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Parados sobre nuestros muertos

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Aura Ortega Paternina

Universidad del Rosario

Corría el año 2015 cuando la señora Claudia tuvo que ver morir a su hijo, asesinado a tiros detrás del tanque elevado de La Pollita. Quienes conocen Sincelejo saben que es uno de los barrios más marginales y pobres que tiene la ciudad. Cuando a la señora Claudia le llegó la noticia de que habían asesinado a su hijo, subió descalza por los matorrales hasta encontrarlo, porque ni siquiera está pavimentada la zona; es todo un monte. El cuerpo de su hijo estaba lleno de balas. Se abalanzó sobre él y lloró abrazándolo. Sus pies quedaron cubiertos de heridas y callos. La escuchábamos llorar todas las noches; puedo oír todavía su llanto en mi memoria. Sus gritos de dolor tienen un rincón en mi mente. La escucho en todas las madres que han perdido a sus hijos en este país.


Cuando ganó el No en el plebiscito, había triunfado principalmente en las zonas donde el conflicto no había sido tan sangriento, mientras que el Sí ganó en los territorios donde las personas habían sufrido con mayor intensidad la guerra. Cuando trabajé en la Jurisdicción Especial para la Paz, leí innumerables autos de acreditación de víctimas. Hay un caso particular que siempre me acompañará. Un hombre que, después de prestar su servicio militar, regresó a su pueblo. Allí lo señalaron de colaborador. Entraron a su casa y asesinaron a su hija de once años de un disparo en la sien. A su esposa, por intentar socorrer a la niña, la mataron, y a su hijo se lo desaparecieron. A él le dispararon varias veces en la espalda y, aunque sobrevivió, quedó inválido de por vida. ¿Cómo vive uno después de semejante atrocidad?


Yo sé que en este país hay víctimas de todos los bandos. He trabajado con unas y con otras: víctimas de los paramilitares, víctimas de las extintas FARC-EP. ¿Saben qué tienen en común todas aquellas que se acreditan ante la Jurisdicción Especial para la Paz? Que no están buscando venganza. Están buscando verdad, perdón, nuevas formas de mirar al país que las violentó, de mirarse a sí mismas y de ponerle palabras a un dolor que ninguno de nosotros, envueltos en nuestros propios mantos de indolencia, comprenderemos en nuestras vidas.


En estos vientos que corren, en los que muy pocos cuestionan sus privilegios y el carácter de las decisiones morales y políticas que toman, es importante recordar que el patriotismo puede ser un victimario, pues hay muchas personas que no caben en el concepto de patria que muchos se montan. La política integral sobre la paz comienza precisamente en el punto de repensar la idea de patria que nos convoca. Hay muchas personas que hicieron atrocidades en nombre de la defensa de la patria en este país. ¿Qué patria estaban protegiendo al cometer tales crímenes, sino la de unos pocos? ¿Cuánta gente inocente fue asesinada por estar en listas donde se les señalaba de comunistas? ¿Cuántas personas fueron silenciadas y exiliadas bajo la lógica del enemigo interno, el mayor mal de este mundo: el comunismo, que habita solo en la mente de quienes lo necesitan para hacer campaña?


Mientras muchos festejan en medio de grandes espectáculos y estridencia, quiero que el silencio y la reflexión nos habiten por un segundo. Yo te escucho llorar, señora Claudia, en los rincones de mi memoria. Escucho los gritos por tu hijo fallecido atravesando las paredes angostas de las casas de los barrios populares, donde todo se escucha. Te escucho quejarte, preguntarte, desesperarte por no tener respuestas a preguntas que diez millones de víctimas se hacen todos los días en este país: ¿dónde están los que ya no están?, ¿qué hubiera pasado si...?, ¿por qué me tocó a mí? La verdadera profundidad son tus llagas en los pies mientras abrazabas a tu hijo muerto en tus brazos, intentando, como madre, regresarle la vida que una vez le diste. A veces veo esas llagas en las misas de los domingos y en las grietas de los árboles que nos dan sombra. Te veo en las formas de explicar el dolor.


En medio de estos silencios, tu llanto me aterriza, me pone en perspectiva, me da la lucidez para saber que nadie es salvador de la patria. Que la paz, antes que una postura política, es una actitud moral que nace de la examinación propia que cada individuo, en una sociedad tan violenta como esta, se hace a sí mismo. La paz es una cuestión de moral y de voluntad, de todas las veces que, pudiendo vengarnos, decidimos poner la otra mejilla, incluso cuando ello implique que el otro no repare en su totalidad el daño ocasionado. El perdón no es algo que se recibe, sino algo que se ofrece. La paz es una cultura de no querer destripar al otro por quién es y por cómo piensa. Que nadie que hable de guerra puede ser embajador de la paz ni traérnosla, y que prefiero desconfiar, todas las veces que sean necesarias, de esos discursos farsantes y guerreristas, antes que pararme sobre la memoria de todos nuestros muertos. Para muchos, en sus comodidades materiales, es fácil voltear la mirada frente a quienes sufren las inclemencias de estas políticas violentas, reaccionarias y que pretenden pasar por encima de instituciones como la Jurisdicción Especial para la Paz. Pero no quiero que para mí sea tan fácil; al menos no seré yo quien voltee la mirada, no importa si hay diez millones de personas dispuestas a hacerlo. Al menos no yo.


No seré yo quien voltee la mirada, porque primero los pobres. Bienaventurados sean los que sufren, los que han vivido el miedo de estas guerras, las madres que han perdido a sus hijos y quienes crecen en los abismos de las violencias estructurales de este país. Bienaventurados los despojados. Los que ni siquiera tienen una tumba donde llorar a sus desaparecidos. Bienaventurados quienes han sido las víctimas y no así los defensores de los victimarios. No quiero que ninguna decisión moral ni política me lleve a pararme sobre nuestros muertos ni a faltar a su memoria. No quiero que ninguno de mis privilegios me haga olvidarme del país donde estoy parada.

ISSN: 3028-385X

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