Nosotros elegimos, la democracia habla

Laura Isabella Rivera
Universidad Javeriana
Hago parte de los colombianos que lloraron con los resultados del domingo de elecciones; que no estaba lista para conocer que más de 10 millones de personas sienten conexión política con un candidato que considera, siquiera, como elemento motivador del criterio de la mujer votante, el tamaño del miembro de su candidato.
Y como la democracia es el principal instrumento de información sobre los deseos más profundos del pueblo, no creí tan estadísticamente probable salir de mi casa y cruzarme en la calle con alguien en cuya visión de país no cabe una preocupación mínima por las políticas ambientales; no pensé compartir todos los días, al menos, un espacio con alguien que le confiaría su país a un plan de gobierno que no supera las tres hojas.
Desconocer los resultados sería mediocre, pero aliviador. Insistir en que ese país que acabo de describir no existe sería una mentira colectiva que me permitiría dormir tranquila. Pero evidentemente no es así. Las instituciones no fallaron, no hay indicio razonable de fraude, los datos son en franca lid. Este es el país en el que vivimos.
Ahora, el camino difícil, pero el que nos corresponde, es preguntarnos lo que nadie quiere responder: ¿Por qué los Colombianos pensamos así? ¿Cómo llegamos a este punto? La deslegitimación del proyecto político que encarnaba los sueños más nobles de un electorado que creyó en la promesa de cambio, por causa de un ejercicio gubernamental marcado por hitos imperdonables de corrupción, incoherencia y arbitrariedad, podría ser una razón. A los colombianos les rompieron el corazón, y transitar el dolor de una nación fracturada y unos ideales mancillados a veces implica elegir la opción más irascible, la más radical, el extremo más visible.
Otra razón, aún más difícil de aceptar, es que la humanidad, en su conjunto, enfrenta una crisis ética imposible de desconocer: el ascenso del individuo como centro de las decisiones, por encima de la vida en comunidad; la veneración de fines antes que los medios; han atravesado nuestras conciencias y nos han vuelto cada vez más mezquinos. Martin Luther King lo dijo en su discurso del Premio Nobel de Paz: "Hemos aprendido a volar como pájaros y a nadar como peces, pero no hemos podido con el sencillo arte de vivir los unos con los otros."
No se trata de una persecución injusta a una preferencia politica; es una aproximación para nada descabellada. Si esta opinión no obedeciera al individualismo puro y duro —asumiendo que todos los votos parten de un proceso de reflexión libre— nadie elegiría un proyecto político que tiene como bandera destripar a alguien por su forma de pensar, sabiendo que no tenemos que salir ni siquiera de nuestro barrio para encontrarnos con ese alguien: que tomamos la misma ruta del transporte público, que trabajamos juntos, que nos sonríen todos los días, que nos quieren, que viven en nuestro mismo país, que —teniendo en cuenta que todos nuestros árboles genealógicos están interconectados— son nuestra familia. Que son seres humanos.
Por último, si se piensa que es una decisión urgente de supervivencia democrática, es, en principio, razonable, teniendo en cuenta que la propuesta de oposición representa la continuidad de un estilo de gobierno con fuertes tintes autoritarios y ruptura de la separación de poderes. No obstante, no era una elección de dos bandos. Al parecer, somos un país escéptico de la tercera vía, porque esta implica irremediablemente el doble de trabajo; implica ponernos de acuerdo; implica renunciar a los discursos caudillistas, a las propuestas salvadoras simplistas; implica tomar las riendas de nuestro futuro nacional. Porque la tercera vía es un trabajo de todos: es no esperar todo de un superhombre en la cabeza del Estado, sino creernos los súper actores de la transformación social.
¿Qué sigue? No seguir evadiendo el país que ya descubrimos. No cuestionar la democracia, porque es el espejo de lo que nos falta. Sigue mirarnos de frente y escucharnos; incomodarnos, leer planes de gobierno, exigir el debate público y nutrirlo. Es la decisión más trascendental de nuestra historia reciente, y no hay vuelta atrás. Pero un aliciente, para tiempos de decisiones difíciles: más educación, empatía y conciencia.
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