementos de la Revolución Islámica a través de la vida de una niña. En este caso, es preciso hacer hincapié en cómo Satrapi muestra las restricciones que vivieron las mujeres en Irán, que, aunque son distintos, ambos muestran cómo el poder político y religioso puede amenazar las libertades individuales. Si Persépolis fue una advertencia de control político severo, Afganistán muestra hasta dónde puede llegar este proceso con la limitación sistemática de libertades fundamentales.


En los países occidentales, las luchas feministas también permitieron avances importantes en materia de participación. Pero, al que no le parezca una realidad cercana, no hace falta ir lejos para conocer las condiciones en nuestro propio territorio. Aunque la realidad colombiana se diferencia enormemente de la afgana, ambas comparten una preocupación común: la persistencia de la violencia. A pesar de que Colombia ha avanzado en el reconocimiento jurídico de la igualdad de género, resulta superficial ver esta grave situación, ya que una mujer ante la ley puede darse por bien servida de derechos básicos y fundamentales. Sin embargo, no es razón para aislar el tema; contamos con oportunidades impensables para muchas mujeres afganas. Por lo cual, es un llamado a no dejar que el feminismo occidental se quede en ignorar otras realidades alrededor del mundo. La Defensoría del Pueblo, no hace mucho, afirmó: "El país está en emergencia por las violencias de género en los territorios", señalando que "entre enero y marzo de este año, la cifra alcanza los 4.957 casos de violencia intrafamiliar contra las mujeres, 3398 mayores de 18 años y 618 menores de edad".


Es cierto, no se comparten el idioma, la religión o la cultura; el dolor histórico es el mismo, cosa que conecta con que la primera forma de opresión de estas mujeres es el patriarcado. Nos queda construir una conciencia colectiva, en un lenguaje de sororidad sólida, para dejar atrás la ignorancia que limita el potencial de todo un género. Quizá ese sea también el legado de Satrapi: demostrar que las historias son una forma de resistencia contra el silencio.

ISSN: 3028-385X

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