Soy Bogotá

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Martin Ceballos Echeverry
Universidad del Rosario
No había logrado entender a Bogotá hasta que empecé a parecerme a ella.
Al inicio creí que se trataba de una fatiga cualquiera, una más de esas que vivía constantemente, de esas que los médicos han decidido nombrar con palabras limpias para no asustar a la gente. Estrés. Agotamiento. Ansiedad funcional. Cosas de hombre ocupado. Cosas de hombre exitoso. Cosas de hombre que duerme poco porque tiene demasiado que perder. Durante años dejé que estas palabras me explicaran, como quien deja que le cubran una herida abierta con una tela blanca para no ver la sangre. Funcionaba. Eso era lo que importaba. Funcionaba en cenas donde todos hablaban de cifras como si hablaran de salvación, en las largas juntas, en los cócteles, en mi oficina con vidrios de piso a techo y una vista infinita. Yo sonreía, estrechaba manos, cerraba acuerdos, regresaba de madrugada a un apartamento demasiado limpio, demasiado grande, demasiado alto, demasiado bello, demasiado solo. Nunca, en serio nunca, falté a una reunión. Nunca llegué tarde a una cita importante. Nunca dejé de observar que adentro, en lo más profundo de mi ser, estaba tan congestionado como la Séptima un viernes a las seis de la tarde bajo la lluvia.
Una tarde de octubre, o quizá de noviembre, lo comprendí. Los meses en Bogotá se parecen entre sí cuando el cielo decide pudrirse desde muy temprano. Había salido de una oficina en la 72, una de mis muchas oficinas, con una sensación de triunfo moderado, una de esas grandes victorias que no producen alegría, sino un cansancio espeso. Llovía, pero no una lluvia noble, no una lluvia de novela, sino de esas lluvias sucias, que parecen caer desde un trapo sucio exprimido sobre la ciudad. Los carros no avanzaban; se amontonaban unos contra otros como animales asfixiados. Los pitos no sonaban, mordían. La gente, con los hombros encogidos, caminaba rápido, como si estuviera acostumbrada a pedirle perdón al frío. Desde el vidrio de mi carro vi a uno de esos miles de vendedores ambulantes con zapatos empapados ofrecer paraguas baratos a conductores encerrados en camionetas de quinientos millones. Vi a una mujer llorando en un bus, sola entre desconocidos que ni atención le ponían. Vi a un habitante de calle dormir en un andén con la misma resignación con que otros revisaban la bolsa de valores en sus celulares.
Y en medio de todo eso, tuve una impresión absurda, casi llegando a un nivel de ciencia ficción: la ciudad no estaba frente a mí. La ciudad estaba dentro de mí.
No me refiero a una metáfora bella, elegante. No hablo de una intuición casi poética. Fue algo mucho más bajo, más sucio, casi como una enfermedad. Sentí el tráfico en mi pecho, los semáforos dañados detrás de mis ojos, la lluvia negra escurriendo dentro de mí, como si en lugar de venas tuviera cunetas. Me observé en el reflejo de mi ventana y no vi un rostro cansado; vi una avenida vacía a las tres de la madrugada, vi edificios con humedad en los huesos, vi postes torcidos, vi bolsas arrastradas por el viento y el agua, vi ese gris de Bogotá, que no es solo un color, es una forma del desgaste.
Es desde entonces que empecé a observarla.
No la observé como se observa una ciudad en las postales, ni cómo la miran los turistas cuando creen encontrar belleza en la ruina porque van a irse pronto. La observé con disciplina, con la devoción oscura con que algunos estudian un cadáver. Salía más temprano de la oficina y manejaba sin rumbo fijo. Me quedaba quieto en los trancones, los contemplaba como si estuviera esperando una revelación. Empecé a recorrer barrios de Bogotá que no necesitaba recorrer. Observaba los puentes peatonales oxidados, las fachadas completamente inundadas de hollín, los cafés oscuros y vacíos en las tardes solitarias, los charcos donde se reflejaban distorsionados los edificios. Miraba a la gente con una atención casi cruel: el mensajero que tosía en los semáforos, la secretaria que se comía un pan frío a la salida del TransMilenio, el vigilante con cara de entierro, el estudiante con las manos rotas a causa del frío, la pareja que no paraba de discutir en voz baja, como si hasta el odio en Bogotá necesitara un abrigo.
No me demoré en descubrir que la ciudad, si se le observa lo suficiente, devuelve la mirada.
En ocasiones ocurría en el carro, detenido entre buses que exhalaban humo como lo hacen los pulmones enfermos. A veces, caminando por la Caracas bajo una garúa fina que no mojaba del todo, pero iba calando despacio, igual que una humillación. Sentía que Bogotá me estaba examinando. No sus monumentos, ni sus calles o edificios. Bogotá misma. Aquella cosa informe hecha de ruido, frío, fracaso, hambre, ansiedad, belleza en ruinas, perros temblorosos, ejecutivos insomnes, mujeres cansadas, vendedores sin suerte, muchachos brillantes con una esperanza podrida muy pronto. Esa masa viva y descompuesta me observaba con la familiaridad repulsiva de quien reconoce en otro su misma enfermedad.
Para todos yo era un hombre admirable. Había fundado a mis treinta y cuatro una prestigiosa firma de consultoría. A mis treinta y ocho me citaban en esas revistas prestigiosas que nadie lee pero que todos fingen leer. A mis cuarenta y dos me podía comprar casi cualquier cosa que me ofrecieran en una vitrina: un reloj caro, un mejor apartamento, un mejor whisky o una mujer más bella, si hubiera querido reducir el amor a eso, cosa que a mi alrededor muchos hacían con una casi religiosa tranquilidad. Tenía asistentes, una agenda llena, pasajes comprados con meses de anticipación, una reputación que se movía sola en los círculos más prestigiosos de Bogotá. Y, sin embargo, empecé a encontrar que no había nada más parecido a mí que una tarde bogotana después de las cuatro de la tarde.
Porque yo también era un caos administrado.
Yo también estaba lleno de accidentes contenidos, de desvíos improvisados, de zonas rotas que otros aprendían a bordear sin cuestionar demasiado. Yo también tenía lugares a donde nadie quería entrar. Yo también funcionaba a punta de remiendos. Había aprendido a lucir entero del mismo modo en que la ciudad aprende a parecer habitable, maquillando grietas, inaugurando una obra novedosa mientras otra se desploma, levantando el vidrio sobre el moho, sirviendo café caro sobre tristeza vieja. Había convertido mi vida en un sistema de movilidad para el dolor: que circulara, que no se detuviera demasiado en alguna parte, que no colapsara en hora pico.
La depresión, que hasta ese momento había sido una palabra ajena, empezó a adquirir para mí la materialidad de algunas zonas de Bogotá. No era solo despertar sin ganas, era despertar como se despierta la ciudad después de una noche de lluvia, con la basura pegada en las esquinas, con el cielo bajo, con la promesa de otro día idéntico y con las basuras apiladas en las esquinas. Levantarme de la cama no era placentero, me costaba, pero lo hacía. Nadie en el mundo sospecha de un hombre que cumple día a día sus obligaciones. La sociedad, aún hoy, no entiende el sufrimiento cuando este llega bien peinado, con buen vestir, oliendo extraordinario y siempre puntual.
Empecé a caminar cuando llovía.
No lo hacía por gusto ni por romanticismo. Lo hacía porque entendí que había algo en aquellas tardes que se parecía demasiado a mi respiración. Caminaba por la 93 cuando se vaciaba, por la 11 cuando el viento barría papeles húmedos, por el centro cuando el día se iba poniendo negro. Vi a Bogotá enfermarse bajo el agua una y otra vez, a los buses llenos de rostros que habían dejado de esperar algo de alguien, a las montañas ocultas, como si hasta la naturaleza quisiera pasar por ausente. En ocasiones me detenía frente a una vitrina y veía mi reflejo en la ciudad: yo adelante, bien puesto, erguido, costoso; detrás, el gris, la mugre, el deterioro, el cansancio. Pero si se miraba con atención, se vería que el verdadero reflejo era el otro.
No tengo presente el momento exacto en que dejé de recorrer a Bogotá y empecé a habitarla de otra forma.
Tal vez fue en alguna de esas noches en que volvía a mi apartamento y me quedaba horas sin prender una sola luz, contemplando desde el ventanal la ciudad extendida como una llaga eléctrica. Las luces rojas de los carros parecían venas abiertas, las sirenas de las ambulancias a lo lejos no anunciaban una urgencia concreta, sino el estado natural de las cosas. En ese momento pensé que Bogotá no descansaba porque estaba demasiado triste para dormir. Y fue en seguida que entendí que no pensaba en la ciudad.
O tal vez fue el día en que, en medio de una reunión, un prestigioso socio me preguntó si me sentía bien y, como era costumbre, respondí que sí con una sonrisa casi perfecta, mientras en lo profundo se me apagaban barrios enteros, como sucedía en Bogotá en época de apagones. Sentí en ese momento un apagón en el pecho. No en forma metafórica, un verdadero apagón. Sectores completos de mí quedaron a oscuras. Continué hablando, expliqué tarifas, mostré proyecciones, aprobé estrategias. Nadie notó que el sur se me había inundado, que el centro estaba colapsado, que en el norte la niebla no dejaba ver a más de metro y medio.
Desde entonces empecé a verme y pensarme como se ve y piensa una ciudad.
Dejé de decir “estoy triste”, y empecé a decir “hoy amanecí con tráfico”. Dejé de decir “no puedo más”, y empecé a decir “se me cayó un puente”. Dejé de decir “me siento vacío”, y empecé a decir “hay zonas que ya nadie recoge”. Al inicio era tan solo un juego privado, una forma de manejar el espanto. Posteriormente dejó de ser una figura del lenguaje. Empecé a sentir de verdad que mis emociones no me pertenecían como emociones, sino como estructuras urbanas. En mí tenía barrios enteros de rabia, avenidas de culpa, parques interiores donde ya no entraba nadie. Tenía una lluvia cayendo permanentemente sobre las mismas ruinas, desgastándolas cada vez más.
Cuanto peor me encontraba, más eficiente me volvía.
Eso también se lo aprendí a Bogotá. Ninguna ciudad administra mejor la costumbre del colapso. Todo puede ir mal y, aun así, sin importar qué tan mal se encuentre, la gente llega a su destino, compra, trabaja, insulta, desayuna, sobrevive. De cierta forma yo hice lo mismo. Cerré el mejor año de mi empresa con la precisión de un hombre ya completamente vacío. Compré una nueva oficina el mismo mes en que pensé por primera vez quitarme la vida. Asistí a una boda sonriendo en una bella terraza mientras imaginaba mi cuerpo flotando en el río oscuro que cruza ciertas zonas de la sabana. Firmé contratos multimillonarios con la serenidad de un hombre que ya no se sentía vivo. Yo era admirable, era sólido, era un ejemplo. Era Bogotá.
Entonces llegó aquella tarde en la que lo comprendí completamente.
Llovía desde el mediodía. Una lluvia persistente, helada, ofensiva. La ciudad se encontraba detenida. Los carros parecían abandonados en la mitad de la calle. La gente avanzaba entre charcos, esquivando a las miles de motos, a las bolsas de basura y en medio de insultos. Yo había abandonado mi carro dos cuadras atrás y había seguido mi rumbo a pie, sin paraguas, dejando que el agua cayera sobre mí como una especie de docilidad enfermiza. Caminé por una calle donde todos los edificios, incluso los más nuevos, parecían cansados. En un semáforo observé a un niño vendiendo dulces, con su ropa empapada y con una serenidad casi insoportable. Vi a una mujer maquillarse en el reflejo de un vidrio roto. Vi a un ejecutivo patear una llanta con la furia inútil con que uno quisiera golpear la vida misma. Vi a un perro flaco escarbar entre restos de comida. Y fue entonces que sentí algo que nunca había sentido: no que yo comprendía a Bogotá, sino que Bogotá me había terminado de reconocer a mí.
No fue un desmayo, ni mucho menos una visión. No escuché voces. Fue mucho peor porque fue completamente lúcido.
Comprendí que mi tristeza no era parecida a Bogotá. Comprendí que era la misma. Comprendí que todos esos años no había vivido en una ciudad caótica y triste, sino en una forma exterior de mi propia ruina. Bogotá, desde el inicio, había sido la forma visible de mi depresión. Sus inconclusas avenidas, mis duelos no hechos. Sus ennegrecidas fachadas, mis días sin un rastro de fe. Sus interminables trancones, mis pensamientos girando sobre el mismo dolor sin avanzar siquiera un metro. Su sucia lluvia, mi forma de recordar. Su rota belleza, mi manera de seguir vivo.
Entonces pasó algo mínimo, pero completamente definitivo.
Me detuve frente a una vitrina apagada. El vidrio, en ese momento opaco y empapado, devolvía apenas un tembloroso reflejo. Busqué mi rostro y no estaba. O estaba de otra forma. Vi los edificios detrás de mí incrustados en mis facciones, vi los semáforos donde deberían estar mis ojos, la avenida húmeda donde iba mi boca, el gris entero acomodado perfectamente en mi frente. No me asusté. Uno no se asusta de aquello que lleva demasiado tiempo incubando. Sencillamente sentí en lo más profundo de mí una fatiga inexplicable. Entendí que no me iba a ser posible salir de aquello, pues aquello no existía. La ciudad no me contenía, me continuaba.
Seguí caminando.
A menudo pienso que desde aquella tarde no he vuelto a mi apartamento, así duerma allá todavía. A veces considero que me disolví en alguna calle del centro, en algún trancón en la NQS, en algún oscuro charco de Chapinero, en alguno de los tantos andenes donde la lluvia se fusiona con las colillas y las hojas muertas. Trabajo, hablo, firmo, saludo, tal como antes. Mis socios siguen admirándome. Las mujeres todavía me observan con una mezcla de curiosidad e intriga. En las cenas constantemente me preguntan cómo lo hago. Levanto la cabeza, sonrío, doy respuestas precisas. Les hablo de disciplina, visión, estrategia, fortaleza mental. Al final solo estoy mintiendo con una elegancia intachable.
La verdad es otra.
La verdad es que ya no sé si soy un hombre que anda Bogotá o si soy Bogotá intentando pasar por un hombre.
Hay mañanas en las que despierto con un cielo de plomo atrás de las costillas. Días enteros se me crean trancones en la garganta. Llueve dentro de mí con la misma tristeza con que llueve sobre la ciudad. No es raro que piense que en lugar de un corazón tengo un cruce vial pésimamente diseñado donde chocan, desde hace tiempo ya, la culpa, el insomnio, el miedo y una tristeza de décadas. En otras ocasiones me descubro observando por la ventana las montañas ocultas por la neblina, y me cuestiono si estoy viendo el paisaje o mi propia cabeza.
Distinguirme... ya para qué.
Ya dejé de preguntarme dónde termina la ciudad y dónde empiezo yo, porque, según parece y sospecho, esa frontera, si es que alguna vez existió, se pudrió con el tiempo. A lo mejor es por eso que sigo aquí, caminando en medio de las tardes negras, soportando el frío que no limpia nada, viendo cómo la belleza de Bogotá aparece a veces en medio de la mugre con una violencia casi obscena, al igual que la esperanza tardía en medio de la depresión. Porque incluso en su más brutal tristeza, la ciudad persiste en mostrar algo hermoso: una luz amarilla sobre una fachada húmeda, una montaña que se deja ver segundos entre las nubes, un árbol resistiendo el viento como si no asumiera su derrota.
Eso también me pasa.
Tal vez es por eso que todavía no he terminado de caer.
Pero, sin confusiones. No existe redención ni moraleja en esto. No hay una lección luminosa escondida. Solo hay una cruda verdad: algunas tristezas no llegan a la vida como visitas, que vienen y van, sino como ciudades. Se construyen alrededor de uno, hablan con ruido de buses y lluvia sucia, meten frío en los huesos, aprenden a funcionar estando rotas. Hasta que un día, en una tarde cualquiera, uno entiende que no miraba el caos.
Era el caos mirándose a sí mismo.
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