La mala fe al poder

Adriana Sofia Melendez
Universidad Externado
Las recientes elecciones presidenciales nos han dejado un país dividido. Lo cierto es que no hay nada de nuevo o sorprendente en esto. Retomar el incesante titular —siempre popular y cada vez más evidente— de la polarización, se convierte, con toda razón de causa, en una reiteración, en una penitencia ineludible.
Las últimas elecciones presidenciales se han debatido, de manera permanente, entre quienes creen en la justicia social y quienes creen en la eficiencia; entre quienes creen que el Estado debe “ayudar” en la consecución del bienestar social y quienes piden su mínima intervención; entre quienes creen que los derechos humanos son solo factibles para los países que ya han alcanzado cierto nivel de progreso, y los otros, experimentos fallidos de nación que deben debatirse, permanentemente, entre la eficiencia y el respeto —incluso conquista— de todo tipo de derechos.
Personalmente, quisiera dirigirme a ustedes como a los amigos y allegados con los cuales se puede discutir, con tranquila —no menor— preocupación sobre estos temas que parecen exceder de manera permanente nuestras posibilidades inmediatas; pues lo más seguro es que quienes lean esto tengan que seguir trabajando y/o estudiando, sudando por el pan de hoy —pensando en el de mañana—, o soñando con el siempre brillante y pernicioso —cuando no se puede cumplir— deseo de movilidad social.
Yo, admito de antemano, mi tímida cobardía —¡disculpadme tigres y quienes quieren que rime y que se pueda!—. Admito no tener ninguna, por más mínima que sea, simpatía con el candidato de miembro prominente y hombría ejemplar. También tengo mis dudas —las mismas dudas que tenemos todos los colombianos— respecto a la continuidad de aquello que no funcionó, o que incluso jamás se implementó en este gobierno.
Todos votamos por aquello que consideramos el mal menor. Por el miedo que nos provoca pensar en esta u aquella situación; por la amenaza castro-chavista o por el sutil torbellino de seguridad, mano dura y eficiencia, que tiene siempre curiosos acercamientos con la ultraderecha.
Se viven tiempos nublosos, no solo aquí, país de Macondo, sino alrededor del mundo. Un mundo cuya estabilidad se ha tornado prescindible. Temo, como bien expone Arendt en un estudio sobre la banalidad del mal, que: “(...) solo necesitaba recordar el pasado para sentirse seguro de que no mentía y de que no se estaba engañando a sí mismo, ya que él y el mundo en que vivió habían estado, en otro tiempo, en perfecta armonía. Y esa sociedad (...) había sido resguardada de la realidad y de las pruebas de los hechos exactamente por los mismos medios, el mismo autoengaño, mentiras y estupidez que cambiaban de año en año y con frecuencia eran contradictorias”.
Temo que este “tomar partido” nos convierta en estúpidos útiles, incapaces de discernir no solo entre buenas y malas propuestas, realizables o utópicas, antiderechos y proderechos. Todas estas consideraciones, que ahora obviamos porque nos enfrentamos al “otro”, porque sentimos la necesidad punzante de estar en el lado correcto de la historia, nos llevan a ignorar e incluso a jugar a ser otros.
Ignoramos de dónde venimos, quiénes somos, de quiénes nos rodeamos, cuál es la tierra que habitamos. Y votamos, performáticamente, por el mal menor. Pensamos: “cuatro años se pasan rápido”. Y aquí estamos, en la contienda electoral, cuatro años más tarde; y estaremos, si de la misma efusiva manera con que peleamos en redes o compartimos mensajes políticos, protegemos la democracia y no al que la democracia hace ganar.
Enuncio, de nuevo, a Arendt cuando dice que todo paso que, para bien o para mal, dio la humanidad en su historia, está condenado a ser el umbral del siguiente hito en su camino hacia su salvación o destrucción. Esperamos que, bajo un comportamiento que pocas veces —explica la teoría económica— provoca resultados justos, salven lo que dicen que queda de este país, si usted está de un lado, o salven lo que siempre estuvo mal a favor de los más necesitados.
Ante tan “tibia” intervención, que estriba su planteamiento en, como me dice un buen amigo, la buena fe hacia los demás. Y una personal adhesión a la idea de un curioso señor que fue alcalde de Bogotá; para mí —como creo debería ser para todos—: “el otro es sagrado”.
Esto, que es un ejercicio propio como cobro a mi silencio e incluso mezquindad. Al miedo a hablar u opinar, quisiera a quien sienta esta imperiosa necesidad de decir cuanta cosa considere, que recuerde que: “El papel del escritor no está exento de difíciles responsabilidades. Por definición, hoy no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia; está al servicio de quienes la sufren. De lo contrario, estará solo y privado de su arte”. (Albert Camus, 1957)
“La historia nos condenará”. A ustedes y a mí, porque, aunque queramos pensar de otra manera, lo factible es que seamos nosotros —el pueblo elector— quienes nos enfrentemos a las dificultades y fallas de quien quede en el cargo. Y en ese caso, será útil recordar que usted estará más cerca de los otros —abelardistas o cepedistas— que de quienes dan nombre a estos movimientos.
A mi amigo, agradezco su lección respecto a la buena fe para con los demás. Sin embargo, insistiré en la mala fe hacia el poder, pues como dice el dicho popular: “Quien manda manda, aunque mande mal”. No vaya a ser esta su tusa cuatro años más tarde.
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