¿Por qué insisten en llamarnos el futuro?

Danna Camila Ocampo
Universidad Cooperativa
Recuerdo que muchas veces me dijeron: “ustedes, los jóvenes, son el futuro del país”. Lo decían profesores, líderes, incluso en eventos donde nos aplaudían por participar. En ese momento sonaba motivador, como si nos entregaran una promesa, de que algún día, cuando creciéramos, cuando estuviéramos listos, cuando llegara nuestro turno, podríamos cambiar las cosas.
Pero con el tiempo entendí que realmente utilizar el término “futuro” era una forma de dejarnos por fuera del presente. Porque mientras nos repetían esa idea, yo ya estaba intentando construir algo: estudiando, participando, cuestionando, proponiendo.
Como yo, hay miles de jóvenes en Colombia que no están esperando su turno; se están organizando, creando, liderando procesos en sus comunidades y levantando la voz frente a problemas que muchos ya han normalizado. Y aún así, no somos vistos como actores reales de cambio.
Nos escuchan, pero no siempre nos toman en serio. Nos dan espacios, pero no poder. Nos invitan a opinar, pero no a decidir. Es una participación que parece real, pero que muchas veces se queda en lo simbólico. Ahí entendí que el problema no es que los jóvenes no estemos preparados, sino que aún no confían en lo que ya somos capaces de hacer.
Entonces surge una pregunta inevitable: ¿por qué insisten tanto en llamarnos el futuro? Tal vez porque es más cómodo. Porque reconocer a los jóvenes en el presente implica incomodarse, ceder espacios, cuestionar estructuras y aceptar que las nuevas generaciones no solo quieren participar, sino transformar. Y transformar incomoda, realmente les incomoda que un joven cuestione lo que siempre se ha hecho, que no acepte las cosas “porque sí”, que tenga una voz propia y no pida permiso para usarla.
Pero esa incomodidad no es un problema, es una señal de cambio. Decir que somos el futuro suena bien, pero también es conveniente, porque permite creer que el cambio puede esperar, que nuestra voz puede aplazarse, que nuestras ideas aún no son urgentes. Sin embargo, la realidad es otra: hoy, miles de jóvenes en Colombia están sosteniendo procesos sociales, impulsando iniciativas y proponiendo nuevas formas de ver el mundo. No están esperando “crecer” para actuar; ya lo están haciendo, muchas veces sin apoyo, sin reconocimiento y, en ocasiones, siendo cuestionados únicamente por su edad.
Entonces, la pregunta no es si los jóvenes somos el futuro, sino por qué, si ya estamos construyendo el presente, siguen tratándonos como si aún no existiéramos en él. No necesitamos que nos repitan que somos importantes en un mañana lejano; necesitamos que nos reconozcan hoy, que nos escuchen de verdad y que nos permitan incidir, decidir y también equivocarnos, porque de eso se trata cualquier proceso real.
Ser joven no es estar en pausa, es estar en movimiento. Y el día en que dejemos de aceptar ese lugar cómodo de “promesa” y empecemos a exigir nuestro lugar en el presente, las cosas van a cambiar. Porque el país que soñamos no se construye cuando crezcamos. Se está construyendo ahora. Y nosotros ya estamos en él.

