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Sentires frente a la contienda política del 31 de mayo

Foto: AFP

Cristian Stevens Barón

Universidad Nacional

Los resultados de la primera vuelta de elecciones presidenciales de Colombia, como ya es costumbre, fueron una completa sorpresa respecto a las estadísticas de intención de voto que semanas antes rondaban por todos los medios de comunicación y campañas de candidatos presidenciales. Dejaron, además, un mal sabor de boca, y causaron una pérdida de optimismo por el futuro del país. Sin embargo, refuerza el diagnóstico de un país, y una sociedad, desmemoriado, y por ende, condenado a revolcarse en sus males una y otra vez como un ouroboros autodestructivo. Esta tendencia al olvido, que el arte colombiano ha tratado de contrarrestar al igual que instituciones necesarias que hoy tienen la posibilidad de desaparecer, la JEP, se ha reforzado hoy por parte de los votantes, haciendo resonar las palabras de Albalucía Ángel: «no sé por qué la gente pierde la memoria. Se olvida. Pasan diez años y es como si no hubiera sido más que un aguacero aquel diluvio que nos dejó el país inundado tanto tiempo. [...] Cómo es que no se acuerdan, si todavía hay sangre entre los libros y en las calles».


El gran demonio de Colombia, la violencia, se manifiesta en el fanatismo político que polarizó al país y lo hunde en una guerra fratricida. Las campañas electorales de los candidatos favoritos para la presidencia del país han estado plagadas de atentados violentos por parte de fanáticos con exaltaciones violentas que solo refuerzan el sesgo entre los votantes de los distintos candidatos. El discurso violento que ha desangrado a Colombia por más de cincuenta años está emergiendo de nuevo, con mucha fuerza, y con la tonalidad del populismo.


Los discursos que promulgaron los dos candidatos que pasaron a la segunda vuelta, a falta de debates en la época de campaña, nos dejan ver el tipo de mandato al que aspiran. Abelardo de La Espriella es el representante de una derecha populista que basa su discurso en atacar hipócritamente a su contrincante, perpetuando insultos y señalamientos falsos que solo pretenden encender el furor de su aficionada hinchada brava. Su tono de voz es violento y su discurso impulsivo. Totalmente contrario al del candidato de la izquierda, Iván Cepeda, quien al igual que en sus intervenciones y debates en el senado de la República, promulgó un discurso hilado y estructurado en puntos claros y fundamentales que muestran, en primer lugar, cómo las instituciones gubernamentales han perdido toda la confianza y validez por parte del pueblo, y por otro lado, reafirma una lucha congruente con los ideales bajo los que realizó su campaña, sin proferir insultos o discursos de odio, con ética y respeto.


En Iván Cepeda es posible ver, después de muchísimo tiempo, un candidato presidencial transparente, que da la cara y no rehuye a las preguntas difíciles o incómodas, ni se escapa de ellas insultando la profesión del periodismo. Abelardo de La Espriella, por otro lado, puede vestir todos los símbolo patrios, usar un sombrero vueltiao adornado con la orquídea, ponerse una ruana sobre la camiseta de la selección Colombia, calzar alpargatas y vestir pantalón blanco remangado a media pierna y terciarse un carriel, pero nunca inspirara una imágen auténtica, y mucho menos la de un político confiable. Sus antiguas declaraciones, de las que nunca podrá librarse y a las que nunca dará la cara, en correspondencia con sus actos performáticos de campaña lo dejan en evidencia como un completo hipócrita y snoob. Es insultante contra la inteligencia de todos los colombianos que hoy se ciña símbolos colombianos cuando ha despotricado contra ellos para dar la imágen de un hombre de alta cultura; que tilde a Cepeda de ateo y que llore arrodillado en una iglesia cuando se ha declarado públicamente ateo; que juzgue a su contrincante de amigo del narcoterrorismo cuando él mismo defendió paramilitares y narcotraficantes. Abelardo de La Espriella transpira irregularidad en todo lo que ha sido su campaña. Desde la inscripción de su candidatura corrieron los rumores de falsificación de firmas, y aunque la Registraduría aclaró someramente que esto no fue así, la integridad de la campaña también se pone en tela de juicio cuando se publicaron testimonios videográficos de personas a las que se les estaba engañando con el propósito real de la firma solicitada por parte de los recolectores de firmas para la campaña de de La Espriella.


Se acusa frecuentemente a Iván Cepeda de ser un aparecido o una simple marioneta de Gustavo Petro. No hay discurso más simplista e ignorante. No hace falta buscar mucho para saber que el candidato representante de la izquierda es una víctima más de la violencia paramilitar de Colombia. Su padre, Manuel Cepeda, fue asesinado en las calles de Bogotá por sicarios. En el crimen estuvieron involucrados no solo los paramilitares, sino además el Ejército Nacional y agentes del Estado. Desde este acontecimiento Iván Cepeda incursionó en la política con el partido Polo Democrático Alternativo, llegando a la Cámara de Representantes, y desde entonces ha luchado por la defensa de los derechos humanos en la guerra sucia que se vive en Colombia y en la limpieza del órgano legislativo del país, infectado por la parapolítica. Que su ideología se alinee con la del actual presidente de la República no lo hace su marioneta. Iván Cepeda posee una posición política que ha mantenido toda su vida siendo fiel y congruente con sus acciones, su discurso y sus principios. Su posible llegada a la presidencia representaría la continuidad y el mejoramiento de un gobierno que ha alzado a Colombia de la situación precaria en la que la había sumergido la derecha.


Abelardo de La Espriella representa el cáncer de Colombia. No solo lo más descompuesto o podrido de la política colombiana, sino además los perjudiciales valores del aventajamiento que tienen secuestrada a toda la sociedad colombiana. Es perjudicial para el país que un psicópata, machista y asesino de animales ostente el mayor cargo administrativo del mismo. Podemos ver los resultados de los discursos populistas en la Argentina de Javier Milei. Colombia ya ha tenido que sufrir el patetismo de un presidente incompetente en el periodo 2018-2022, quien tuvo por bandera el asesinato de civiles y violaciones de derechos humanos mientras el pueblo se manifestaba ejerciendo su legítimo derecho a la protesta. Diez millones de colombianos han votado hoy por la violencia sin hacer uso de un pensamiento crítico, movidos por un analfabetismo político, una falsa consciencia de clase, corrupción o clientelismo.


Señora Paloma Valencia, qué poca dignidad debe tener usted como ser y como mujer para inclinar la rodilla ante una persona que ha basado su candidatura en el desprecio a la mujer y en insultos hacia su persona, su fórmula vicepresidencial y todas sus decisiones políticas. Es difícil creer que una persona con su formación pueda caer en las trampas más bajas del discurso. Usted, quien ha declarado que uno de sus libros favoritos es El obsceno pájaro de la noche de José Donoso, se sentirá identificada ante la decadencia no solo del uribismo que tanto ama, si no del semiburgués linaje Valencia. Ante dicha decadencia, usted debería pensar en el legado que quiere dejar para Colombia, pues hoy no es más que una arrodillada sin dignidad.


Señor Juan Daniel Oviedo, la lucha que en el país se ha dado por la igualdad de todos los colombianos sin importar raza, género, identidad y orientación sexual, lamenta la discriminación que de la que usted ha sido víctima por el sector más rancio de la política colombiana. Está, usted, en el borde de convertirse en el nuevo político que nunca contará con la validez del pueblo, que irremediablemente lo llevará a la muerte política de su figura. Considero que aún no es tarde para tomar las decisiones correctas. Efectivamente, dialogar entre distintos en Colombia es una tarea ardua, y si ese es su horizonte político, el gobierno de Iván Cepeda se adecua muchísimo más que ningún otro. Usted mismo se dio cuenta de que estaba en el lugar equivocado. ¿Seguirá traicionando sus principios?


Conciudadanos votantes, no hay peor mal que la ignorancia. El derecho al voto no es algo que se deba tomar a la ligera. La política tradicional parte de la estupidez de los votantes. Es hora de reafirmar que el pueblo no es ningún estúpido, que es capaz de elegir en pro de la pervivencia social, de la paz, de la reparación del territorio herido. Sin una reflexión profunda sobre nuestro ejercicio democrático, nos estamos condenando a revolcarnos y destruirnos en nuestra propia mierda.

ISSN: 3028-385X

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