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Día del profesor: reivindicación

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Carolina Vargas Velandia

Universidad de La Sabana

Siempre había querido transmitir mi opinión sobre la figura del docente en la actualidad. Por un lado, en busca de resaltar su rol como fortalecedor del tejido social y fuente de inspiración para todo tipo de vidas; por el otro, para cuestionar a quienes no valoran lo suficiente y demeritan la labor que suplen en estos tiempos de avances tecnológicos. Fue así como hace unas semanas busqué cuándo se celebraba y logré encontrar la excusa perfecta para presentar mi posición: el 15 de mayo es el día del profesor (al menos aquí en Colombia, porque cada país tiene un día distinto). Nunca tuve presente la fecha exacta, pese a haber celebrado un sinfín de veces a mis maestros en los años de colegio. Puede que ustedes tampoco recordaran la fecha, pero podría asegurar que todos recordamos a un buen profesor con cariño (o, ¿por qué no? A uno que nos hizo sufrir).


Es posible que, al igual que yo, ahora sientan curiosidad: ¿por qué el 15 de mayo y no otro día? En la página web del Canal Institucional dieron a conocer que la celebración existe desde 1950, en honor a la figura del sacerdote y pedagogo San Juan Bautista de La Salle, porque ese día el papa Pío XII lo declaró patrono especial de todos los educadores de la infancia y juventud. En mi opinión, cada día se debería reconocer la labor que hacen ciertas personas por no solo enseñar temas, sino por formar en todas sus dimensiones a futuros ciudadanos. Lamentablemente, la realidad a veces es otra: en lugar de resaltar a nuestros maestros, muchas veces tomamos la posición de ignorarlos o incluso invalidarlos, quizá por reducir su labor a “enseñar” o “calificar”.


Ahora bien, a menudo usamos como sinónimos las palabras profesor, docente, maestro y educador, pero mientras escribía esto consideré pertinente hacer la distinción. Por practicidad, podemos irnos a la etimología de cada uno. Algo curioso es que todos vienen del latín: profesor viene de profiteri (hablar enfrente de los demás), docente de docere (hacer que alguien aprenda), maestro de magister (el que más sabe o se destaca) y educador de los términos educare (conducir, guíar, señalar el camino) y educere (criar, hacer salir hacia afuera algo del interior). Hoy en día solemos entender cualquiera de las 4 palabras como un conjunto, por lo tanto, vemos a los profesores como alguien que habla frente a otros, les enseña, saben, orientan y hacen florecer. Alternaré entre esos sustantivos a lo largo de todo el texto, refiriéndome a personas que hacen todo lo anterior.


Ante el creciente uso y desarrollo de herramientas tecnológicas que facilitan la sistematización, organización y comprensión de datos, muchos educandos pueden llegar a preguntarse: si un docente explica temas complejos, ¿no sería más fácil simplemente preguntarle a una IA? Tal vez. Pero es ahí cuando podemos llegar a quedarnos cortos, pues el impacto de un profesor en una vida no se limita a enseñar Ciencias Naturales, Ciencias Sociales, Idiomas, etc., sino a la calidad de formación integral que les ofrece a sus estudiantes y eso es algo que, por ahora, nada ni nadie podrá reemplazar: hace brotar algo dentro de sus estudiantes. ¿Es entonces el fin de la era del profesorado? Sin duda, no. Sin embargo, hay que aplicar cambios y ajustes según el nuevo entorno en el que nos desarrollamos. Es importante conservar el sentido de la figura del profesor haciendo uso de las nuevas herramientas, para seguir cautivando, incluso en medio del contexto de hiperconectividad global sumado a la paradójica desconexión del presente.


Rassam (El profesor y los alumnos, 1976) dijo: “El principal error de los tiempos modernos es creer que la pedagogía es una técnica o ciencia. En realidad, es un arte para educar personas, no para lavar cerebros”. Y es así. De pronto algunos de ustedes recuerdan con cariño a cierto profesor, no por “qué” les enseñó, sino “cómo”. Aquella mañana nublada en la que la profe de matemáticas cortó una hoja para que cada una de las cabecitas del salón entendiera las fracciones, ese consejo de vida que se le salió en medio de la cátedra al profe de filosofía, la docente de investigación haciendo piruetas de un lado a otro para explicar la función de un objetivo, el maestro de sistemas dibujando en el tablero cómo hacer funcionar los cables en una protoboard. Esa es la magia: las acciones, los detalles. No se trata de abordar temarios aburridísimos y embutirlos en las mentes de los alumnos; se trata de impactar positivamente una vida y asegurar una efectiva comprensión. ¡Y lo mejor de todo! Puede que el profe termine aprendiendo más de sus alumnos que ellos de él. Gracias a personas así, se potencian nuevos talentos. “El reto de la educación no es enseñar sino aprender” (Lorda, 2014. La educación, el arte de despertar).


Absolutamente todas las personas hemos tenido un maestro que sembró algo en nosotros. Gracias a esa semilla depositada, nos convertimos en lo que somos. Ser profesor no se reduce a pertenecer a la academia (fácilmente mamás, papás, vecinos o abuelos nos han enseñado cosas también). El profesor es persona, es ejemplo. Es el que toma los lienzos en blanco que tiene al frente y les ayuda a descubrir las grandes obras de arte en que se pueden convertir. No podemos permitir que pierda su esencia de inspirar y servir por priorizar el mero ejercicio de la calificación. Una labor tan bella y humanista merece ser reivindicada. A los docentes que fomentan el pensamiento crítico, promueven el autodescubrimiento, aconsejan con templanza, nutren con pasión y corrigen con certeza, ¡feliz día y gracias por tanto!

ISSN: 3028-385X

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