¿Cuántos votos pone un muerto?

Yahanna Camacho Benavides
Universidad del Tolima
Mientras la Fundación Santa Fe emitía el parte médico sobre el deceso de Germán Vargas Lleras, en las pantallas de los teléfonos la tragedia ya se había convertido en algoritmo. Antes de que el cuerpo fuera entregado a su familia, las redes sociales ya habían dictado sentencia: unos fabricaban altares de conveniencia y otros afilaban el odio para cobrar facturas electorales. El silencio del luto duró menos que un trino.
En la política colombiana, y mucho más ahora con la coyuntura electoral en pleno apogeo, se ha perfeccionado una estrategia macabra: la instrumentalización del cadáver. El fallecimiento de figuras como Vargas Lleras, la trágica partida de Mateo Pérez o las disputas por el legado de Miguel Uribe Turbay no se tramitan como pérdidas humanas, sino como una fría cuantificación de votos. El duelo colectivo se convierte en materia prima de campaña antes incluso de que se seque la tinta del acta de defunción.
Algunas decisiones son meramente estratégicas. El hecho de que el presidente Gustavo Petro decretara luto nacional por la muerte de Vargas Lleras y de Mateo Pérez no es solo protocolo: en plena temporada electoral funciona como una estrategia de posicionamiento, una forma de suavizar imágenes o polarizar agendas según la conveniencia del momento. La psicología política ha documentado ampliamente este fenómeno: en contextos de alta emocionalidad, los votantes son especialmente permeables a los mensajes que asocian a un candidato con figuras queridas o con el dolor compartido. Así, incluso los mensajes familiares, como el video de Clemencia Vargas Umaña, hija de Germán Vargas Lleras, terminan teñidos por una óptica de posicionamiento político que busca capitalizar la emoción del votante en medio del luto.
La derecha, por su parte, ha convertido ese luto en un campo de batalla interno donde la ética se desdibuja con particular crudeza en las casas políticas que quedan "huérfanas". El enfrentamiento entre los candidatos Miguel Uribe Londoño y Paloma Valencia es el ejemplo más revelador de esta realidad. Al acusarse mutuamente de instrumentalizar la muerte de Miguel Uribe Turbay, ambos dejan al descubierto que el duelo se ha convertido en disputa por el control de las decisiones internas de un partido y por el dominio de la opinión pública. Ya no se trata de honrar una memoria, sino de usarla como escudo y espada para ganar en las urnas.
La realidad es que este fenómeno no es nuevo, pero en estas elecciones presidenciales , marcadas por una polarización sin precedentes, ha cobrado una dimensión inédita. Desde Claudia Tarazona y el padre de Miguel Uribe Turbay, Miguel Uribe Londoño, pasando por Clemencia Vargas con la muerte de su padre Germán Vargas Lleras, hasta el presidente Petro con el deceso de Mateo Pérez, todos han intentado transformar esas muertes en una lección sobre por quién votar, apelando a las emociones del elector. En la política colombiana, la línea del respeto se borra si hay campaña de por medio. No importa si el ataúd aún está presente: todo momento es bueno para hacer política, para atacar al opositor con insinuaciones que buscan culparlo directa o indirectamente del suceso y para concluir, implícita o explícitamente, que "no se le puede entregar el país a esta persona". Se trata de una forma de necropolítica electoral: el uso del cuerpo muerto como argumento de campaña, como prueba de quién es el enemigo y quién es el guardián.
La pregunta que queda flotando en el ambiente político es devastadora: ¿Estamos votando por programas de gobierno o simplemente reaccionando ante el candidato que mejor sabe capitalizar el luto y nuestra indignación? ¿Qué queda de la dignidad humana cuando el duelo ya no es un espacio de respeto, sino una fría métrica de intención de voto?
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