Tibios

Lucas Carrasquilla Parra
Universidad del Rosario
Una encuesta de la firma Gandour Consultores, realizada en Bogotá en 2021, encontró lo siguiente. Dos terceras partes de los bogotanos estaban de acuerdo con la protesta social del estallido de ese año. Una tercera parte estaba de acuerdo con que esa protesta tomara la forma del bloqueo de vías. Si uno coloca estos dos hallazgos sobre una recta ideológica convencional, la izquierda acompaña ambas afirmaciones y la derecha las rechaza ambas. La pregunta interesante es quién vive en la diferencia entre los dos tercios y el tercio. La respuesta es: el centro. El centro coincide con la izquierda en aprobar la protesta y coincide con la derecha en rechazar el bloqueo. No es el promedio aritmético entre los extremos. No es un atenuamiento. Es una combinación específica que toma elementos de un lado y de otro según un criterio propio.
A esa posición se le llama, despectivamente, tibia. El insulto proviene del Apocalipsis ("porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca") y lo usan, con igual fervor, los dos extremos del espectro. La acusación supone que la izquierda y la derecha son convicciones genuinas y que el centro es para la gente que no se atreve. La acusación es reveladora, pero no por lo que dice del centro, sino por lo que asume sobre las ideologías que la formulan. La izquierda y la derecha se piensan a sí mismas como paquetes cerrados. Si uno se identifica con la izquierda, se compra de un solo golpe el ambientalismo, la causa palestina, el aborto y el afirmar que Uribe es un paraco. Si uno está a favor del aborto pero no le interesa el ambientalismo, en ojos de muchos, ya es un enemigo. Lo mismo ocurre en el otro extremo, en imagen de espejo. La izquierda, como la describe alguien que la observa desde afuera, tiene "dos pies derechitos". La derecha también. Las ideologías se sirven en combo, y los partidos cobran por el combo entero.
El centro no es un combo. Funciona como una canasta que cada quien arma a mano. Eso lo hace impuro por definición, y la pureza es justamente lo que las ideologías ofrecen como su mayor virtud. Pero ser impuro no es ser indeciso. Quien aprobó la protesta y rechazó el bloqueo tomó una decisión doble, no una decisión a medias. Hizo dos juicios distintos sobre dos cosas distintas. La izquierda, al juntar las dos afirmaciones bajo una sola consigna, confunde dos preguntas. La derecha, al rechazarlas en bloque, hace lo mismo. El centro las separa.
De esa operación elemental se derivan otras características. La ciencia política llama voto ideológico al voto que escoge candidatos por su afinidad doctrinaria, y voto de valencia al voto que los escoge por sus atributos personales: la coherencia, la sinceridad, la trayectoria, la forma en que se paran frente a una cámara. La izquierda y la derecha votan ideológicamente, porque el candidato es el portador del paquete. El centro vota por valencia, porque no hay un paquete que portar. La gente del centro examina al candidato como a una persona y no como a un envase. Por eso le importa Mockus, le importa Fajardo, le importa Oviedo. Por eso, en general, le importan los candidatos que dicen lo que piensan aun cuando saben que lo que piensan no es lo más popular.
El centro tiene también una geografía. En Bogotá, el voto pendular tiende a concentrarse en el occidente de la ciudad. Engativá, Kennedy, Fontibón. El centro existe físicamente. Tiene direcciones. Y tiene una relación particular con el Estado que conviene describir con cuidado. El centro es antiestablecimiento, pero no es antisistema. Desconfía del estamento civil, sospecha de los políticos profesionales, está cansado del clientelismo. Pero al mismo tiempo cree en la institucionalidad y quiere que funcione. La fórmula que describe esa posición no es "menos Estado", como diría la derecha clásica, ni "otro Estado", como diría la izquierda. Es algo más cercano a "un Estado que cuide a las personas". El centro es reformista. Y aquí conviene decir algo que se olvida con frecuencia: el conservatismo, en su mejor versión, también es reformista. Conservar no es petrificar. Conservar es ajustar lo necesario para que lo importante no se pierda. El centro hereda esa intuición y la combina con una sensibilidad por la justicia social que normalmente se le atribuye a la izquierda.
Lo que el centro quiere, cuando uno se sienta a escuchar lo que se dice, es muy concreto. Quiere trabajar. Quiere estudiar. Quiere salir adelante. Quiere tener un pequeño negocio. Quiere salir a la calle sin miedo y dormir tranquilo en su casa. Quiere que sus hijos puedan moverse de clase social, en un país que castiga la movilidad y donde, como decía una amiga, uno nace en una ranchera y por bien que le vaya muere en la misma ranchera. El centro le da importancia a la familia, al trabajo y, todavía, a la religión. Esos tres ejes lo acercan a la derecha en sus valores. Y al mismo tiempo desconfía del establecimiento, exige rendición de cuentas, aprueba la protesta legítima. Esos rasgos lo acercan a la izquierda en su sospecha. No es ni una ni otra. Es las dos cosas al tiempo, sin contradicción interna, porque las preguntas que las separan son preguntas distintas.
El caso del Presidente Gustavo Petro en 2022 ilustra el punto desde otro ángulo. Su votación histórica, e inédita para un candidato de izquierda, no se explica por un movimiento ideológico del país. Se explica porque una franja del centro, que había estado de acuerdo con la protesta y en desacuerdo con el bloqueo, sintió que la derecha ya no representaba ni una cosa ni la otra de manera tolerable. Castigó a la derecha por la reforma tributaria, por la respuesta policial, por la insensibilidad política. No abrazó el paquete de la izquierda. Tomó de ese paquete aquello con lo que ya estaba de acuerdo y dejó el resto. Cuando ese ahora gobierno, cinco años después, empezó a tantear la independencia del Banco de la República, el centro lo castigó con la misma facilidad con que lo había premiado. No es un votante voluble. Es un votante que evalúa cada cosa por separado.
Mi lectura es esta. El centro no es tibio. Es preciso. Es la única posición que se permite hacer dos juicios separados sobre dos cosas separadas, en un país donde las ideologías exigen lealtades en bloque. Lo que las ideologías llaman tibieza es, en realidad, la disciplina elemental de no confundir las preguntas. En esa disciplina, modesta y poco épica, vive una cantidad considerable de colombianos. Vale la pena tomarlos en serio, por muy tibios que sean.

