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El arribismo democrático

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Adrián Argüelles

Universidad Tecnológica Latinoamericana

El arribismo es una actitud caracterizada por el deseo desmedido de ascender social, económica o políticamente, utilizando para ello cualquier medio que permita obtener reconocimiento, poder o prestigio, incluso cuando ello implique sacrificar principios, valores o la propia autenticidad. La palabra proviene del término arribista, utilizado para describir a quien tiene como principal motivación “llegar arriba”, buscando relacionarse únicamente con aquellas personas o escenarios que considera útiles para alcanzar sus intereses.


Sin embargo, es necesario hacer una distinción fundamental: la superación personal nunca debe ser motivo de reproche. Todos aspiramos a mejorar nuestras condiciones de vida, a estudiar, trabajar y ofrecer un mejor futuro a nuestras familias. El problema no radica en el ascenso social, sino en la forma como algunas personas, una vez alcanzan cierto estatus, olvidan de dónde vienen y comienzan a despreciar precisamente el entorno que les permitió crecer.


Es frecuente encontrar a quienes, después de obtener una posición económica o profesional más cómoda, adoptan una actitud clasista, arrogante y excluyente. Pareciera que el éxito les otorgara una supuesta superioridad moral o intelectual sobre quienes aún enfrentan las dificultades que ellos mismos alguna vez padecieron. Se convierten en críticos implacables de su propio origen, intentando encajar en escenarios donde la apariencia vale más que la esencia y donde el reconocimiento social se convierte en una obsesión permanente.


Paradójicamente, quienes nacieron en familias tradicionalmente acomodadas suelen vivir su condición con mayor naturalidad y menos necesidad de exhibición. En cambio, el arribista siente la constante necesidad de demostrar que pertenece a un lugar que aún percibe como ajeno. La antigua clase media, que rara vez logra convertirse en una verdadera élite económica, muchas veces termina desconectándose de sus raíces y mirando con desprecio a quienes continúan recorriendo el camino que ellos apenas dejaron atrás.


Pero el arribismo no es únicamente un fenómeno social; también se manifiesta con fuerza en el ámbito laboral. Existen personas cuya única meta consiste en ascender dentro de una organización, sin importar si para ello deben desconocer la ética, desacreditar compañeros, apropiarse de logros ajenos o vulnerar los derechos de otros. Para el arribista laboral, el éxito justifica cualquier medio. Lo que muchas veces olvida es que los mismos peldaños que utiliza para subir suelen convertirse en el lugar desde donde otros impulsarán su caída.


Esa misma lógica ha encontrado un espacio privilegiado en la política contemporánea. Podría llamarse arribismo democrático, una práctica que utiliza los mecanismos de la democracia para satisfacer ambiciones personales antes que servir al interés colectivo. Se presenta cuando el discurso público cambia según la conveniencia electoral, cuando las convicciones se sustituyen por cálculos políticos y cuando el ciudadano deja de ser sujeto de derechos para convertirse simplemente en un voto por conquistar.


No es extraño observar candidatos que durante las campañas recorren barrios populares, abrazan a la gente, comen en sus mesas y prometen representar sus luchas, pero una vez alcanzan el poder se distancian de esas mismas comunidades y adoptan posturas completamente opuestas a las que defendían. El problema no es la estrategia política, sino la utilización de la cercanía con la ciudadanía como un simple instrumento para escalar posiciones de poder.


En este contexto, el arribismo político termina alimentando la desconfianza ciudadana y debilitando las instituciones democráticas. Cuando el acceso al poder se convierte en un objetivo personal y no en una responsabilidad pública, aparecen el clientelismo, el oportunismo y las alianzas circunstanciales que sacrifican el interés general por beneficios particulares. La democracia deja de ser un espacio para construir consensos y se transforma en una competencia permanente por el protagonismo y la supervivencia política.


Muchos sostienen que los políticos han profundizado la lucha de clases. Probablemente exista algo de cierto en esa afirmación. Sin embargo, también es verdad que la sociedad alimenta esos discursos cuando convierte el poder en un símbolo de superioridad y no de servicio. Como suele decirse, basta con otorgarle poder a una persona para conocer realmente quién es. La célebre pregunta formulada por Darío Echandía, “¿El poder para qué?, continúa vigente porque obliga a reflexionar si el liderazgo está orientado al bienestar colectivo o simplemente a satisfacer el ego y las aspiraciones individuales.


Desde una perspectiva más amplia, es importante diferenciar el arribismo de la legítima movilidad social. Aspirar a mejores oportunidades, emprender un negocio, acceder a una educación de calidad o construir una carrera profesional constituye una expresión natural del desarrollo humano. El problema aparece cuando el ascenso deja de ser consecuencia del esfuerzo y se convierte en un fin que justifica cualquier comportamiento, relegando la ética, la solidaridad y el respeto por los demás.


El arribismo genera relaciones superficiales porque las personas dejan de ser vistas como seres humanos para convertirse en instrumentos útiles para alcanzar objetivos personales. En el ámbito laboral deteriora el clima organizacional al promover la competencia desleal y el favoritismo; en la política fomenta el oportunismo y la pérdida de confianza en las instituciones; y en la vida cotidiana alimenta una cultura donde la apariencia vale más que la autenticidad.


Desde la psicología, este comportamiento puede asociarse con una necesidad constante de validación externa, inseguridad personal o búsqueda obsesiva de reconocimiento. Desde la sociología, puede entenderse como una respuesta a sociedades que premian el estatus, el consumo y la posición social por encima de los valores humanos, llevando a muchas personas a privilegiar la imagen sobre la integridad.


El deseo de progresar nunca será el problema. Lo verdaderamente cuestionable es olvidar el camino recorrido y renunciar a los principios que hicieron posible ese crecimiento. La diferencia entre la superación y el arribismo radica en que la primera se construye sobre el esfuerzo, la coherencia y el mérito, mientras el segundo se sostiene sobre la apariencia, la conveniencia y la necesidad de sentirse superior.


Quizá la verdadera grandeza no esté en llegar más alto, sino en conservar la humildad cuando se ha llegado. Porque quien asciende sin perder la memoria de sus orígenes inspira; pero quien utiliza el éxito para despreciar a los demás solo demuestra que cambió de posición, mas no de valores. En una democracia sana y en una sociedad verdaderamente justa, el poder y el reconocimiento deberían ser instrumentos para servir, nunca excusas para olvidar de dónde venimos ni para mirar por encima del hombro a quienes aún siguen luchando por alcanzar sus sueños.


Al final, la vida termina recordándonos una verdad sencilla que el folclor vallenato ha sabido transmitir una y otra vez: las amistades, la lealtad y la sencillez valen mucho más que los títulos, los cargos o las apariencias. De nada sirve llegar a la cima si para hacerlo fue necesario renunciar a la esencia o desconocer a quienes caminaron a nuestro lado cuando no había privilegios ni reflectores. El verdadero éxito no consiste en que otros nos miren desde abajo, sino en poder seguir estrechando la mano de todos con la misma humildad con la que empezamos, porque quien olvida sus raíces termina perdiéndose a sí mismo, mientras que quien las honra demuestra que el ascenso más importante no es el social o el político, sino el humano.


Referencia


Real Academia Española. (2024). Arribismo. En Diccionario de la lengua española (23.ª ed.). https://dle.rae.es/arribismo

ISSN: 3028-385X

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