¿El cansancio nos hace indiferentes?

Charlize Xilena Carvajal
Universidad Antonio Nariño
Cuando voy por la calle, puedo ver muchas cosas que me hacen pensar en que estamos tan cansados que dejamos de ver a los demás como personas y los pasamos a ver como una molestia: ¿Es esa la raíz de varios de los problemas en nuestro país?
Como peatón, es imposible no ver las interminables filas de autos y motos que se forman a lo largo y ancho de las calles y autopistas, de no escuchar la sinfonía emitida por sus bocinas, ni ver a aquellos conductores que se pasan los semáforos o se detienen justo en la cebra, impidiendo el paso de las personas.
Las carreteras parecen un mundo y las ciclovías otro. En esta última, incluso los corredores parecen capaces de atropellarte… Todos van a tanta velocidad en sus bicicletas y patinetas que es como si olvidaran que el manubrio es del mismo ancho que los carriles o no pensaran en la posibilidad de caerse y lastimarse: ¿La vida nos preocupa tanto que olvidamos preocuparnos por nosotros?
Lo que me lleva a otra idea: la cantidad de olores que se pueden sentir en cualquier punto de la ciudad, aquellos olores que son evidencia de las adicciones que pesan en nuestro país y que desde hace un tiempo se comenzaron a adornar con pegatinas, colores llamativos y falsas ideas de “esto es más sano”. Al caminar por la Séptima he tenido que ser víctima de los molestos humos de la marihuana, el cigarrillo y el vape; fui testigo de la más evidente dependencia de una joven que caminaba con un cigarro en una mano y un vape de sandía en la otra y los alternaba mientras caminaba. Personas muy diferentes que consumen lo mismo y sufren las consecuencias, ¿son conscientes del daño a su salud, del deterioro cognitivo al que se están exponiendo voluntariamente? ¿Lo ignoran, lo olvidan o no lo saben?
En cualquier caso, ¿por qué no intervenimos?... Quizá sea porque lo hemos normalizado o porque no queremos meternos en problemas. Pero, por qué no meternos en problemas cuando se trata de la vida de una persona, cuando se trata de la vida de aquel adolescente de 16 años frente a la estación del Ricaurte quien aún desorientado seguía drogándose con bóxer, de las mujeres y niñas que se posan en las puertas y ventanas de “sus hogares” a la espera de aquellos hombres que recorren la zona sin importar la hora, de quienes se cuelan en el Transmilenio con más habilidad que los otros.
¿Desde cuándo minimizar o ignorar nuestra salud por la carga laboral y la exigencia social se volvió parte de nuestra cultura? Me lo pregunto por aquella mujer con mala posición plantar que provoca el desgaste asimétrico de sus zapatos; me lo pregunto por aquellos trabajadores expuestos diariamente a los fuertes olores de las tintas, acrílico y plástico quemado… ¿Ella sentirá el dolor en su pie, ellos se sentirán bien? Y más importante, ¿lo estarán en unos años?
Padezco de la imposibilidad de dejar de buscar cosas a mi alrededor, de solo observar mi camino sin distraerme con cualquier cosa que haya al límite de mi vista y por culpa de ello termino deprimida y con miles de preguntas como, por ejemplo, ¿ser conscientes nos entristece la existencia? O, aunque suene redundante, ¿la hiperconciencia nos termina volviendo inconscientes?
Salir a la calle puede ser un tormento o tal vez solo se deba a la ansiedad o puede que en realidad sea pesimista y lo desconozca, pero no puedo solo ver la escena de un hombre hablando dulcemente con su perro durante el paseo sin pensar en que ahora parece que preferimos hablar con un can antes que con el vecino… ¿Desde cuándo tratamos mejor a aquellos que inicialmente eran considerados como simples herramientas de supervivencia?; No puedo ver a una niña comiéndose un helado de limón mientras acompaña a sus padres en su puesto informal dentro del Transmilenio a las seis de la tarde, sin pensar en su futuro condicionado por su situación social o sin imaginar que su felicidad parece sustentarse en lo mínimo porque quizá sea lo máximo que ha conocido; o en el cúmulo de zapatos en las vitrinas de las tiendas de segunda mano sin imaginar a sus primeros dueños y a los que posiblemente ya murieron y lo hicieron de forma violenta; la sirena de las ambulancias a fuera de las clínicas y de aquél hombre de cara triste que cargaba a una niña en sus brazos intentando dormirla…
Sí, salir puede ser deprimente sin embargo también noto a aquella anciana que me dice que si tengo sueño puedo recostarme en su hombro, aquel señor de las obleas que me dio el efectivo que necesitaba para el taxi y a aquellas mujeres con las que compartí ese taxi que hablaban sobre sus hijos y familias; veo a aquellos recepcionistas que se molestan entre sí y que me hacen pensar en que se gustan mutuamente y no lo han dicho; de los que me han ayudado a cruzar la calle sin conocerme y de las innumerables sonrisas que he recibido en cada una de mis caminatas que me permiten ser testigo de esa característica luz de los colombianos que, a pesar de la irreal realidad de nuestro territorio, sigue ahí.
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