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Cepeda y la apuesta por el diálogo

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Isaac David Martínez

Universidad del Norte

Mi padre y yo salimos a comprar miel para las peladuras. Un anciano triste, trémulo, cándido y casi que fotogramático atendía. Ese día, mi padre me dijo: «Atento, así es como se juega». Le pagó al señor mucho menos de lo que costaba la miel; su mano se extendía fría, sagaz, como si no le importara el daño hacia el otro. La del anciano, en cambio, era una sonrisa sincera, una confianza cincelada con el tiempo; ni siquiera vio el dinero. Ese día papá se convirtió en un oso. Ese día papá dejó de ser bueno. Ese día papá me mostró lo que es vivir del bobo.


Es innegable que el camino que ha tomado Colombia, y el carácter gélido residual de este, está plagado de tantos matices que resulta imperioso designar los siguientes aspectos:


La Violencia sigue en efervescencia —a veces mermada en lo físico, a veces en lo ideal—, pero se mantiene. Aquí emergen dos interrogantes ineludibles: ¿Cómo va a dialogar Cepeda con personas que no conocen más allá de la espuma que sobresale del vaso? Y ¿es, acaso, un ejercicio imposible determinar en este país un diálogo honesto donde, más allá de intereses particulares, se torne una discusión que produzca beneficio común?


Para responder, propongo una apuesta por la fe —no ciega ni exenta de escrutinio individual—, sino una fe en la comprensión y la escucha activa. Atendamos esto: Sabiendo las motivaciones que movilizan ciertos sectores políticos y atestiguando un intento de democracia insulsa que se defiende con lo que tiene ante las exigencias individualistas de un mundo polarizado y polarizante —irónicamente paralelo a un escenario comunicativo sin precedentes—, no queda más que aceptar que el diálogo y la empatía constituyen la única vía para que la violencia, inherente al ser humano, merme. El senador y candidato presidencial Iván Cepeda nos ofrece un escenario donde la capacidad de escucha y elaboración de ideas, tras un contraste casi bélico entre bandos extremos, podría resolverse casi por completo en beneficio de Colombia. Apuesta, en suma, por la fe en el diálogo, en la práctica mayéutica, en la epimeleia y en la creación de un carácter moral fundado en la empatía y la comprensión del otro.


Por otra parte, enfrentamos a los exponentes de otra ideología. Tienen su propia fe; bastan dos minutos de intento de diálogo para percibir que hace tiempo cruzaron el borde del fanatismo. No dicen ni proponen nada constructivo; observan, de forma irresponsable y superficial, un país atado a la conservación de la misma violencia, las mismas estructuras e ideas. Pretenden un país inmóvil, aunque Colombia, bajo órdenes geográficas, étnicas, económicas, sociales y naturales, no exhibe sino diversidad. Conociendo las propensiones de este sector, surgen preguntas ineludibles: ¿A dónde apuntan los extremos? ¿Qué están dispuestos a ceder?


Tras las comunicaciones vociferantes de las capas extremas de nuestros partidos, queda claro que los atentados contra la inteligencia y la capacidad crítica de la población no cesan.


Se revela un propósito maniqueísta: de manera transparente, poco lúcida, frívola, egoísta y pueril, se colocan del lado de “lo bueno”. ¿Es así realmente? Para las militancias reacias al diálogo, sí lo es —o al menos así lo plantean—. Se trata, sin duda, de un mecanismo de autoprotección: empotrar una identidad ciega donde los matices desaparecen y la comunicación pasa a segundo plano. ¿Para qué construir si puedo gobernar? Platón habló precisamente de ellos en La República —el libro que da nombre a esta revista—. Allí, a través del diálogo, se critica a quienes buscan el poder no para el bien común, sino para su propio beneficio: gobernantes que, al obtenerlo, lo ejercen egoístamente, ignorando la justicia como armonía del alma y de la polis. Si bien muchas ideas platónicas no resistirían hoy un escrutinio humanista pleno, es ineludible rescatar esta advertencia central: una república no puede serlo si sus dirigentes están anclados al bienestar propio; no puede ser idónea si quienes anhelan el poder lo persiguen y, al alcanzarlo, lo retienen para sí mismos. En términos platónicos, una república no puede ser gobernada por idiotas —aquellos que solo piensan en sí mismos— (cf. Platón, La República, especialmente libros I-II y VIII-IX).


Estas dos posturas persisten en el paradigma social que pronto enfrentará el país. Las elecciones —conceptualizadas subrepticiamente como acto democrático legítimo de ejercicio volitivo del voto, pero en la práctica más como reclamo de un bono— serán el escenario donde se decida la presidencia. Entonces, ¿quién será elegido? ¿Hacia quién dirigirás tu voluntad? Reiteremos el acto de fe en un país aletargado por un sueño demasiado largo: hay un despertar de conciencia política, un llamado a la política genuina y sin miramientos. No sé ustedes, lectores, pero yo creo firmemente que la ceguera no conviene y que la apuesta por el diálogo siempre ha sido, y seguirá siendo, el camino hacia una república sana, caritativa y resiliente.

ISSN: 3028-385X

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