top of page

La banal costumbre de morir

Samuel Sanabria.jpg

Anith Solórzano García

Universidad Francisco José de Caldas

En el país del Sagrado Corazón de Jesús, la muerte se volvió costumbre. No sorprende. Permanece.


Se sienta en la mesa, camina por las calles, se esconde en una mirada mal sostenida o en una palabra dicha a destiempo. Aquí no hace falta una razón grande: basta un gesto mínimo, un malentendido, o simplemente estar ahí.


En Colombia no solo se mata fácil, se justifica fácil, se olvida fácil. Y en esa facilidad, la muerte dejó de ser escándalo para convertirse en rutina, como si la vida hubiera aprendido a valer menos que cualquier excusa.


Cualquiera puede morir. No hace falta entenderlo.


Un celular.

Una respuesta que no gustó.

Un cruce de miradas en el momento equivocado.

Una palabra de más.

Una de menos.

Una discusión cualquiera.

Unas cuantas botellas y la típica frase: “¿usted no sabe quién soy yo?” Un silencio que incomoda.


Y a veces, ni siquiera eso…


La muerte aquí no siempre avisa. No construye razones sólidas ni sigue una lógica que se pueda entender. Aparece en lo mínimo, en lo absurdo, en lo que debería ser inofensivo.


Uno aprende casi sin darse cuenta, a medir los gestos, a calcular las palabras, a evitar ciertos silencios y también ciertos ruidos. Como si vivir fuera esquivar constantemente algo que no se ve, pero que siempre está.


Y aun así, nada garantiza nada.


Ni la bendición de mamá y papá, en este país cristiano, puede salvarnos de mañana ser una cifra más o incluso un titular, por el simple hecho de haber respirado antes.


Porque no siempre se muere por lo que se hace.

A veces se muere por lo que se es, por lo que se parece, por lo que se sabe… o simplemente por estar demasiado cerca de algo que nunca debió tocarnos.


Aquí la rabia decide más rápido que la razón.

El odio encuentra caminos más cortos que la justicia.

Y la vida, muchas veces, queda en medio… como si estorbara.

No soportamos la idea de que alguien pueda morir sin motivo. No porque nos duela demasiado, sino porque nos deja expuestos. Entonces hacemos algo más peligroso que la violencia misma: le damos sentido a lo que no debería tenerlo. Volvemos la muerte una lógica retorcida, como si cada disparo tuviera una explicación, como si cada cuerpo cargara de alguna forma con su propio final.


No es justicia. No es verdad. Es defensa.


Porque aceptar que cualquiera puede morir (sin una razón, sin una advertencia) es aceptar que nosotros también estamos ahí, a un paso de convertirnos en un muerto más. Y eso es insoportable. Por eso preferimos creer que hay reglas, aunque sean falsas. Que hay límites, aunque nadie los respete. Que la muerte, en el fondo, le pasa a otros por algo… y no simplemente porque sí.


Y entonces seguimos. Seguimos saliendo, seguimos hablando, seguimos mirando, seguimos viviendo como si no pasara nada, pero seguimos. Como si la muerte no estuviera ahí, sentada al lado, esperando su turno sin prisa.


Nos acostumbramos a esquivarla, pero también a convivir con ella. A nombrarla sin peso, a verla sin detenernos, a continuar después de cada noticia como si no nos rozara. Porque en el fondo no es solo que la muerte se haya vuelto costumbre. Es que aprendimos a hacerle espacio. A dejarla pasar. A no interrumpir la “vida” por su presencia. Y también a sostener una idea silenciosa, casi heredada: que aquí nadie se deja de nadie, ni siquiera de la mismísima “huesuda”.


Una forma torcida de dignidad que muchas veces no es más que orgullo armado, rabia contenida, miedo disfrazado de carácter. Y es ahí donde lo mínimo se rompe, donde lo absurdo escala, donde lo ridículo termina en tragedia. Como si vivir rodeados de muerte fuera un destino ya dicho, una vida cantada de antemano.


No porque no pase en otros lugares del mundo. Pasa. Claro que pasa. Pero aquí la contradicción es evidente: un país que se proclama sagrado y a su vez, un país donde la muerte se volvió paisaje.


Casi “costumbre". A veces espectáculo. Y en el peor de los casos, una banalidad. Como si nunca hubiera sido otra cosa.

ISSN: 3028-385X

Copyright© 2026 VÍA PÚBLICA

  • Instagram
  • Facebook
  • X
bottom of page