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Una noche de cuatro años

Foto: Infobae

Samuel Sanabria Carmona

UNAD

Una noche no necesariamente se ve delimitada por lo que marcan los relojes. La del treinta y uno de mayo, por ejemplo, duró apenas unas horas sobre los calendarios, pero, por unos eternos instantes en la consciencia de millones de colombianos se extendió durante cuatro años.


El país despierta hoy con las mismas montañas, con destapados en las carreteras periféricas, los pregones del tintero, con vendedores de frutas y chatarreros recorriendo los barrios. Los gallos cantaron como de costumbre a las mismas horas. La gente llegó tarde a su trabajo. Se vendió periódico. Alguien fue robado y algún otro ganó la lotería. Pero, por fuera de todas las dinámicas comunes, algo ya ha cambiado, y lo hará por siempre. La noche del treinta y uno de mayo proyectó su sombra en lo que serán después del siete de agosto los próximos mil cuatrocientos sesenta días. Pocas naciones parecen depositar tanta incertidumbre en una sola noche como Colombia. Ninguna noche concentra tantas expectativas, frustraciones acumuladas y anhelos de redención como la noche en que se cuentan los primeros votos después de cerrar las urnas.


Llegamos a esa noche después de meses condenados a discusiones estériles, agravios cotidianos y lealtades inquebrantables. Transformamos sin cuidado alguno la diferencia política —indiscutible carácter de la democracia— en acérrima enemistad personal y la discrepancia en una forma de conflicto doméstico. Familias enteras prefieren evitar ciertos temas durante las reuniones sabiendo que terminará en insinuaciones e insultos. Amistades de años se resquebrajan por una consigna repetida con suficiente vehemencia. Muchos desconocidos preferirían jamás volverse a encontrar luego de un “¿por quién votaste?”. Mientras tanto, los candidatos en esta contienda observan desde la distancia cómo los ciudadanos hacen gratuitamente el trabajo de odiarse unos a otros. Pocas estrategias de campaña han resultado tan eficaces.


La procesión de votantes, solemne, fue empujada por una multitud de razones durante la jornada. Votaron por esperanza, por miedo, por rabia, y otros tantos solo para volver efectiva la imposibilidad de darle la razón —si es que semejante cosa puede otorgarse— al vecino. Esto reconstruye la manera de considerar el porvenir de cara a la segunda vuelta, donde la cuestión no es velar por los mecanismos que continúan cimentando las divisiones ideológicas, sino tener consideraciones sobre nuestras maneras de elegir.


Buena parte de los votantes se acercó a las urnas desprovisto de cualquier herramienta crítica. Aprender las canciones, los apodos y los eslóganes no es un indicativo de conocer los programas de gobierno, tener disposición para contrastar propuestas o examinar detenidamente trayectorias. Un cierto lorismo —esa costumbre de repetir lo que otros piensan por nosotros— parece haberse instalado en el debate público con admirable arraigo. La forma de hacer política terminó convertida en una pelea de barras bravas empeñadas en derrotar al contrario como máxima, negando cualquier posibilidad en la existencia democrática y necesaria de alteridad.


El treinta y uno de mayo mientras la luna se imponía sobre Colombia, la noche terminó cargando a cuestas nuevamente un peso imposible. Una nación que exige resolver en horas problemas que llevan generaciones acumulándose. Se espera que un presidente cure heridas históricas, recomponga la debilitada credibilidad en las instituciones, corrija la brecha estructural de desigualdades y reconcilie a una sociedad que ni siquiera ha resuelto escucharse. Ningún presidente puede transformar una nación a pesar de sí misma.


Quizá el problema no sea la falta de candidatos, sino la escasez de ciudadanos comprometidos y formados para elegir. La educación política, entendida no solamente como ese carácter ignífugo de la militancia, debería resultar en la capacidad para deliberar, cuestionar y decidir siendo conscientes de ello. Esta sigue siendo una de nuestras asignaturas pendientes como colombianos.


Por eso la segunda vuelta del próximo veintiuno de junio me resulta determinante. No tanto por lo que anticipan las encuestas ni por los nombres que aparecerán en el tarjetón, sino por lo que exige de nosotros como ciudadanos. No se trata de depositar nuestras esperanzas en un mesías coterráneo ni de ofrecer el cuello a un verdugo anunciado. Se trata, más bien, de asumir el voto como un acto de reflexión. En ese mecanismo se encuentra el potencial de cambio.


La noche del treinta y uno de mayo empezó a escribir los próximos cuatro años. Lo único que parece estar por definirse ahora es si los colombianos llegaremos a la siguiente cita como hinchas dispuestos a defender un color o como ciudadanos capaces de comprender el peso de aquello que depositamos en una urna sin renunciar a la capacidad de mirarnos los unos a otros.


Los procesos electorales culminan. Lo incierto es la clase de país que tendremos después de los primeros rayos del sol. Al fin y al cabo, ninguna urna tiene más poder que los ciudadanos que la llenan y las razones que tuvieran para llenarla.

ISSN: 3028-385X

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