El límite

Carlos Sánchez Paz
Universidad Javeriana Cali
Hay una palabra pequeña, casi insignificante en apariencia, que tiene la capacidad de incomodar a los sistemas más sólidos de poder: No.
No es una palabra elegante. No es diplomática ni conciliadora. En muchas ocasiones resulta incómoda, incluso peligrosa. Pero precisamente por eso posee una fuerza extraordinaria. Decir que no es mucho más que una negativa: es un acto de conciencia.
Cuando alguien dice que no, establece un límite. Traza una línea invisible entre aquello que está dispuesto a aceptar y aquello que ya no puede tolerar. Y en política, como bien observó Albert Camus al reflexionar sobre la rebelión, todo comienza exactamente ahí: en el instante en que una persona descubre que obedecer indefinidamente también tiene un precio moral.
La historia ofrece ejemplos elocuentes de esa fuerza. En 1988, en Chile, millones de ciudadanos respondieron en las urnas si el régimen dictatorial de Augusto Pinochet debía continuar en el poder. La respuesta fue una sola palabra: No. Aquella negativa colectiva no fue simplemente un resultado electoral; fue el momento en que una sociedad entera decidió que había llegado el límite de lo tolerable.
La pregunta, entonces, es inevitable: ¿qué significaría hoy esa palabra en un país como el nuestro, donde la política ha convivido durante décadas con una mezcla inquietante de memoria corta, retórica encendida y responsabilidades difusas?
Traer este ejemplo no es un gesto nostálgico, sino una forma de abrir otra ventana que asoma la historia nacional de la infamia. Porque decir que no, en este escenario, implica algo más que una preferencia electoral. Implica negarse a normalizar una historia política marcada por episodios que todavía esperan explicaciones completas y por discursos que prometen orden mientras eluden preguntas incómodas sobre el pasado.
Significa también rechazar la idea recurrente del salvador providencial. Puesto que, cada cierto tiempo, aparece una figura que se presenta como la solución definitiva: el hombre fuerte, el outsider, el que, tras una conveniente conversión, se nos vende como el nuevo y renovado hijo de Dios, dispuesto a poner orden en el “caos”. El libreto suele ser el mismo: diagnósticos dramáticos, promesas de autoridad moral y la insinuación constante de que el país necesita menos deliberación y más mando.
Pero la política latinoamericana ha demostrado que los mesianismos rara vez traen soluciones duraderas. Más bien simplifican problemas complejos y reducen el debate público a consignas que suenan contundentes, pero que difícilmente resisten un análisis serio.
Decir que no también implica rechazar una de las formas más evidentes de degradación del debate público: la incoherencia convertida en virtud política. No es raro ver discursos que se presentan como defensores inquebrantables de ciertos valores, solo para descubrir, cuando la coyuntura lo exige, que sus convicciones se flexibilizan lo suficiente como para acomodarse a una fórmula conveniente.
La tregua dura poco. Basta una declaración a los medios para que el fondo reaparezca: la negación de derechos, la reducción de realidades complejas a simples “modas”, el regreso a una visión excluyente que nunca terminó de desaparecer. No es un desliz. Es una forma de hacer política.
Una en la que las convicciones no responden a principios, sino a conveniencias; en la que el discurso moral se ajusta al momento; en la que la coherencia deja de ser un valor y se convierte en un obstáculo.
Tal vez por eso, en medio de tanto ruido, la verdadera decisión no sea elegir entre voces más o menos estridentes, sino recuperar algo mucho más exigente: la capacidad de decir no.
No a la memoria selectiva que convierte la historia en un recurso retórico.
No a los discursos que prometen orden mientras esquivan la responsabilidad.
No a los mesianismos que reducen la política a obediencia.
No a las convicciones que cambian de forma según la conveniencia del momento.
Porque una democracia no se debilita cuando una ciudadanía se niega; se debilita cuando deja de hacerlo. Decir que no exige más que asentir: exige memoria, criterio y, sobre todo, responsabilidad.
Al final, no se trata de una palabra. Se trata de un límite. Porque hay momentos en los que decir que no es la única forma de evitar canonizar a quienes ya se creen sentados a la derecha de Dios Padre.

