El voto ignorante

Melany Sophia Ochoa
Universidad de La Sabana
Hay algo profundamente triste en ver cómo millones de colombianos depositan su voto con esperanza, pero sin información. Cada cuatro años, el país entero se llena de promesas, debates, campañas y discursos que prometen cambiar el rumbo de nuestra historia. Sin embargo, cuando llega el momento de decidir, muchos ciudadanos no votan por propuestas, sino por emociones pasajeras, por rumores, por costumbre o por lo que vieron en un video de treinta segundos en redes sociales.
Y entonces surge una pregunta ¿cómo podemos exigir un mejor país si ni siquiera nos tomamos el tiempo de conocer a quienes lo van a dirigir?
Resulta doloroso reconocer que, en muchas ocasiones, los colombianos conocemos mejor la vida de los artistas, los resultados de los partidos de fútbol o las tendencias de internet que los planes de gobierno de quienes administran nuestros impuestos, nuestras oportunidades y nuestro futuro.
Los planes de gobierno están ahí. Son públicos. Están al alcance de todos. Son la hoja de ruta que debería guiarnos para decidir quién merece nuestra confianza. Pero pocos los leen. Pocos los analizan. Pocos se preguntan qué hay detrás de los discursos bonitos y las promesas que suenan demasiado bien para ser verdad.
Lo más preocupante es que mientras la mayoría concentra su atención en los candidatos más famosos, muchas propuestas nuevas, innovadoras y potencialmente transformadoras pasan desapercibidas. Hay personas con ideas valiosas, proyectos sólidos y una visión diferente para el país que jamás logran ser escuchadas porque gran parte de la ciudadanía no busca, no investiga y no está dispuesta a mirar más allá de los nombres que ya conoce.
Así, la democracia se convierte en una competencia de popularidad. Gana quien hace más ruido, no necesariamente quien tiene las mejores soluciones.
Después llegan las decepciones. Llegan las quejas sobre la corrupción, la inseguridad, el desempleo, la falta de oportunidades y el estancamiento del país. Escuchamos una y otra vez que Colombia merece algo mejor. Y es cierto. Colombia merece algo mejor.
Pero también merece ciudadanos que entiendan la enorme responsabilidad que tienen en sus manos.
Porque un voto no es un simple papel depositado en una urna. Un voto decide el rumbo de hospitales, colegios, universidades, carreteras, empleos y sueños. Decide las oportunidades de millones de jóvenes que esperan construir un futuro digno. Decide la calidad de vida de familias enteras que trabajan todos los días para salir adelante. Cada voto tiene el peso de una nación completa.
Por eso duele ver cómo muchas personas entregan ese poder sin reflexionar, sin cuestionar y sin leer. Duele ver cómo el futuro de un país se decide a veces con menos análisis del que usamos para elegir un celular, una carrera universitaria o incluso un restaurante.
Tal vez el mayor problema de Colombia no sea únicamente la corrupción, ni los políticos, ni los partidos. Tal vez el problema también sea la indiferencia. Esa costumbre peligrosa de creer que la política no importa hasta que sus consecuencias golpean nuestra vida cotidiana.
La democracia no se fortalece solamente con más candidatos. Se fortalece con ciudadanos informados, críticos y conscientes. Con personas que entienden que leer una propuesta no es una obligación aburrida, sino un acto de responsabilidad con el país que comparten.
Colombia cambiará cuando dejemos de votar por impulsos y empecemos a votar por convicción. Cuando el conocimiento pesa más que los rumores. Cuando las ideas valgan más que la fama. Cuando entendamos que el futuro no se construye con esperanzas vacías, sino con decisiones informadas.
Porque el día que los colombianos aprendamos a elegir con conciencia, quizás también comenzaremos a construir el país que llevamos décadas esperando.
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