top of page

Todos votan mal menos yo

Samuel Sanabria.jpg

Esteban Torioqui

Universidad de La Sabana

Inmediatamente después del anuncio de los resultados de la primera vuelta electoral, Colombia entera se convirtió en un tribunal informal y despiadado, en el que muchos votantes, yo incluido, nos hemos atribuido el monopolio del criterio. Y lo seguiremos haciendo. Es un espectáculo circular y, a estas alturas de nuestra historia nacional, bastante predecible.


Desde que Colombia es una república presidencialista, periodo tras periodo, el debate poselectoral ha seguido un mismo guion: unos acusan a los otros de votar por miedo, los otros acusan a los unos de votar por ingenuidad ideológica, por sesgo, por resentimiento, ¡por todo!, menos por convicción. Mantenemos un paradigma en el que cualquier voto diferente al propio no es un voto inteligente.

Pero ¿y si el problema no es cómo vota la gente, sino por lo que le toca votar?

En primer lugar, hay que reconocer que detrás de cada voto hay una historia: miedo, identidad, clase social, memoria familiar, incluso hartazgo acumulado. Y reducir todo eso a sesgo o a inconsciencia es, además de arrogante, inexacto. La gente, en su gran mayoría, vota por razones; y, reprochables o no, son motivaciones reales.

Ahora, el nudo del problema no es que Colombia tenga un déficit de ciudadanos informados —o no únicamente— sino un sistema que ha aprendido a premiar cierto tipo de candidato, uno que es mejor asustando que convenciendo, que es mejor señalando enemigos que proponiendo soluciones, y ante el cual el votante no tiene más opción que acomodarse.


Cada ciclo electoral reproduce el mismo campo de batalla, en el que se enfrentan dos polos que se necesitan mutuamente para existir, que se alimentan del miedo al otro, y que han aprendido que la mejor estrategia no es convencer sino aterrar. No se vota por alguien; se vota contra alguien. Y esa dinámica no es culpa de nosotros los votantes.


El votante que elige al candidato que le parece menos peligroso no está siendo irracional; está siendo sensato dentro de un marco que lo obliga a elegir entre males.


Y a veces el miedo es tanto que muchos acaban cayendo, desafortunadamente, en el fanatismo; porque nadie es cien por ciento inmune a la manipulación. Antes que colombianos, somos seres humanos. Y lo mismo aplica para quien vota desde la identidad de clase, desde la rabia histórica o desde la desconfianza institucional. Esos votos tienen tanta lógica como emoción. Lo que no tiene fundamento es el sistema que los produce.


Piénselo así: un político que habla con matices, que reconoce complejidades y que se niega a señalar un villano claro, tiene todas las de perder en un entorno donde la atención es escasa y el miedo es el segundo idioma oficial. Es absurdo que la indignación tenga más prensa que la moderación, lo cual es síntoma de una democracia enferma. Y mientras esa asimetría exista, seguiremos viendo el mismo espectáculo con distintos nombres en el tarjetón.


Esto no significa que toda decisión de voto sea sensata, ni que no haya posiciones que merezcan absoluto repudio. Las hay. Pero una cosa es señalar que una propuesta política es cuestionable —muchas lo son— y otra muy distinta es concluir que quien la apoya es simplemente un bruto o un ciego. Reaccionar desde las vísceras, como fue mi caso, sirve para sobrellevar la noche de los resultados; pero el análisis posterior nos hace preguntarnos por qué siguen repitiéndose noches así.


Ese terreno emocional desde el que brota la discusión pública en Colombia es la consecuencia de un sistema que ha sabido embutirnos la polarización como la única forma posible, o la más eficiente, de hacer política. Y si la conversación sigue girando alrededor de quién tiene el sesgo más grande, nadie mirará hacia donde debería: hacia los incentivos que hacen rentable la demagogia, hacia las instituciones que deberían filtrarla antes de que llegue al tarjetón, hacia las condiciones que determinan quién puede lanzarse a la política y quién no puede permitírselo. El primer paso es dejar de señalarnos entre nosotros y empezar a cuestionar la estructura que nos trajo aquí.


Culpar al votante es muy cómodo. Le da a cada quien un enemigo puntual y la satisfacción privada de no ser parte del problema. Pero es también una forma muy eficiente de no resolver nada, porque desplaza la responsabilidad hacia quien tiene menos poder para cambiar las reglas del juego.


La abnegación, dice el himno, es mucha. Ojalá nos alcanzara también para dejar de mirarnos con superioridad y empezar a hacernos preguntas más difíciles: no quién vota bien, sino qué hace que cierto tipo de político siempre gane. No si el otro está sesgado, sino qué produce ese sesgo y a quién le conviene que persista.


Porque un país que solo sabe diagnosticar a sus votantes, pero nunca examina el sistema que los forma, está condenado a repetir la misma elección una y otra vez. Con distintos nombres. Con el mismo miedo.


Entre tanto, si usted tiene claro por quién votar, lo felicito. Vaya y vote. Pero, por favor, no le rinda pleitesía a una persona que no conoce. Sea crítico y juzgue a su candidato, no al voto ajeno, porque aquí todos estamos en las mismas.

ISSN: 3028-385X

Copyright© 2026 VÍA PÚBLICA

  • Instagram
  • Facebook
  • X
bottom of page