Democracia en tiempos de polarización

Juan Sebastián Royero
Universidad Javeriana
Colombia parece estar regresando a una época que creíamos superada: un bipartidismo disfrazado, donde el voto ya no se mueve por convicción, sino por rechazo. En medio de ese escenario surge el llamado “voto útil”, un concepto que, aunque tiene algo de verdad, termina siendo profundamente frívolo cuando reduce la democracia a elegir el “menos peor”.
Desde hace varias décadas, una parte importante del electorado colombiano no vota a favor de una idea de país, sino en contra de una persona. Ni siquiera en contra de una ideología estructurada, sino de un nombre propio. Y pocas veces esto había sido tan evidente como en las elecciones presidenciales de 2026. Hoy, los candidatos que lideran representan posturas cada vez más radicalizadas, y aun así concentran la mayor intención de voto. ¿Por qué?
Para entenderlo, hay que mirar atrás. En 2022, Colombia vivía una profunda desconexión con el gobierno de turno. La incertidumbre era constante: una pandemia mal gestionada, una reforma tributaria en el peor momento posible y una sensación generalizada de abandono. En ese contexto, Gustavo Petro emergió como una figura de cambio, casi como un símbolo de ruptura con la política tradicional. Su victoria el 7 de agosto de 2022 marcó un giro histórico: la izquierda llegó al poder con una fuerza inédita.
Pero ese giro también trajo consigo una consecuencia que hoy define el panorama político: una polarización intensa y persistente. Desde entonces, el debate público se ha reducido a extremos que se alimentan mutuamente, donde cada bando necesita del otro para existir. Y en ese juego, el ciudadano queda atrapado en una falsa dicotomía.
Es precisamente ahí donde la política colombiana necesita renovarse. No desde los extremos, sino desde propuestas que rompan esa lógica binaria. Hoy existe una alternativa una dupla de centro – derecha que, pese a las críticas de ambos lados, ha decidido dejar sus diferencias a un lado para construir una visión común de país y sumar entre distintos. Y tal vez por eso incomoda tanto.
Los extremos le temen a lo que no pueden controlar. Por eso, gran parte de la campaña política se ha convertido en una estrategia de desprestigio constante, donde desinformar parece más rentable que debatir. Mientras tanto, los ciudadanos estamos agotados. Agotados del ruido, de la manipulación, de no poder sentarnos a una mesa sin que la conversación termine secuestrada por discursos reciclados y desinformativos de redes sociales, cargados de populismo y titulares vacíos.
El problema no es solo la polarización. Es que, cada vez que surge una alternativa distinta, el mismo sistema se encarga de desacreditarla antes de que tenga una oportunidad real. Y así, elección tras elección, Colombia sigue votando con miedo en lugar de hacerlo con esperanza.
Porque al final, el verdadero dilema no está entre dos extremos que se enfrentan constantemente, sino en un país que ha normalizado elegir al “menos peor”. Y mientras esa sea la lógica que guíe nuestras decisiones, el cambio seguirá siendo más un discurso que una realidad.
Y si seguimos votando por miedo, no importa quién gane: Colombia ya perdió.

