Regeneración o catástrofe

Foto: Nathalia Angarita (El País)

Rubén Rincón Landínez
Universidad Nacional
«Hemos llegado a un punto en que estamos confrontando este preciso dilema: regeneración administrativa fundamental o catástrofe». Así definió Rafael Núñez la situación del país en 1878. Casi siglo y medio después, la frase conserva una vigencia inquietante. No porque Colombia enfrente exactamente los mismos problemas de entonces, sino porque vuelve a encontrarse ante una pregunta esencial: ¿qué tipo de país quiere ser?
La crisis colombiana no es únicamente económica o institucional. Es también una crisis moral y cultural. Durante décadas hemos normalizado la corrupción, admirado la riqueza sin preguntarnos por su origen y confundido el poder con la capacidad de imponerse sobre los demás. Vivimos en un país donde el debate suele ceder ante el insulto, donde la violencia continúa apareciendo como un atajo y donde el éxito fácil resulta más atractivo que el esfuerzo paciente.
En ese escenario emergen dos imaginarios opuestos. De un lado, la «revolución ética» que encarna Iván Cepeda: un país que apuesta por la memoria, la educación, la palabra y la ampliación de la democracia. Del otro, la «patria milagro» de Abelardo de la Espriella: la promesa de que un hombre fuerte puede resolver por sí solo problemas que son mucho más profundos que cualquier liderazgo individual. Más que dos candidatos o dos figuras públicas, son dos visiones distintas de Colombia.
Durante años, la figura de la autoridad dentro de ese sector político estuvo encarnada por Álvaro Uribe. Sin embargo, el desgaste natural del tiempo y la vejez, los reveses judiciales y la pérdida de la centralidad que alguna vez tuvo han transformado su imagen. Ya no aparece como el conductor indiscutible ni como el "papá de los pollitos", sino como una figura patriarcal que entra en el ocaso de su liderazgo.
En ese contexto emerge De La Espriella. Su irrupción puede interpretarse como la del hijo político que busca superar al padre. No le basta con heredar el uribismo; necesita trascenderlo. Por eso toma distancia de la conducción tradicional del movimiento, radicaliza algunos de sus planteamientos y procura ocupar un lugar propio en el imaginario de la derecha colombiana.
Desde una lectura psicoanalítica, podría decirse que De la Espriella intenta consumar un "parricidio simbólico": desplazar la autoridad del padre para convertirse él mismo en la nueva figura de referencia. No busca destruir a Uribe, sino reemplazarlo como centro de gravedad afectivo y político de ese electorado. En esa disputa, Colombia aparece como la madre simbólica cuyo reconocimiento ambos pretenden conquistar.
Ante la puesta en escena de ese deterioro moral aparece la figura de Iván Cepeda, el otro absoluto. Diametralmente opuesto a "El Tigre", Cepeda no es el hombre de los gritos, del espectáculo ni de las balas. Representa una tradición distinta: la de la palabra, la memoria y la reflexión.
Pienso en mi abuelo. Nació a comienzos del siglo XX y no pudo ir a la escuela porque tuvo que trabajar desde muy joven. Sin embargo, cuando logró cierta estabilidad económica, se empeñó en aprender a leer. Descubrió la prensa, la poesía y la literatura colombiana. Su historia no es excepcional; es la historia de millones de colombianos que, enfrentándose a condiciones materiales adversas, conquistaron con esfuerzo aquello que las élites tantas veces les negaron: el acceso al conocimiento.
Frente al país que sueña con ascender a cualquier precio, enriquecerse rápido y exhibir el poder como un trofeo, existe otro país. Uno que se educa, que cuestiona, que rompe los límites que le fueron impuestos y que encuentra en la palabra una forma de emancipación. Ese es el país que Iván Cepeda encarna. Un país herido, incluso agonizante por momentos, pero que se niega obstinadamente a morir.
Si Abelardo de la Espriella representa al hijo que intenta desplazar al padre para heredar su autoridad, Iván Cepeda encarna una lógica distinta. Su figura no gira alrededor del caudillo ni de la promesa del hombre providencial. En cierto sentido, representa el retorno de la ley frente al reino de los patriarcas. Allí donde unos buscan salvadores, Cepeda insiste en la memoria, las instituciones y la palabra. No ofrece la ilusión del padre fuerte; propone, más bien, una ciudadanía capaz de hacerse responsable de sí misma.
La verdadera disputa no es entre derecha e izquierda, ni siquiera entre dos figuras públicas. Es una disputa entre dos promesas de redención nacional. Abelardo de la Espriella ofrece la catástrofe a través del caudillo; Iván Cepeda propone la regeneración a través de la ética, la memoria y la ciudadanía. Uno confía en el hombre fuerte. El otro, en la capacidad de la sociedad para reconstruirse a sí misma.
El país del Sagrado Corazón de Jesús se encuentra, una vez más, frente a una decisión histórica. Durante décadas han convivido en Colombia dos proyectos de nación, dos imaginarios morales y dos formas de ejercer el poder. Hoy esa tensión parece haber llegado a un punto de definición. No está en juego únicamente quién gobernará el país, sino cuál de las dos Colombias heredarán las próximas generaciones.
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