Reír para no acostumbrarse: humor crítico en tiempos políticos

Foto: Fucks News

Anith Solórzano García
Universidad Francisco José de Caldas
Colombia tiene una extraña costumbre: reírse de aquello que más le duele. Frente a la violencia, la corrupción, las crisis políticas y los escándalos que parecen repetirse una y otra vez, el humor ha funcionado como una especie de mecanismo de supervivencia colectiva. Hemos aprendido a convertir las tragedias en chistes, los discursos oficiales en parodias y los escándalos públicos en memes. En un país donde las malas noticias compiten diariamente por nuestra atención, la risa muchas veces ha sido una forma de resistencia, una manera de aliviar el peso de la realidad y, al mismo tiempo, de señalar sus contradicciones.
En tiempos de polarización política, discusiones permanentes en redes sociales y campañas electorales que parecen no terminar nunca, la risa cumple una función particular. Nos permite tomar distancia de la tensión cotidiana, cuestionar aquello que parece incuestionable y, en ocasiones, señalar las contradicciones del poder mejor que cualquier discurso político.
Por eso vale la pena preguntarse: ¿qué pasó con el humor crítico en Colombia? ¿Todavía existe esa sátira capaz de incomodar a quienes gobiernan o fue reemplazada por el ritmo acelerado de las redes sociales y la lógica de las plataformas digitales?
Cuando se habla de humor político en Colombia, el nombre de Jaime Garzón suele aparecer de manera inevitable. Sin embargo, reducir la discusión a la nostalgia sería un error. El legado de Garzón no radica únicamente en sus personajes o imitaciones. Su verdadero aporte fue demostrar que el humor podía convertirse en una herramienta de crítica social y política, capaz de hacer reír mientras obligaba al país a mirarse en el espejo.
Pero quizás la pregunta correcta ya no sea quién reemplazó a Jaime Garzón. Tal vez la pregunta sea otra: ¿qué tan posible es hacer humor crítico en una época donde la atención dura apenas unos segundos?
Durante décadas, el humor político encontró su lugar en espacios relativamente definidos. La televisión, la radio, las caricaturas de prensa y algunas columnas de opinión eran escenarios donde la sátira podía desarrollarse con tiempo, contexto y profundidad. Las redes sociales transformaron por completo esa lógica. Un video de TikTok, un reel de Instagram o un meme en X pueden alcanzar en pocas horas una audiencia que antes solo estaba al alcance de los grandes medios de comunicación.
A primera vista, parecería que el humor crítico vive una edad de oro. Nunca había existido tanta capacidad para producir contenido, llegar a nuevas audiencias y comentar la actualidad en tiempo real. Sin embargo, esta democratización también ha traído nuevas tensiones.
Las mismas plataformas que permiten que una crítica alcance miles de personas premian la velocidad, la viralidad y la reacción inmediata. El contenido que más circula suele ser aquel que provoca emociones intensas, genera polémica o alimenta el enfrentamiento. En consecuencia, gran parte del humor político actual oscila entre dos caminos: cuestionar el poder o convertirse en un producto más dentro de la maquinaria del entretenimiento digital.
No todo meme es sátira ni toda burla constituye una crítica. Con frecuencia, el humor político que circula en redes se limita a ridiculizar al adversario ideológico o a reforzar las opiniones de quienes ya están convencidos. En esos casos, la risa deja de cuestionar y se convierte simplemente en una forma de confirmar prejuicios.
Quizás esa sea la diferencia fundamental entre el humor crítico y la propaganda disfrazada de comedia. Mientras la propaganda busca convencer, el humor crítico busca incomodar. No protege una postura; expone contradicciones. No le dice al público qué pensar; le da razones para cuestionar aquello que parecía evidente.
A pesar de ello, sería injusto afirmar que el humor político desapareció. Más bien cambió de escenario. Hoy la sátira circula a través de podcasts, videos cortos, caricaturas digitales y creadores de contenido que han encontrado nuevas formas de interpretar la realidad colombiana.
Proyectos como Fucks News han demostrado que todavía existe interés por leer la actualidad desde el humor, a su vez personajes como Juanpis González utilizan la exageración para exponer dinámicas de clase, privilegio y poder presentes en la sociedad colombiana. De manera similar, espacios como Por la Ventana Podcast o creadores digitales como Maca Folla y Risto El Periodisto recurren a la ironía y al lenguaje propio de internet para comentar la coyuntura nacional desde perspectivas que conectan especialmente con las nuevas generaciones.
Sin embargo, las condiciones bajo las cuales trabajan son radicalmente distintas a las de generaciones anteriores. Hoy un creador no sólo debe enfrentarse a las reacciones del público o a las incomodidades que pueda generar en determinados sectores de poder. También debe competir por la atención de audiencias expuestas diariamente a una cantidad prácticamente infinita de contenido.
La lógica de las plataformas exige producir de manera constante, captar la atención en cuestión de segundos y mantenerse visible en un entorno que cambia a toda velocidad. A esto se suman fenómenos como la cancelación digital, las campañas de desprestigio y la presión permanente de seguir siendo relevante en un ecosistema donde las conversaciones se consumen y se olvidan con la misma rapidez.
Quizás ahí se encuentre una de las grandes paradojas del humor político contemporáneo. Nunca hubo tantas personas haciendo sátira, comentando la actualidad o utilizando la comedia para hablar de política. Pero, al mismo tiempo, quizás tampoco había sido tan difícil sostener una conversación profunda en un entorno diseñado para consumir contenido de manera rápida, fragmentada y efímera.
Antes, el humor político debía preocuparse principalmente por incomodar al poder. Hoy también debe preocuparse por sobrevivir al algoritmo.
Y tal vez ahí se encuentre el verdadero desafío del humor crítico en el siglo XXI. No solo señalar las contradicciones de quienes gobiernan, sino hacerlo en medio de una conversación pública acelerada, saturada de información y cada vez más dependiente de dinámicas que premian la inmediatez por encima de la reflexión.
Quizás la pregunta nunca fue qué pasó con el humor crítico en Colombia, sino dónde fue a parar. Cambiaron las plataformas, las audiencias y las reglas del juego, pero la necesidad de reírnos de nuestras contradicciones permanece intacta.
Porque frente a una realidad que a menudo parece absurda, la risa continúa siendo una de las maneras más inteligentes de resistir. Y en una época donde la atención se ha convertido en la moneda más valiosa del espacio digital, quizás el verdadero desafío del humor crítico no sea hacernos reír, sino lograr que nos detengamos a pensar. Quizás es importante tener un buen humor crítico en tiempos políticos.
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